Vas a ganar el doble que aquí

Corría el año 1993.

En Bilbao, el 8 de marzo las feministas vascas salían a la calle para reclamar la abolición del “servicio familiar obligatorio”, con un mensaje de insumisión. Las feministas vascas estaban cansadas de sentirse sirvientas en casa y tener que obedecer a un marido que seguramente las indujo a dejar sus trabajos. Decididas de su necesidad de emancipación lanzaban un mensaje de desobediencia a toda la población femenina y al Estado en pos de reorganizar los cuidados de forma equitativa. Para ese entonces ya se hablaba de envejecimiento de la población en los “países desarrollados” y también se hablaba del desmantelamiento del siempre deficiente Estado de Bienestar. Sin embargo, poco se hablaba de inmigración y de leyes de extranjería, a pesar de que ese mismo año entraba en vigor en España la regulación de la inmigración por cupos, donde más del 80% eran empleos para cubrir la carente mano de obra en la agricultura y en el servicio doméstico. Pero el tan contundente llamado de las feministas vascas tuvo poco efecto y el Estado de Bienestar continuó ausente para ocuparse de la reorganización de los cuidados. De ellos se ocupó la misma globalización, trayendo mano de obra desde países empobrecidos.

Mientras que las feministas vascas planeaban su insumisión, en Quito, Ecuador, Isabel tenía una entrevista con una empresaria barcelonina que le proponía una oferta de trabajo en Barcelona. La empresaria, una de las hijas del ex alcalde franquista Porcioles, era dueña de una empresa de camarones. Viajaba a menudo hacia Ecuador y otros países, donde aprovechaba para reclutar mujeres para trabajar de sirvientas en la mansión de su padre y en otras casas de su familia.

Isabel era de Otavalo, una pequeña ciudad rodeada de volcanes a 110  kilómetros al norte de Quito, parte de lo que alguna vez fue el virreinato de Nueva Granada. Al igual que aquellos colonizadores, la empresaria le ofreció a Isabel espejitos de colores: “Vas a ganar el doble que aquí”, le dijo. En ese momento, “el doble” eran 50.000 pesetas españolas, el equivalente aproximadamente a 280 dólares. La cabeza de Isabel comenzó a hacer cálculos. Acababa de dar a luz a su hija y no tenía como mantenerla. 280 dólares. Una suma imposible de reunir entre toda la unidad familiar. Isabel había dejado sus estudios para contribuir a la economía familiar, que dependía fundamentalmente de productos agrícolas y de la venta de tejidos. La situación económica de la familia había empeorado desde que bajó el precio de la papa, justo cuando su hermano mayor se fue a trabajar a Quito como asalariado para poder mantener a sus dos hijos. Su madre y su hermana mayor no podían hacer mucho más vendiendo tejidos, actividad a la que se dedicaban especialmente las mujeres los fines de semana. Entre los cinco miembros adultos de la familia que quedaban en Otavalo no llegaban a sumar 120 dólares mensuales, suma que igualmente estaba por debajo de la canasta básica de aquel entonces. A Isabel le habían ofrecido 280 dólares. Era más que el doble! Ni siquiera las familias ricas quiteñas que venían a pasar el domingo a la laguna Yaguarcocha, le pagarían esa suma para cocinar y limpiar en sus mansiones. Doscientos ochenta dólares eran el equivalente a 70 tejidos en un mes, que no podrían ni siquiera hacerlos entre ella y todas sus hermanas, ni mucho menos venderlos. Era el triple de lo que ganaba su hermano mayor en Quito. Su hermano mediano, con más posibilidades que sus hermanas mujeres, había conseguido un trabajo extra fuera del sector agrícola y estaba ganando 30 dólares al mes. Isabel recalculaba su vida en función de la oferta. Con solo 100 dólares al mes podrían arreglar la casa y comprar herramientas de trabajo para mejorar la producción. O talvez su madre podría montar un negocio en el centro de la ciudad y así, su hermana pequeña podría continuar sus estudios sin tener que trabajar en el campo, como le pasó a ella. Quizás también podría contribuir para terminar las obras del alcantarillado que habían emprendido entre los vecinos. Sin duda, con ese sueldo ayudaría a su familia a salir de la pobreza de un salto. Con el tiempo, su abuela se podría operar de la trombosis y volver a tejer los mejores ponchos de la ciudad que eran tan preciados por los turistas. Cuando volvió a su casa, Isabel ya estaba convencida y su familia no lo dudó. La suerte estaba echada. Sus padres cuidarían a su hija e Isabel se iría a Europa a trabajar con la española rica.

