Pagar el seguro a la chacha

La informalidad en el servicio doméstico (devenido en “de cuidados” con la globalización) ha sido –y sigue siendo– una especie de “costumbre” o tradición en España y en muchos otros países. La OIT estima que en el servicio doméstico hay un 30% de trabajo informal, “en negro” o en “economía sumergida”, nombre que se da a la situación de los trabajadores (en su mayoría las) que no tienen contrato ni están dados de alta en la Seguridad Social.

Según las cifras del Ministerio de Trabajo, antes de la crisis sanitaria del Coronavirus, había registradas en el Sistema Especial de Empleados de Hogar del Régimen General de la Seguridad Social, un total de 394.171 trabajadoras, pero según la Encuesta de Población Activa (EPA), al finalizar 2019 había 580.500 empleadas del hogar en España, estadísticas que parecen bastante estables a lo largo de la historia, aunque siempre hubo dificultades para obtener datos fiables. Hacia 1970, cuando las “chachas”, “minyones” y “chicas del servir” pasaron a ser “asistentas”, mucho antes del “boom” de las migraciones internacionales, se hablaba de entre 600.000 y hasta un millón de mujeres trabajando en el sector. En 1985 se estimaban 700.000, una cifra mágica que se repite en 2012.

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El «modelo Riace», más que un modelo de acogida

Artículo publicado en el Anuario Internacional CIDOB 2019, sección «Píldoras de opinión».

En el 2016 la revista Fortune incluyó al alcalde de Riace, Domenico Lucano, entre las cincuenta personas más influyentes del mundo, junto a líderes como el papa Bergoglio o la canciller alemana Angela Merkel. Desde entonces, este pequeño pueblo calabrés del extremo sur de Italia se hizo conocido en todo el mundo, convirtiéndose en un símbolo internacional de la solidaridad y casi en un lugar de culto del activismo por los derechos humanos.

Todo comenzó en 1998, con la llegada de una embarcación de refugiados kurdos a las costas de Riace. La población se organizó de forma espontánea para darles acogida y los alojaron en sus casas. Unos años más tarde, un grupo de activistas, entre los cuales se encontraba Domenico Lucano, promovieron un proyecto de acogida basado en la experiencia de Trieste con refugiados de Kosovo. En el 2001, con el apoyo de ACNUR y de otras entidades, Riace entró en la primera convocatoria para el Programa Nacional de Asilo, lo que luego fue el SPRAR, el sistema público de acogida italiano que funciona bajo la responsabilidad compartida entre el Ministerio del Interior y las autoridades locales. En el 2004, cuando Domenico Lucano se convirtió en alcalde, aquella idea inspirada en la patera kurda fue más lejos. La hospitalidad y la acogida, valores que siempre se cultivaron en la costa calabresa, pasaron a ser su Política, con mayúsculas. Esta vez la inspiración del proyecto partió justamente de la emigración, que había dejado el pueblo con muchas casas abandonadas y al borde de la desaparición; durante décadas, los habitantes de Riace migraron a América, a Australia y al norte de Italia en busca del trabajo y de las oportunidades que no les daban el mundo rural. http://anuariocidob.org/el-modelo-riace-mas-que-un-modelo-de-acogida/

El cuento de la criada

Cuentos de la criada hay muchos y casi nunca acaban bien. Ella cuidaba a un joven dependiente en una casa de la costa de Sant Andreu de Llavaneres y también hacía las labores de servicio doméstico. Iba de madrugada andando desde Mataró por el camino lateral a las vías del tren, hasta su lugar de trabajo, una lujosa casa familiar. Un hombre la interceptó, le desfiguró la cara, la violó y acabó en las rocas casi muerta. Sobrevivió de milagro. Pidió ayuda a gritos a las personas que pasaban pero nadie la ayudó.

