Lo que molesta es que sean ciudadanas

Qué sorpresa. Pensamos que sería un verano más hablando de refugiados, naufragios y vallas; y el tema mediático ha sido una prenda de vestir femenina.

El cuerpo de las mujeres siempre fue objeto de la tiranía de las modas y del control social. De alguna u otra manera, todas hemos vivido opresión y control de nuestros cuerpos en público, más especialmente en verano. Solo por poner un ejemplo personal, aún recuerdo muy bien aquellas playas de Pinamar o Punta del Este donde no podías entrar si no tenías un culo redondo trabajado en el gimnasio o donde mis amigas gorditas no se quitaban el short.

Pero esta vez se trata de Ellas, las Otras mujeres. Las mujeres musulmanas que viven en Europa y que se cubren la cabeza con un pañuelo y van a la playa con “burkini”, traje de baño que cubre casi todo el cuerpo. Algunos son comprados y otros son fabricados por ellas mismas, y generalmente consisten en un pantalón y una túnica. Ellas, las que usan burkini, este verano se han convertido en la amenaza a la hegemonía cultural en Europa y en las enemigas de la sociedad.

En Francia, país republicano que lleva los lemas de libertad, igualdad y fraternidad, y en donde vive la mayor comunidad musulmana de Europa, el burkini molesta al poder. En Cannes, municipio de la costa Azul, el alcalde del partido conservador prohibió el uso de la “ropa de baño que muestre de forma ostentosa una adscripción religiosa”, “en nombre del laicismo y por riesgo de atentados”, alegando también “problemas de higiene”.

El colmo de la polémica se sitúa en la ciudad de Niza, justamente donde el pasado 14 de julio un psicópata mató a 84 personas con un camión. Niza es otro de los diez municipios costeros que se sumaron a la prohibición del burkini. De allí nos llega la imagen de cuatro policías armados que obligaron a una mujer a desvestirse en la playa. Una imagen que nos retrotrajo al control social que se ejercía sobre las mujeres a principios del SXX cuando descubrían su cuerpo en las playas. En aquel entonces los policías medían con regla los 15 cm que no debían pasar desde las rodillas. Esta vez era en el sentido inverso. La señora estaba demasiado tapada, pero al igual que en 1910, era un “riesgo para el orden público”.

El “enemigo” de la sociedad siempre fue aquella persona tildada de peligrosa que podía alterar el orden público y el orden social. En otros tiempos lo fueron el colonizado, el loco, el judío, el comunista… También lo fueron las mujeres intelectuales y atrevidas que se salían de las normas sexuales. Hoy son las mujeres musulmanas que usan hiyab. En lenguaje foucaultiano, se trata de la misma guerra pensada en términos histórico-biológicos en la cual “se defiende la sociedad” a través de la disciplina de los cuerpos de los posibles enemigos.

El Islam se ha construido – a través de los poderes fácticos y mediáticos – como el nuevo enemigo de Occidente. Y las personas de religión musulmana, especialmente las 21 millones de personas musulmanas que viven en la Unión Europea, se han convertido en el chivo expiatorio de la crisis política europea. Una crisis política, económica y de valores que toma forma de replegamiento nacional y se exhibe a través de discursos identitarios y de enaltecimientos patrióticos. Discursos que a su vez abren el camino a manifestaciones y legislaciones abiertamente racistas, aplaudidas, claro está, por la ultraderecha.

El conservadurismo francés alega que el burkini encarna una ideología política contraria a la “Europa laica e igualitaria” que ellos predican. Con ese criterio se podría perseguir, por ejemplo, a los hombres con barba o directamente a los imanes. Pero no. ¿Por qué se persigue estrictamente al burkini? ¿Por qué a ellas? ¿Y por qué en la playa?

