La abuela Francisca

Sentada en el portal en su silla de ruedas, doña Francisca relata con orgullo cómo cuidó a más de 10 nietos, cuando sus hijas se fueron a España. Doña Francisca vive en uno de los barrios populares más antiguos de Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Mientras charla, pasan vecinas a saludarla y a preguntarle cómo está su pierna. Hace muy poco la operaron de una trombosis. No le falta afecto, ni entretenimiento. Al contrario, la vida del barrio es muy intensa y bulliciosa, y ella es parte de esa vida comunitaria. Por su casa también pasan jóvenes a saludarla. Ella los saluda y les hace bromas con toda confianza. Los conoce desde pequeños porque iban a jugar a su casa. Además de haber cuidado hijas y nietos, Francisca cuidada a los hijos de las vecinas y de gente humilde. Su casa es muy modesta, pero está cuidada y arreglada gracias al dinero que siempre enviaron sus hijas. Doña Francisca ha sido una gran cuidadora, una fuente de afecto de cadenas transnacionales de cuidados. Su afecto llegó incluso a niños europeos que ella nunca conoció.

Doña Francisca nació en el campo, en Barahona, al suroeste de la isla. Se casó y tuvo cinco hijas mujeres. En el campo eran propietarios de tierra, pero en los 80 la producción se puso muy difícil y decidieron migrar a la ciudad. Con vistas de darle más posibilidades de educación a sus hijas, se trasladaron a Santo Domingo. Ella se fue primero con su marido a buscar trabajo y sus hijas se quedaron solas un tiempo en la casa del campo. Las mayores cuidaban de las pequeñas.

En la ciudad la vida tampoco era muy fácil. Su marido trabajaba “de lo que conseguía”, en fábricas o como “pone-block”. Ella trabajaba en casas de familias más adineradas, lavando y planchando. Sus hijas crecieron y tuvieron hijos. En los noventa, la falta de oportunidades se agudizó para las mujeres jóvenes. Las opciones eran trabajar en las maquilas de la Zona Franca bajo un régimen intenso de abusos y explotación total, o migrar a otro país. Como Estados Unidos se tornó un destino cada vez más difícil, las mujeres dominicanas comenzaron a migrar a Madrid o Barcelona, donde conseguían trabajo en casas de familia, cuidando niños y personas mayores. Las primeras en irse fueron Meri y Juana, dejando con Francisca los niños pequeños. Después Meri ayudó a Elisa a conseguir un contrato de trabajo para poder entrar legalmente a España, Elisa ayudó a Luz y Juana ayudó a Jenny. Mientras las cinco hermanas se afincaban en Barcelona, Francisca cuidaba de sus nietos. Primero eran tres, luego seis, luego algunos se fueron y otros que estaban con la otra abuela vinieron. Luego vinieron dos más que nacieron en España. En un momento llegaron a ser diez. Las más grandes cuidaban a los más pequeños y ayudaban entre todos en la casa, a cocinar y a lavar la ropa. Pero ninguno se quedaba sin la supervisión de su abuela.

Sus hijas le enviaban dinero religiosamente y procuraban que no les falte nada, ni a los niños, ni a ella. Francisca administraba el dinero y cocinaba para todos. Si se terminaba el dinero antes del mes, buscaba prestado o pedía fiado, pero nada forzado. Las remesas no impedían que ella conservara la sencillez y la humildad de una persona del campo. Si no se podía comer carne, se comía spaguetti o huevo, o picantina que era más barata. Si no había picantina ni huevo para tantas bocas, pues se comía el arroz y la habichuela que nunca faltaban. “Que la barriga es ciega, lo importante es echarle algo”. Francisca cuenta que eran muy obedientes. Ella mandaba y todos obedecían. Si Toni se peleaba en el colegio, la abuela le daba consejos. Si Zuni quería ir a un cumpleaños, la abuela le daba permiso. Si Tati no hacía los deberes, la abuela la castigaba sin salir a jugar hasta que haga los deberes. A veces se peleaban, pero siempre se divertían entre primos. Nunca faltaba el afecto ni la compañía entre unos y otros. No echaban de menos a sus mamás. Hablaban con ellas por teléfono y les pedían que les compren alguna que otra cosa. De vez en cuando charlaban sobre cómo sería su vida en España. Zuni imaginaba una cabaña rodeada de nieve y Toni quería conocer Disney.

Pero los nietos fueron creciendo y poco a poco, se fueron a Barcelona con sus madres. Cuando les tocaba prepararse para viajar, Francisca se ocupaba de los trámites, se encargaba de que estén impecables para el vuelo y de que tengan todo en su maleta. La última nieta se fue justo antes de la operación de trombosis. Sus hijas le siguen enviando dinero y se ponen de acuerdo para organizar sus cuidados. Si necesita alguna medicina, se la mandan o le envían más dinero para que se la compre una vecina. Nunca descuidan a la gran cuidadora.

Francisca nunca pudo ir a Barcelona. Ella tenía ganas de ir a cuidar a sus nietos en el verano, pero los requisitos de las normativas de extranjería españolas no se lo permitieron. Sus hijas intentaron la reagrupación dos veces, pero se las denegaron. La primera vez porque todavía no había cumplido los 60 años y aún estaba en edad de trabajar. La segunda vez porque ya tenía 65 años y al no poder trabajar, sería “una carga” para el Estado español. El Estado no se responsabiliza de los cuidados de las personas mayores, y menos aún de quienes no nacieron en España. A pesar de que gracias a la fuente de cuidados que brindó Francisca, sus hijas pudieron cuidar a niños ricos cuyas madres no podían hacerlo. ¡¿Cuánto le debe el Estado español a Francisca?!

Ahora Francisca ya no quiere ir a Barcelona. Está cansada y la trombosis se lo impide. “Los nietos están grandes, ya no hay que cuidarlos”, dice sentada en su portal con aire de resignación. “Y tampoco ellos me pueden cuidar a mí”. Francisca sabe que sus nietos no podrían cuidarla porque estudian y trabajan. Pero se siente orgullosa de haberlos cuidado. Lo que Francisca no sabe, es que ella ha sido una auténtica revolucionaria en la organización social de los cuidados transnacionales. Una mujer valiente y solidaria que ha logrado que sus nietos – esos niños a quienes se les llama “children left behind” – estén bien cuidados y llenos de afecto siempre.

A Francisca la cuida todo el barrio y ella también sigue cuidando. Una vecina le acerca el teléfono. Francisca sonríe con emoción. Es su nieta Zuni que la llama desde Barcelona para saber cómo está.

Ver también  Juana, el amor y el oro  La historia de la migración de su hija Juana a Barcelona.

Ver  Zuni y Blanca

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2 thoughts on “La abuela Francisca

  • 15 abril, 2016 at 3:51 pm
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    Mil gracias Francisca por estar ahí siempre para todos. Me encantaría que cuidases a lis bisnietos. Un abrazo

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    • 19 abril, 2016 at 9:37 am
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      :) :) :) Ella estaba muy presente en el cumpleaños de su bisnieta!

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