Ella es de Colombia, un país que vivió 50 años de guerra civil, y que contabiliza 6,5 millones de personas desplazadas  según la ONU, pero que sin embargo nunca se habló de refugiados porque era una guerra no declarada. Como la mayoría de mujeres migrantes, trabaja en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y feminizado que ha estado tradicionalmente excluido del ámbito laboral y sindical. Un sector que a su vez, no deja de ser invisibilizado y servil, en parte porque sostiene la economía y el status de una clase social, y en parte porque el Estado no se ocupa de los cuidados de la gente dependiente (como el joven que cuidaba ella) y de la gente mayor. Al parecer, las instituciones prefieren dejar los cuidados en manos del mercado global que, con la complicidad de las políticas de extranjería, facilita la sustitución permanente de trabajadoras que vienen de países empobrecidos. Así, el servicio doméstico y de cuidados es cubierto por mujeres que a falta de oportunidades, no les queda otra opción que aceptar trabajos precarios donde viven explotación y abusos de todo tipo.

Y como si no fuera poco, las mujeres trabajadoras del hogar, además de soportar el encierro y la explotación en el espacio privado, se ven expuestas a la violencia machista en el espacio público. Ella iba de madrugada a su trabajo, cuando casi la matan. No se sabe bien si conocía al hombre, o no, pero eso da igual. La desfiguró y la violó porque era mujer. Y pudo hacerlo porque era pobre, porque las mujeres ricas no van de madrugada a trabajar por caminos desolados, laterales a las vías de un tren.

La violencia la alejó de su país, el racismo institucional y económico la relegó al estrato precario de trabajadora del hogar y la violencia machista la dejó desfigurada y violada al borde de la muerte. El racismo social la desamparó cuando estaba a punto de morir tirada en las rocas. Podría habérsela tragado el mar, como a tantas personas migrantes que quieren llegar a Europa y haber quedado en el anonimato. Pero sobrevivió.

Sobrevivió sin ayuda, sola, también como tantas mujeres migrantes explotadas y precarizadas. Espero que el final de este cuento, que no es ningún cuento, sino la vida real, lo escriba ella. Hubo una concentración en Mataró contra la violencia machista. Espero, también, que no tenga que morir ninguna mujer para que nos acordemos de todas las trabajadoras que van de madrugada a limpiar casas. Cuentos de la criada hay muchos, pero la explotación y la violencia – de todo tipo –  no son ningún cuento.

Con M de mujer

Son las 4 de la tarde y Neiry llega puntual a la estación del metro Sant Ildefons, en Cornellá. Uno de esos barrios del llamado “cinturón rojo” del área metropolitana de Barcelona. Un barrio con mucha historia, conocido por las luchas obreras de los 60 y 70, y con mucho presente por albergar ahora a migrantes de todo el mundo. Neiry no puede desplazarse a Barcelona para recoger el libro de catalán. Hace pocos días le denegaron el asilo, tiene miedo de que la policía la pare y le pida la documentación y, además, anda con una muleta. Su voz es temblorosa y se le nota la angustia. Le doy el libro y la invito a tomar un café. Acepta enseguida, aunque no quiere café, quiere hablar. 

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La reconocí porque era verano

La reconocí porque era verano. Llevaba una camiseta a rayas y unos tejanos ajustados. Estaba de pie en el tranvía, aferrada a unos libros y a su teléfono móvil, y pude ver su lunar en el hombro en forma de flor. Era ella. Con ese pelo castaño finito y nariz respingada, bonita como siempre fue, y de modales suaves. Ella no me vio, ni siquiera levantó la vista. Miraba su móvil y escribía algún mensaje. Pensé en saludarla, pero no me reconocería y se hubiera asustado. Hasta podría haber pensado que le iba a robar, quién sabe.    

La reconocí porque era verano. ¡Y cómo no iba a reconocerla! Si fue la nena más dulce y cariñosa que cuidé. Tenía cinco años cuando me presenté en su casa. Me avisó Loli que había una señora desesperada porque la canguro no había vuelto y tenía que empezar a trabajar. Me hizo la entrevista y me dijo directamente que me quedara. Y entonces apareció ella corriendo por un pasillo. “¿Y tú de qué país eres?”, me preguntó sonriente. Y corriendo de vuelta fue a buscar un globo terráqueo. Le señalé mi país y se me ocurrió contarle que había muchos volcanes. Desde entonces me pedía todos los días que le cuente sobre los volcanes y qué pasaba cuando salía fuego. 

