El Mediterráneo y la siguiente frontera, el desierto

El Mediterráneo, un espacio de encuentro de tantas expresiones culturales, se ha convertido en un macabro cementerio y en la frontera donde mueren más personas en el mundo. La semana pasada, tan sólo en tres días, hubieron dos naufragios en el canal de Sicilia y otro frente a la costa de Libia. ACNUR estima que han muerto más de 700 personas teniendo en cuenta las desapariciones. Esta vez no se ha hecho viral la foto de un niño muerto en la costa, pero se calcula que murieron más de 50 niños. Estos últimos días van apareciendo los cuerpos en la costa de Libia.

Hay que repetir una vez más que estas muertes se podrían haber evitado. Recordemos que en 2014 la operación Mare Nostrum – con la cual se logró salvar al menos a 150 mil personas en un año y contaba con apoyo financiero de unos 1,8 millones de euros por parte de la CE- fue suspendida y reemplazada por Tritón, una operación llevada a cabo por FRONTEX y por lo tanto con objetivos diferentes. Desde entonces las muertes en el Mediterráneo se multiplicaron por diez. Médicos sin Fronteras ha dejado de realizar rescate marítimo y aún se continúa reclamando una misión de salvamento conjunto entre los Estados con objetivos similares a los de Mare Nostrum.

Esta situación no es nueva. Italia lleva más de 20 años experimentando con diferentes tipos de “políticas de emergencia” en cuestiones de migraciones, asilo y rescate marítimo. Y aún así, habiendo aprendido de anteriores experiencias “de emergencia”, ni siquiera se aplican los instrumentos creados. Tras la guerra de los Balcanes, el parlamento europeo aprobó la Directiva 2001/55/CE que establece protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas, pero nunca fue aplicada. En 2011, con la llegada masiva de tunecinos a las costas italianas, el gobierno italiano solicitó la aplicación de esta Directiva, pero no reunió el consenso necesario en el Consejo Europeo. Francia y Alemania alegaron que los tunecinos eran “migrantes económicos”. Tras los naufragios de Lampedusa se puso alguna otra excusa para no aplicarla, y de momento pareciera que para el Consejo Europeo la guerra de Siria no desata una “afluencia masiva”.

Queda claro entonces que 20 años de políticas de emergencia significan más bien una falta total de voluntad política en coordinar un sistema de asilo global y de migraciones a nivel europeo respetando los derechos humanos y la protección internacional. Pero esta “falta de voluntad” no se trata simplemente de hostilidad y negligencia, sino de focalizar otro tipo de intereses en otro lado: los llamados “países en tránsito”. Y en este momento, en la región del Sahel en África.

Lejos de poner los esfuerzos en reforzar el salvamento marítimo y la protección internacional, el gobierno de Renzi tiene otro plan en curso: recurrir a la externalización de fronteras. Una política europea que tampoco es nueva. A través del proyecto de monitorización de la externalización de fronteras que lleva a cabo la ONG ARCI de Roma, nos enteramos que el plan del gobierno italiano y la UE es contener o reenviar a las personas migrantes y refugiadas al desierto de Níger, el país más pobre de África. Siguiendo el modelo del pacto Turquía-UE, el gobierno italiano acaba de firmar con Níger el pasado 4 de mayo un acuerdo de cooperación y control de fronteras. Níger, uno de los países de tránsito hacia Libia junto con Mali y Sudán, se ha comprometido a controlar sus fronteras y a readmitir deportaciones de subsaharianos por sólo 75 millones de euros. El acuerdo se enmarca en el plan italiano “Migration Compact”, un proyecto elaborado tras la cumbre de Valetta (Malta) en noviembre de 2015, destinado a “cooperación” y fondos de desarrollo en países africanos para contener salidas al mar. Fue precisamente en la cumbre de Valetta, en la cual participaron representantes de 35 países africanos junto a los estados miembros de la UE, donde se aprobó el “Fondo Fiduciario de emergencia”, por el cual se destinan 1.800 millones de euros para securitización y control de fronteras. De ese dinero, 75 millones van a Níger a cambio de contener migrantes. Recordemos también que en la misma cumbre de Valetta se firmó un acuerdo con Etiopía que establece un proyecto piloto para bloquear emigrantes eritreos.

Este tipo de acuerdos no sólo viola la protección internacional de la cuál deberían responsabilizarse los estados miembros de la UE, sino también los acuerdos de libre circulación entre los países de la zona del Sahel.  Pero eso no es todo. El interés de Italia en África no radica sólo en realizar acuerdos para frenar la inmigración e impedir que la gente llegue al Mediterráneo. Tal como lo explica Sara Prestianni (ARCI), detrás existen intereses económicos y diplomáticos. Italia es ahora el 7mo socio comercial de África, y a su vez necesita el voto de los países africanos para ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Al igual que ocurre entre España y Marruecos, migrantes y refugiados resultan moneda de cambio.

¿Pero quiénes intentan llegar a Libia para cruzar el Mediterráneo? Según el proyecto Open migration de Italia, que reúne datos y estadísticas de forma constante, en los primeros meses del 2016 el primer país de procedencia es Nigeria (un 15%), seguido de Gambia, Somalía y Eritrea. ¿Hay que explicar lo que está pasando en estos países? La externalización de las fronteras no es una solución para la gente que necesita protección internacional. Quienes no lleguen a las costas de Libia ni de Marruecos, quedarán atrapados en el desierto de un país que no les podrá brindar protección. La solución europea ante los naufragios del Mediterráneo es el desierto. ¿Dejaremos que la gente que huye, por ejemplo, de Boko Haram se quede en el desierto de una región políticamente inestable? De nuevo en las mismas palabras de Sara Prestianni: “el dinero de Europa continúa cambiando la geografía y la vida de la gente de África. Hay que mirar los efectos de las políticas de la UE más allá de la costa Mediterránea”.

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