“Ocultar el cuerpo en la playa no se corresponde con nuestro ideal de relación social”, dijo Christian Etrosi, primer teniente de alcalde de Niza y miembro destacado del partido de Sarkosy.  Una relación social que, evidentemente, depende del comportamiento de las mujeres y de la disciplina de sus cuerpos, en tanto ellas son las reproductoras de la cultura hegemónica y por lo tanto, también garantes del orden social establecido. Las mujeres somos quienes llevamos los óvulos, quienes parimos y quienes educamos. Sin mujeres no hay reproducción. Las mujeres musulmanas que no responden a los patrones culturales occidentales son puestas en el foco central de ese disciplinamiento justamente porque no garantizan, sino que por el contrario alteran, el orden público y el orden social establecido. Cuando se quiere atacar, menospreciar, subordinar o directamente aniquilar a otro grupo social, se ataca o se segrega a sus mujeres. Se cuestiona la libertad de sus cuerpos y en ocasiones, su sexualidad. A Ellas, a las Otras mujeres, a las que no forman parte del grupo (en este caso un “grupo nacional”) se las relega a putas o sirvientas, o bien a simples reproductoras de mano de obra barata,  siempre que se mantengan calladas y sumisas, es decir, con el cuerpo disciplinado. El peligro está en que si se relacionan, si se integran en nuestro tejido social, traerán su cultura, con sus velos y sus burkinis, su ideología y sus lenguas, y criarán así a nuestros ciudadanos.

¿Entonces qué es exactamente lo que molesta al poder? No les molesta su ropa. No les molesta que vayan tapadas en Arabia Saudí, Egipto o Argelia. Tampoco les molesta que vayan a comprar tapadas a las Galerías Lafayette de Paris. O que se sienten a comer en un restaurante de lujo en La Milla de Oro de Marbella. Les molesta que vayan tapadas en Niza o Cannes, playas mediterráneas íconos de festivales y glamour. Allí no son parte del paisaje, allí contaminan. Son un “problema de higiene”, dijo el alcalde de Cannes. Allí representan lo impuro, o bien  la “materia fuera de lugar”, como se refería la antropóloga Mary Douglas. Lo que altera el orden público (y social) es que ellas, las Otras mujeres, estén en nuestras playas mezcladas entre “nosotros, los europeos”. Cuando se quedaban en sus casas o se iban de vacaciones a Argelia o Marruecos, no molestaban ni contaminaban. Lo que molesta ahora es que se paseen, descansen, tomen sol y se metan al mar como una mujer más. En definitiva, lo que les molesta es que sean ciudadanas. Y que como tales, disfruten libremente en una playa. Porque el concepto de libertad solo es asociado a Occidente y no a nuestros enemigos. Un cuerpo social no occidental no es “libre”, y por lo tanto no tiene descanso, ni placer.

Y como siempre, ese disciplinamiento de los cuerpos, que no es otra cosa que el llamado racismo institucional, legitima el racismo social y pone a cada cual en el estrato social que le toca. En Cannes, la señora de 34 años que fue multada en presencia de sus dos hijos menores, se vio rodeada de pronto por un grupo de personas, entre las cuales algunas la abucheaban diciendo: “vete a tu casa, aquí no te queremos”. Es el mismísimo control de fronteras que define quién es ciudadano y quién no, quién debe estar encerrado y quién tiene libre circulación. Es decir, es la valla que le impide y le cuestiona su ciudadanía, pero en la playa, un espacio público y a la vez un espacio privilegiado. Si en los aeropuertos son sometidas a los “controles aleatorios” del espacio Schengen por llevar velo, en la playa son sometidas al control de la frontera simbólica, por los policías y también por los mismos conciudadanos que les recuerdan que “no son de aquí” y que no pertenecen a esta tribu. La islamofobia es legitimada en este marco de replegamiento nacional para ayudar a controlar las fronteras materiales y simbólicas, a través de las mujeres.

Pero ellas son fuertes, no se dan por vencidas y esta vez no se dejan disciplinar. Porque sus cuerpos, como el de todas las mujeres, ya conocen distintos contextos de opresión y disciplinamiento, y ya llevan décadas criando y educando ciudadanos europeos. El mensaje de ellas es muy claro: “déjennos en paz, somos ciudadanas.” Son ellas  – las que van tapadas y las que no – las que realmente nos están enseñando los verdaderos valores de la libertad, igualdad y fraternidad. Estoy segura de que juntas ganaremos esta batalla: la batalla del burkini, que es la misma batalla por la plena ciudadanía.

PD: Por cierto, las mujeres de 1910 tampoco eran ciudadanas.

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