Juana, el amor y el oro

oroArlie Hochschild llamó al amor “el nuevo oro”, un recurso escaso e injustamente distribuido en Occidente. Como todo bien escaso, se extrae del Tercer Mundo, al igual que antes se hizo con metales preciosos, el marfil o el caucho. Sólo que esta vez no se extrae a punta de fusil de exploradores, sino a través de las migraciones de mujeres de países empobrecidos, que a falta de oportunidades en origen, cubrieron el trabajo de cuidados en países ricos. Ver Arlie Hochschild, Love and Gold

Que el amor es un recurso escaso en Occidente al igual que el oro, estoy de acuerdo con Arlie Hochschild. Pero quienes me enseñaron realmente el verdadero valor del afecto transnacional fueron mujeres dominicanas, especialmente Juana y las mujeres de su familia. La cadena transnacional de cuidados que forjaron es tan sólida que no sólo trajeron afecto, sino que también lo pudieron producir, reproducir y redistribuir para que no les falte a ellas, luchando a contracorriente del “sistema patriarcal-nuclear” y anteponiendo la solidaridad y el valor de la familia extensa.

Juana es la mayor de cinco hermanas mujeres. Lleva más de veinte años en Barcelona y no quiere volver a su República Dominicana natal. A pesar de la cantidad de obstáculos por los que pasó en su proceso migratorio, dice que ha valido la pena cruzar el gran charco. Intentó migrar por primera vez en 1989. Una prima suya se había ganado la lotería y le prestó dinero para el billete y para la “bolsa de viaje”. Pero aunque aterrizó con mil dólares y reserva de hotel, la retuvieron en el aeropuerto de Barajas y la enviaron de vuelta a República Dominicana. Tiempo después vino a Barcelona su hermana Meri. En Dominicana continuaron los planes: “todas las mujeres viajaban, no había otra opción”. Su hermana Meri la ayudó con el billete y finalmente logró entrar a Barcelona en 1992, un año antes de que pusieran el visado para la República Dominicana. Juana estaba casada y tenía tres hijos. Cuando migró, la mayor tenía 5 años, el del medio tenía 3 y la pequeña tenía un año y medio. Se quedaron a cargo de su abuela y de su papá, aunque la mayor responsable de los cuidados y de las decisiones del día a día fue la abuela. Para Juana fue muy triste dejar los niños. Cada semana llamaba a su madre y le insistía en que los cuide mucho. Su madre le decía: “no te preocupes, te crié a ti y a tus hermanas y habéis crecido sanas y fuertes, yo cuido bien a estos niños”.  Y le daba fuerzas y una total confianza para seguir trabajando con la esperanza de traerlos pronto.  [Ver La Abuela Francisca ].

En Barcelona encontró trabajo rápidamente. Era una torre de 4 plantas. “¡Cuatro plantas!”,  repite durante la entrevista echando un resoplido de cansancio como si hubiera limpiado esa casa en el día de ayer. Cuenta que empezaba a limpiar con el primer rayo de sol y terminaba a las 10 de las noche.  A los cuatro meses su jefa la acusó de robarle “un body”. Ella le insistió que estaba en uno de los cajones. Pero su jefa no le creyó y le insinuó que lo podía tener puesto. “¡Cómo se le ocurre!”. Se quitó la bata y se fue enfadada. Era un día 5 y su jefa aún no le había pagado. La humillación era tan grande que apenas le importaba reclamarle el sueldo de ese mes. Enseguida consiguió otro trabajo, también de interna. Allí estuvo 3 años. El ambiente era más amable y le hicieron los papeles cuando abrieron la regularización de 1993. Con su trabajo de interna ahorró dinero y envió a su marido una cantidad suficiente para comprar una casa en las afueras de Santo Domingo.

En 1997 entró a trabajar en casa de Inés. Había tres pequeños casi de la misma edad que sus hijos. Ella se puso contenta. El afecto que no les podía dar a sus hijos en su día a día, al menos se los daba a estos niños. Se encariñó enseguida con los niños, especialmente con Blanca, la más pequeña, que tenía la misma edad que su hija Zuni. Inés le facilitó un contrato al marido de Juana para que pueda entrar legalmente en España. Cuando él llegó, Juana sacó una hipoteca y compraron un piso en un conjunto de bloques del barrio del Besòs, en Barcelona. Fue una de las primeras dominicanas en su vecindario y con el tiempo, varias de sus amigas se trasladaron allí. Como había llegado su marido, arregló con su jefa que sólo se quedaría a dormir tres veces por semana.

