La crisis de “los refugiados” es nuestra crisis

En estas últimas semanas, no hemos dejado de pensar en las miles de personas que están en el barro en Idomeni, impedidas de solicitar asilo e impedidas de pasar a otro país de Europa. Nos llegan imágenes de niños que nacen en tiendas, mujeres que caminan descalzas por la nieve y dedos amputados por gangrena. Médicos Sin fronteras alerta que están apareciendo enfermedades que no se detectaban (en Europa, cabe aclarar) desde la primera Guerra Mundial. Mientras tanto, los gobiernos de los Estados miembros de la Unión Europea, desde una total negligencia y hostilidad, no presentan otra solución para esta crisis humanitaria, más que continuar con la fortificación de las fronteras y la externalización, delegando el trabajo sucio a “Terceros países”, como Turquía. ¿Expulsiones masivas de refugiados violando la convención de Ginebra en el Siglo XXI? Sí, aunque no lo podamos creer.

El viernes 11 de marzo tuve la oportunidad de participar en una charla sobre la situación de los refugiados, en mi barrio de Barcelona, Sant Antoni, lo que resultó ser una experiencia de lo más enriquecedora, junto a un activista y un socorrista de ProActive que habían estado en Lesbos. Durante el debate, una señora muy indignada, se preguntaba una y otra vez cómo es posible que la ciudadanía europea no reaccione, si en 2003, por la guerra de Irak éramos miles en las calles. Una chica apuntaba que son contextos diferentes, mientras que el socorrista decía que la realidad es que no queremos salir de la zona de confort, refiriéndose a las mezquindades humanas casi “por naturaleza”. Me resisto a creer que las mezquindades humanas son”por naturaleza”. Hay algo más, que podríamos llamarlo de distintas maneras. Mientras aquellas manifestaciones del 2003 representaban el rechazo a una guerra que, aunque lejana, era también “nuestra”, ya que el gobierno español enviaba tropas y por lo tanto implicaba a conciudadanos españoles; esta crisis se trata de personas que pretenden llegar a “nuestro” territorio. Personas diferentes que hablan otros idiomas y tienen otra religión, personas que tienen rasgos diferentes y que no reconocemos como “nuestros”. La extrema derecha nos lo recuerda constantemente con sus mensajes xenófobos explícitos. La derecha neoliberal nos lo recuerda con sus mensajes de exclusión y de competencia entre pobres. Y también nos lo recuerdan los medios de comunicación que transmiten ese miedo a la invasión y al desconocido. Son “los refugiados”, ellos, ajenos a un “nosotros”. Las políticas paternalistas, aunque sin intención, también lo recuerdan. “Hay que ayudarlos”, se dice. Una ayuda y solidaridad distante, desde la ética y la estética, con algún componente altruista, que a veces es más para conformar el ego europeo y para dormir con la conciencia tranquila.

La foto del pequeño Aylan – que en paz descanse si existe un lugar con paz – que sí conmocionó a la ciudadanía europea e internacional, ha acortado esa distancia y ha comprobado lo que se viene reflexionando en ciertos debates: el “demos”. En nuestro imaginario, o mejor dicho de acuerdo a nuestra “comunidad imaginada de (gran) nación”, en términos de Benedict Anderson, Aylan se parece a un niño “europeo”. Su cuerpito yacía en la playa igual que el de cualquier niño de 3 años en una cuna que podría estar en Francia o en Suecia. Aylan no era negrito, ni tenía pelo rizado, ni ojos alargados. Iba vestido como casi cualquiera de nuestros hijos: pantalón azul y camiseta roja. Nadie olvida su ropa, su pose y sus colores. Aylan parecía de “los nuestros”.  Su foto nos estremeció, se clavó en nuestras entrañas con una sensación de algo propio. Miles y miles de padres y madres, me atrevería a decir millones, vieron en Aylan a su hijo. Aylan era nuestro sobrino, vecino o el hijo de amigos. La ciudadanía europea en su conjunto reaccionó a partir de esta conexión emocional y se enteró de que algo grave estaba pasando. La foto de Aylan incluso hizo llorar a mandatarios europeos de quienes pensábamos que no les corría sangre por las venas.

La foto de Aylan provocó pero no alcanzó. ¿Quizás porque sólo fue una especie de brote emocional? Luego se vieron miles de personas atrapadas en Hungría. En masa, hablando otros idiomas. Rostros diferentes, refugiados enfurecidos cortando la valla de Hungría, personas amontonadas en las estaciones de tren… y “los” refugiados volvieron a ser ajenos. Unos desgraciados que no pueden decidir – como lo hacen los europeos – en qué país de Europa quieren vivir, y a quienes no les queda otra que atenerse al perverso Tratado de Dublin que impone solicitar asilo en el primer país al que se llega. Quienes optan por continuar el viaje sin solicitar asilo son llamados “ilegales”, como hemos sido denominados siempre “los” inmigrantes extracomunitarios. Y si deciden solicitar asilo en, por ejemplo, Italia o Grecia, y luego trasladarse a Alemania, corren el riesgo de ser “devueltos” a estos países. O bien, lo que es peor aún, se encuentran con fronteras cerradas dentro de la misma Europa. El tratado de Schengen siempre fue muy claro: “Libre circulación de las personas” quiere decir libre circulación de ciudadanos europeos. El resto nunca fuimos personas.

