La más valiente

Valentina le hace honor a su nombre. Es la más valiente. La conocí en 2005. “Has sido muy valiente”, fue lo que me salió decirle después de oír su historia por primera vez. Ocho años más tarde, cuando definimos un seudónimo para su testimonio en mi tesis, ella eligió el de Valentina. Aunque su verdadero nombre es muy bonito, pensé que no podía haber elegido un seudónimo mejor. Ella nunca quiso ser pobre, ni marginada, ni ignorante, ni madre sudaca estigmatizada, ni migrante sin papeles, ni huérfana, ni tímida, ni tonta. Ella siempre quiso ser valiente, y lo logró.

Llegó a nuestro despacho totalmente desolada pero con una tremenda fe por salir adelante y contó su historia incluso con buen humor. Estaba embarazada de cinco meses y se acababa de escapar de la casa en donde trabajaba (si a eso se le puede llamar trabajar). Buscaba un lugar donde vivir y poder criar a su hijo. “porque me dijo un policía que si mi hijo nace aquí, será español”. [A veces, en estas historias hay policías buenos].

Valentina vivía en Córdoba, Argentina. Una compatriota de alta alcurnia casada con un catalán la persuadió por teléfono para que venga a Barcelona a “ayudarla” a cuidar a su hija de 4 meses. Se le acababa la baja maternal y estaba desesperada buscando canguro, ya que al parecer no quería llevar a su preciada hija a una guardería. Valentina le ponía excusas, nunca había tenido aquel sueño europeo. Pero la señora le compró el billete de avión y Valentina aterrizó en Barcelona en el verano de 2005. La recogieron y la llevaron al piso. De aquellas torres nuevas de Diagonal Mar. Alta decoración, excelentes acabados, pero solo dos habitaciones y un despacho. A Valentina le pusieron una cama en la misma habitación que la niña – no vaya a ser cosa que sacrifiquen la habitación del ordenador – . No podía tener su espacio ni su intimidad. Y por si no bastaba con ella para cuidar a la niña, también estaba allí el “escucha-bebes”, que también hacía de “escucha-Valentina”. Le dieron un móvil para poder localizarla siempre que haga falta. Le regalaron una cámara de fotos que ya no usaban y muchísima ropa, también usada, desde luego. Valentina no quería ponerse esa ropa. Por la mañana, el matrimonio salía a trabajar y Valentina se quedaba con la niña y a cargo de la casa. Hacía el desayuno, limpiaba todo, planchaba y cuidaba a la niña las 24 hs. Veinticuatro horas literales que poco a poco se transformaron en un infierno. Si por la noche la niña se despertaba, allí estaba Valentina despierta por la obsesión de su jefa de saber qué le pasaba a la niña. Se suponía que Valentina tendría las tardes para dar una vuelta, cuando la señora volvía a la casa. Pero cada vez que salía, a la media hora sonaba su móvil porque su gran jefa necesitaba ayuda. Había que bañar a la niña y hacer la cena. Si la niña tenía el culito rosado era culpa de Valentina. Si estaba con mocos, era culpa de Valentina. Y empezaron los gritos y las humillaciones. Valentina se aguantaba la rabia en silencio. No tenía ni dónde poder llorar. A veces se encerraba en el baño para estar un poco sola y desahogarse. Incluso en esos momentos, su jefa le golpeaba la puerta para que deje el baño. No podía creer que había aceptado ese destino. Un día se da cuenta que estaba embarazada. Hacía un par de meses que se sentía extraña pero no le había dado importancia frente a lo que estaba pasando. Se sintió completamente sola y maltratada, tenía que tomar una decisión. Para mayor humillación, cuando llegó el final del mes, su jefa le aclara que aún tiene que descontarle el billete de avión y le dio sólo 200 euros en calidad de “salario” . Valentina le planteó que era poco y ella le contestó que es como un sueldo en Argentina.

Una mañana fue a pasear al parque con la niña y le sacó conversación a esa chica boliviana que había visto varias veces pasear por allí con su hija. “Necesito ayuda”. La chica boliviana se transformó en su ángel. [Los ángeles siempre existen en estas historias].    parque diagonal mar

Se llamaba Lorena. Enseguida la escuchó y la consoló: “Claro, si no nos ayudamos entre nosotros, quién nos va ayudar?, tienes que salir de ahí”. Valentina no podía salir de allí fácilmente, no tenía más dinero que esos 200 euros y su jefa se había quedado con su billete de vuelta a Argentina. No tenía papeles, lo que equivale a tener miedo. Pero ideó un plan. Lorena le ofreció quedarse unos días en su casa y ella aceptó. Esperó al día en que el matrimonio cogía vacaciones, así se quedaban con la niña. Puso toda su ropa en bolsas negras de plástico que no hacían ruido y las escondió en un pasillo del edificio. Cogió su pasaporte de donde su jefa “se lo guardaba” y se fue. Dejó absolutamente todo lo que le habían dado por miedo a que la acusen de ladrona: el móvil, la cámara de fotos, la ropa y objetos tontos en desuso que suelen regalar patrones usureros. Y también les dejó una carta, explicando que “lo sentía” pero que la habían tratado muy mal.

En casa de Lorena descansó. Estaba insegura y algo nerviosa, pero se sintió a salvo. Lorena la ayudó orientándola en las gestiones y explicándole las típicas cosas de la vida de aquí. La empadronó y la acompañó al ambulatorio a gestionar su tarjeta sanitaria para poder hacerse los controles de su embarazo. A los pocos días sonó el teléfono de Lorena. Era un policía. El único policía bueno en la historia de Valentina. Su gran jefa llamó a la policía para denunciar que su canguro se había escapado y no tenía papeles, pero que ella “se desentendía” (¿?). Como Valentina había dejado el móvil, fue fácil localizar el único contacto que ella tenía en Barcelona y el policía la llamó. Cuando escuchó la historia de Valentina, el maltrato y su embarazo, le dijo: “Tranquila, si usted tiene un hijo, este será español, no la pueden echar, vaya al médico y cuídese”. Valentina encontró en esas palabras del policía el consuelo y la seguridad que necesitaba y que le servirían para siempre. Le recomendó también ir a Cáritas y a otras asociaciones donde la ayudarían. Y así fue como llegó al programa de Salud y Familia, donde la conocí. Tras varios obstáculos burócratas, un tiempo en mi casa y el aliento de gente que fuimos conociendo en el camino, pudo entrar a vivir en un hogar gestionado por monjas. Allí nació su hijo. Tiene un nombre catalán.

Ya pasaron más de 10 años. Valentina continuó luchando como madre sola en Barcelona. Siempre a contracorriente de diversas dificultades, humillaciones, racismo y clasismo. Pero ella sigue adelante, es la más valiente. No supimos más de su super jefa. Seguramente encontró otras canguros a quienes explotar o llevó a su hija a una guardería.

La gente mala existe. Los ángeles, los policías buenos y las mujeres valientes, también. Pero esto no es un cuento de buenos y malos, ni de ángeles y demonios. Es la realidad de cómo se da la explotación y la trata encubierta de trabajadoras de hogar. Es la realidad de cómo las mujeres empobrecidas de países del Tercer mundo han venido a cubrir el afecto y los cuidados. Es la realidad de la lucha de clases legitimada en leyes de extranjería y políticas del miedo. Es la realidad de la globalización. Es la realidad de Barcelona.

Esta historia continuará.

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