capitalismo

“Es para cuidar a mi sobrina”, le dijo la empresaria. Pero cuando Isabel llegó a Barcelona, las cosas fueron muy diferentes. Resultó que su labor de “canguro” consistía en ocuparse las 24 horas de una chica con síndrome de Down de 18 años, que nunca había sido atendida por alguna educadora especial, a la vez que hacer todas las tareas de la casa. Isabel tenía que estar en pie desde las 7:00 para hacer el desayuno de toda la familia y no podía dormirse hasta las 11 de la noche, hora en que quedaba recogida la mesa de la cena.

El viernes siguiente a su llegada, la llevaron “de refuerzo” a la gran mansión de verano de la familia Porcioles, situada en Villassar de Dalt, para ayudar en una cena familiar. Le dieron un uniforme negro y blanco con su respectiva cofia. En la cocina, mientras ayudaba a una compañera a acomodar trastos y vajillas, Isabel escuchó el sonido de una campana. Indiferente, siguió trabajando hasta que alguien le explicó que tenía que presentarse en la terraza donde comían los invitados. Isabel no podía creer lo que estaba pasando. No se trataba de una película hollywoodense, era su vida real: llamaban a toda la servidumbre haciendo sonar una campana para que se presenten en fila en señal de disponibilidad y obediencia. Pero al menos en la mansión tenía la suerte de estar con compañeras. Todas eran ecuatorianas y habían sido reclutadas en Quito por la misma empresaria. Todas ganaban 50.000 pesetas, con el descuento por alojamiento y comida incluido. Pero en el caso de Isabel, mientras duró su trabajo, no vio más que una cama en la habitación de “la niña” como parte de pago. Le dijeron que los primeros meses su sueldo corría a cuenta del billete de avión.

Isabel podía salir solamente los domingos. Y aprovechaba para irse al piso de una amiga otavaleña donde por suerte podía descansar. Su amiga le preparaba comida andina para que recupere fuerzas. En la casa donde trabajaba casi no había comida para ella. Si la jefa compraba carne, eran cinco bistecs, uno para cada miembro de la familia y ella se quedaba sin nada. Sus compañeras de la mansión a veces le guardaban comida para que se lleve. Pero no le alcanzaba. Pronto se sintió débil y tenía anemia. No la dejaron ir al médico porque no tenía papeles. Un domingo que estaba en casa de su amiga decidió no volver al trabajo. Nunca llegó a ver esas 50 mil pesetas/280 dólares. Cuando sus compañeras de la mansión se enteraron que se había escapado, le hicieron llegar un pastel en señal de felicitación y alegría por haberse decidido a dejar esa casa y por haber recuperado su salud.

“Uy! Por eso con los ricos nunca más!” Me dijo Isabel el día que la conocí. Habían pasado exactamente 20 años desde aquella entrevista con la empresaria y aquel martirio. Se había casado en Barcelona y tuvo dos hijos. Acababa de traer a su hija mayor, la misma que se quedó de pequeña al cuidado de sus abuelos en Otavalo, para que estudie en Barcelona. Isabel ahora trabaja limpiando casas por horas. Una de sus jefas es una feminista vasca.

Isabel fue una de las primeras ecuatorianas que llegó a principios de la década de los noventa a Barcelona. Me la suelo encontrar en las fiestas de Ecuador, bailando con sus hijas los bailes típicos de su Otavalo natal. Cuando le recuerdo su frase, se ríe tímidamente: “con los ricos nunca más!”.

Esta historia continuará.

Nota: El google coincide plenamente con el relato de Isabel. El sr. Porcioles murió tiempo después de que Isabel dejó la casa. La familia Porcioles ha estado en la lista de las 10 familias más ricas de todo España y tenían una gran mansión de verano en Villassar de Dalt. Jose María Porcioles

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