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Desigualdad global y nuevas alianzas

Marita ya lleva 28 años en Barcelona. El Gobierno de Filipinas fomentaba la migración de mujeres y ella aprovechó la oportunidad. Con su sueldo de maestra ganaba 150 dólares al mes y en Barcelona le ofrecieron ganar 800. La misma decisión la tomó Lili desde Quito, y Sandra desde Santa Cruz, donde era peluquera. Edith dejó su Lima natal, pero “probó suerte” primero en Buenos Aires. Griselda y Mariana, que nacieron en esa ciudad, probaron esa misma suerte, pero en Nueva York. Romina, probó en Milán, donde ya estaba su tía. Allí también vivió Nicoleta, quien ya regresó a Cruj-Napoca, Rumanía, después de tramitar su jubilación, unos míseros 300 euros que le han quedado de años de cuidar a un anciano. Flora, de Oruro, está más contenta preparando su retiro. Inauguró hace poco un restaurante en el barrio de Coll Blanc, al lado de Barcelona, que costeó limpiando casas durante 15 años. Allí va a comer a veces Maritza, de Honduras, que cuenta los días para poder tener sus papeles mientras trabaja “de interna”. Lo mismo le sucede a Najat, a Margarita, a Fanny y a Constanza.

No son amigas entre sí, ni siquiera se conocen, pero todas tienen algo en común: son mujeres. Mujeres que han sido violentadas a lo largo de sus vidas. Violentadas por sus patrones, por sus jefes y por los Estados. Algunas por sus maridos, por novios o por otros hombres. Todas han tomado decisiones. Decidieron cruzar fronteras, hacer su vida, gestionar su dinero y cuidar a los suyos. Lo que no deseaban era trabajar de sirvientas y cuidar a los demás, pero el sistema las relegó a ese “sector”. A limpiar, servir, cuidar.

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Europa, jóvenes welcome

Europa está envejecida. Sólo un 15,6% de su población tiene entre 0 y 14 años, y un 19,4% tiene más de 65 años. Se calcula que, en las próximas décadas, el impacto del envejecimiento de la población dentro de la UE puede traer consecuencias importantes. Con la pirámide poblacional convertida en un rombo, cuesta de entender que sea justamente la migración de jóvenes uno de los principales conflictos que se suscitan en pueblos y ciudades de España.

En Catalunya, en los últimos meses, menores migrantes tutelados han sido protagonistas de titulares de prensa, en algunos casos acusados de delitos, y en otros casos como víctimas de ataques racistas, como sucedió en Canet de Mar y en Castelldefels. En Rubí, un grupo de vecinos se organizó para oponerse a la apertura de un centro de menores al antiguo Hotel Terranova, donde la DGAIA (dirección general de Infancia y Adolescencia) tiene previsto instalar 70 menores tutelados.Los argumentos de los vecinos eran que «no estaban informados» y que las instalaciones son reducidas, cosa que traería además inseguridad.

La directora de la DGAIA realizó una visita en Rubí para explicar la situación y se encontró con vecinos enfurecidos y pancartas con la consigna: «Stop centre menores». Cómo si esto fuera poco, el apoyo de la alcaldesa hacia este grupo de vecinos en plena campaña electoral aumentó la tensión e instrumentalizó el conflicto. Este episodio de Rubí se convirtió en un hecho paradigmático que ilustra la situación de la acogida de menores en Cataluña: la carencia de gestión y ‘acompañamiento social. http://Seguir leyendo

Menores que cruzan fronteras

La existencia de niños y adolescentes que deciden irse de su casa y atreverse a cruzar fronteras es un fenómeno muy antiguo, recogido incluso (y casi de forma excesiva) en los cuentos populares. Uno de estos jóvenes migrantes fue mi abuelo, que con 16 años dejó atrás su Reus natal para embarcarse hacia “las Américas” en busca de oportunidades que su tierra le usurpaba. Los tiempos han cambiado, pero las migraciones de niños y jóvenes menores de edad es un fenómeno que se sigue dando, sobre todo en espacios de fronteras desiguales.