Y allí están “los” refugiados, atrapados por la negligencia y las mezquindades de la Unión Europea. Ahora los vemos en Idomeni, muertos de frío, en el barro, con los pies amputados por gangrena. No me puedo imaginar a un solo ciudadano/a europeo/a con un dedo amputado por gangrena. Y sin embargo, esta crisis humanitaria pone en evidencia nuestras propias carencias. Que si bien tenemos todos los dedos del pie, lo que nos han amputado es la democracia y las libertades. La “crisis de los refugiados” nos muestra una Europa completamente desarticulada como proyecto político y social, y mucho más aún, como aquella comunidad que añoramos, pero que en realidad nunca llegamos a ser, especialmente desde que quisimos ser más de 15.  chalecos-salvavidas-refugiados-que-han-podido-llegar-lesbos-1448642739145

Se suele repetir de forma casi automática que Europa vive la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Y lo cierto es que vale la pena recordar la Segunda Guerra Mundial, porque es justamente a raíz de esta contienda que nace el concepto de asilo como tal, a partir de la convención de Ginebra de 1951. Y es a raíz de la Segunda Guerra Mundial y sus terribles consecuencias que se implanta en Europa la idea de la unión de naciones en pos de la paz. Es decir, ambos conceptos, el del asilo y el de la Unión Europea vienen de la mano. Resulta muy triste ver cómo a comienzos del SXXI aquel legado de unión y responsabilidad europea con la solidaridad internacional se está desmontando. He oído varias veces que ante la indignación de lo que está pasando, muchas personas dicen “no quiero ser más europeo” en un sentido identitario-político, o bien se estila como protesta usar la bandera de la UE para menospreciarla – ¡Siempre aparecen las banderas! -.  Yo diría más bien lo contrario. Hoy más que nunca habría que enarbolar esa “ciudadanía” europea, esa aspiración a funcionar como comunidad, pero en un sentido ampliado. Es el mismo pueblo europeo, aquel que ve la crisis de “los” refugiados como ajena pero que ve en Aylan a su hijo, el que debe potenciar la solidaridad. Una solidaridad que no debe acabarse con donar unas mantas o chubasqueros, ni con ver los documentales de los héroes de ProActive. La indignación y la solidaridad deben traducirse en el reclamo ciudadano para exigir verdaderas políticas públicas que apuesten por el bienestar de toda la ciudadanía europea incluyendo las políticas de asilo, acogida e inclusión social de personas refugiadas y de toda la población migrante extracomunitaria que vive aquí.

Crear una cultura de asilo y refugio significa asumir realmente esa cultura de paz que nos dejó la terrible lección de la Segunda Guerra Mundial. ¿Y de qué forma podemos comenzar? Estableciendo vínculos políticos, sociales y emocionales! para reconstruir un nuevo “demos”.  Un “demos” europeo que incorpore de una vez por todas lo ajeno como propio. El niño que nace a la intemperie en Idomeni también podría ser nuestro hijo, pero no porque podríamos pasar por una situación igual, ni tampoco porque está en “suelo europeo”, sino porque también es de nuestra familia. ¿Y cómo se hace para construir un “demos”? Hace falta incorporar a “los” refugiados a un relato común que genere vínculos emocionales que superen al de la solidaridad. Tal como se hizo cuando se inventaron las naciones, el nuevo demos europeo debe re-construirse a través de relatos, narrativas e imágenes que legitimen la pertenencia social y política. “Políticas de pertenencia”, como lo define Nira Yuval-Davis, investigadora de la Universidad de Londres, inglesa nacida en Tel-aviv. 😉

Si la Segunda Guerra mundial sirvió para implantar el concepto de asilo, hagamos que esta crisis sirva, no solo para reimplantarlo, sino para reconstruir el proyecto europeo empezando por un nuevo “demos”. Hay mucha gente que ya lo está haciendo, casi sin quererlo. La alcaldesa de Lampedusa nos ha dejado una tremenda lección de humanidad en su discurso de entrega del Premi per la Pau en Barcelona. Su labor de rescate marítimo en la isla es algo que para ella siempre ha sido completamente “natural”. No se pregunta si la persona es clandestina, migrante económico o refugiada. “¿Cómo no lo voy a hacer?” Nos decía. Para ella su espacio vital, social, cultural y político es el mar Mediterráneo y a cualquier persona que esté naufragando por allí se la rescata y se le da la bienvenida. No se trata de un rescate altruista. Ella lo transmitió de una manera muy clara, simplemente hablando en primera persona del plural: “o nos salvamos todos, o no se salva nadie en esta Europa”.

La crisis no es de “los” refugiados, es nuestra crisis.

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