Poco a poco, Juana fue organizando todo para la llegada de sus hijos. Hizo los trámites, acondicionó el piso, los inscribió en la escuela y les compró ropa nueva para usar en Barcelona. Pero las cosas no se presentaron tan fáciles para gestionar los cuidados rutinarios de la familia. Ya no trabajaría de interna pero su jefa igualmente le insistió en que necesitaba que se quede hasta después de cenar. Juana se levantaba a las seis y media de la mañana, hacía el desayuno y preparaba la comida para todo el día. Desayunaban todos juntos, ella y su marido se iban a trabajar, y los niños se iban a la escuela, que quedaba justo enfrente. La mayor, Cindy, ya con trece años, se hacía responsable de los menores, Toni de 11 y Zuni de 9 años. Al mediodía comían en casa lo que Juana les había dejado preparado y volvían al colegio. Por la tarde tomaban la merienda en casa, hacían los deberes y luego salían un rato a jugar al parque de abajo. El marido de Juana volvía a las 8 y podía ocuparse de la cena mientras ellos se duchaban. Cuando Juana regresaba al hogar familiar, alrededor de las 10 u 11 de la noche, ellos la esperaban mirando la tele. Juana había cenado con “los otros niños” y había dejado todo limpio y recogido en su trabajo. Su ritmo de vida era agotador. Al cabo de un año no aguantó más y le planteó con firmeza a su jefa la necesidad de tener un horario de 9 a 5 para poder ocuparse de su familia. “Mis hijos se merecen una madre, los suyos tuvieron dos”. Juana ya llevaba más de ocho años trabajando en esa casa pero no dio el brazo a torcer. Inés le buscó un trabajo de 9 a 5 en casa de una conocida y Juana recomendó a una prima suya que estaba en Santo Domingo para que trabaje en su lugar. Juana continuó en contacto con la familia y de vez en cuando los visitaba, especialmente para saludar a su mimada Blanca, que se iba convirtiendo en una adolescente. [Ver Zuni y Blanca].

Unos años más tarde, Inés tuvo un accidente esquiando y se quebró un fémur – juro que no es una película – . Juana la fue a visitar al Hospital y ella le pidió por favor que vaya los sábados a ayudarla “porque no podía ni hacerse la cama”. Juana aceptó. Su prima ya no trabajaba allí y habían pasado otras mujeres. Inés le dijo que la echaba de menos. Acabaron renegociando: los chicos ya eran más mayores y Juana podría irse más temprano. Juana le tenía mucho cariño a toda la familia y le gustó la idea de volver a trabajar allí. Ahora Juana se ocupa de todo durante el día y antes de irse deja la cena preparada y el perro paseado “porque Blanca se olvida de pasear al perro”.

Aunque no siempre es así, Juana parece haber ganado la batalla por la reorganización de los cuidados. Sus hijos han estado cuidados por abuelas, tías, primas y por ella misma. Ella y sus hermanas continúan enviándole dinero a su madre y siempre están pendientes de que no le falte nada. Al final de la entrevista, le comento a Juana que hay una investigadora que dice que el afecto, el amor, es como el oro, un bien escaso en Europa y Occidente.  Y se me ocurre preguntarle: “¿Crees que el amor es como el oro?” Juana me contesta enseguida: “¡Claro que sí! Es lo más importante. Pasa que si pagas no te das cuenta, porque no te falta, nosotras lo damos.”

Esta historia continúa:

La Abuela Francisca

Zuni y Blanca

El caso de Juana y su derecho a vivir en familia, está analizado en profundidad, junto al de otras mujeres trabajadoras, en este artículo Invisibility, Explotation and paternalism publicado en el Libro “Migrant Domestic Workers And Family Life” editado por Maria Kontos y Glenda Bonifacio, de Editorial Palgrave.

 

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