La migración de lo que se conoce como menores no acompañados (MNA) -un término acuñado por la Comisión Europea en 1997- es actualmente una de las mayores preocupaciones en lo que se refiere a migraciones internacionales hacia Europa. En los últimos años, España se ha convertido en el principal país del Mediterráneo receptor de menores que migran sin acompañamiento familiar. Según los datos del Ministerio del Interior se calcula que en este momento son más de 13.000 los menores de edad extranjeros tutelados por las Comunidades Autónomas, incluyendo Ceuta y Melilla. Estudios realizados por entidades como Save The Children y UNICEF señalan que los menores migrantes que llegan solos a la frontera sur, es uno de los colectivos más vulnerables. Aunque no hay un perfil claramente definido, se trata por lo general de niños, niñas y jóvenes que parten con un proyecto migratorio claro, ya sea trabajar, estudiar o ayudar a su familia. Otros escapan de situaciones de maltrato, pobreza, falta de recursos y también de violencia de todo tipo.

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América Central llama a la puerta

Las caravanas de migrantes de América Central atraviesan México dispuestas a cruzar el muro de Tijuana, el río Bravo o el desierto de Arizona. Nada puede impedir que hombres, mujeres y niños se unan a las caravanas y anden juntos. Un 13% de la población centreamericana abandona su casa, no por gusto sino a la fuerza, huyendo sobre todo, de la violencia. Los que tienen la oportunidad de subir a un avión, llegan a Europa y llaman a nuestra puerta.

España es el primer país de la Unión Europea en recibir personas de Honduras y el segundo, después de Italia, en recibir salvadoreños. En 2016, los naturales de El Salvador fueron el tercer colectivo de solicitantes de asilo en Catalunya, y los de Honduras, el cuarto. Cuando la gente llama a la puerta pidiendo refugio es porque pasa algo grave. La mayoría huye de la violencia provocada por el fenómeno de las maras, organizaciones criminales que aterrorizan a la población. Pero cuando migrantes y refugiados llaman a la puerta, también nos traen mensajes.

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El legado de Mimmo Lucano

Quienes trabajamos desde hace muchos años en inmigración, en ocasiones pareciera que nos nutrimos de las desgracias. Años y años predicando en el desierto, divulgando de forma silenciosa y silenciada, y de repente ocurre algo a lo que los medios de prensa dedican toda la atención: naufragios, videos de torturas, fotos de niños… Y pareciera que el mundo se para y —¡por fin!—reacciona y dedica atención. Nunca suele durar mucho y luego las cosas suelen estar igual o incluso peor que antes. Intentemos pues, aprovechar estos focos mediáticos para “decir algo más”.

El 2 de octubre, el sur de Europa se conmovía con la detención de Domenico Lucano, el alcalde de Riace, un auténtico libertario que se empeñó en acoger refugiados y de esta manera reactivar la economía de este pueblo de Calabria que estaba a punto de desaparecer. La Italia solidaria perdía contra la Italia racista encarnada en el personaje de Matteo Salvini, que no solo tomó como chivo expiatorio a la población migrante, sino que también se dedicó a criminalizar la ayuda humanitaria.

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Mimmo Lucano, el “alcalde cabezota”, resiste

Domenico Lucano es alcalde de Riace, un pueblo de Calabria (Italia) de 1800 habitantes. Hace 15 años eran 500. El escaso desarrollo de la región, la migración de jóvenes a zonas industrializadas y el control de la ‘Ndrangheta, condenaban a Riace a desaparecer. Hoy, gracias a Lucano, se ha reactivado la economía, impulsado cooperativas y comercios tradicionales que regentan personas migradas y refugiadas. Pero esta utopía de la convivencia ha llevado a Lucano a ser detenido, acusado de promover la inmigración ilegal.

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