“Sin ella no me voy”. La historia de Frania

Tres días antes de la victoria de Trump en Estados Unidos, sentí que Trump ya había ganado. Un llamado de una amiga me dejó totalmente shockeada. Si hay algo que continúa sorprendiéndome para mal en este país y en el mundo, es la misma ley de extranjería y el racismo institucional que afecta el día a día de las personas. Me entero que la policía Nacional notifica a mi amiga Frania por una sanción que le pertoca por haber traído a su hija de 13 años al país con una “carta de invitación” y haber prolongado su estancia. Frania, una mujer nicaragüense, luchadora como pocas, después de años de burocracia y obstáculos de todo tipo, vive con su hija en la ciudad de Sant Boi, pero tendrá que pagar una multa que puede ser de hasta 10.000 euros. La sancionan por cometer una “infracción grave” por “promover la permanencia irregular de un extranjero” según el art. 53.2 apartado c) de la Ley de Extranjería. Claro que promovió la permanencia de una extranjera! Es su hija y no tenía otra opción. “Promover su permanencia” era para ellas su derecho a vivir en familia.

Frania es ingeniera agrónoma y licenciada en zootecnia. Vivía y trabajaba en Managua como supervisora de una ONG. Su situación no era del todo fácil y un desengaño amoroso muy fuerte la impulsó a emigrar. Vendió un ganado de su familia y vino a Barcelona en 2006. Como la mayoría de mujeres latinoamericanas, se insertó en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y explotador, pero donde resulta relativamente fácil conseguir trabajo “sin papeles”: limpiando y cuidando. Todos los meses, Frania enviaba dinero religiosamente a su madre, para la manutención de su hija, quien vivía con su abuela en la localidad de San Miguelito. Después de unos años, pudiendo regularizar su situación por arraigo y con un poco de estabilidad económica decidió traer a su hija a Barcelona. Habiendo alquilado un piso en Viladecans, Frania tramitó la reagrupación familiar, pero un informe del ayuntamiento de Viladecans decía que faltaban 2 metros cuadrados al piso de Frania para poder traer a su hija en condiciones. Dos metros cuadrados que la separaban de su hija! Denegada. Su abogada presentó un recurso pero no hubo suerte. La segunda vez, el ayuntamiento alegó que había muchas personas empadronadas en el piso (personas que Frania no conocía y que el mismo ayuntamiento nunca dio de baja). Las leyes racistas y la burocracia del funcionariado habían decidido que Frania no tenía derecho a cuidar a su hija, quien por entonces ya tenía 11 años. Mientras tanto, Frania comenzó el trámite de nacionalidad, con la esperanza de que al menos al ser ciudadana, podía traer a su hija. Preparó la serie de preguntas ridículas ideadas también por el aparato funcionarial racista y juntó todo el papelerío. Recuerdo muy bien su imagen. Allí estaba ella, fresca y decidida, una mañana soleada en el Registro Civil de Gavá contestando quién había compuesto El Amor Brujo y repasando la geografía española. Su hija nunca dejaba de estar en su pensamiento. Frania era una madre transnacional sumamente dedicada. La llamaba todos los días y siempre estaba pendiente de que no le falte nada. La burocracia no le quitaba la ilusión de poder estar con ella y verla crecer en persona. Pero las cosas en Nicaragua se complicaron y debía traerla sí o sí. Su madre se hacía más mayor y su salud empeoraba, por lo que ya no podía cuidar bien de su nieta, que se iba haciendo adolescente. Entonces Frania decidió traerla a toda costa, saltarse la burocracia y viajar a Nicaragua a recogerla. Allí las cosas se complicaron aún más y debió enfrentarse a la perversidad machista del sistema y de un padre que nunca se ocupó de la niña pero que ahora quería impedirle que la trajese a Europa. Recuerdo perfectamente la firmeza que me transmitió cuando hablamos por teléfono: “sin ella no me voy”. Y vinieron más papeles y papeles, en una lucha en paralelo contra la burocracia nicaragüense. Y acatando también las leyes españolas, finalmente pudo tramitar una “carta de invitación” para que su hija pueda cruzar la frontera “como turista” con más tranquilidad. España no le exige visado a la ciudadanía nicaragüense, pero establece ciertos requisitos para que demuestres que tu intención no es quedarte en España. El 8 de febrero de 2016, Frania y su hija aterrizaron en El Prat. Su hermano Felix, sus amigas y sus paisanos nicaragüenses las esperaban con alegría. Y también, con el corazón en la boca, y con el único recurso de la fe en Dios para que no deportaran a la niña. Pasaron. Felices como pocas, no paraban de abrazarse todo el día y pasear por la ciudad de Gaudí. Se instalaron en Sant Boi, ciudad donde viven muchos compatriotas y la niña empezó allí la escuela.

Pero las cosas nunca son del todo fácil para quien nació del otro lado del charco, y menos con una hija casi adolescente. Los primeros meses, la niña estaba triste por su adaptación a su nuevo país (algo totalmente normal pero que requiere acompaññamiento) y Frania la llevó al ambulatorio de Sant Boi con la intención de que la deriven a una psicóloga. Otra vez se topó con la burocracia racista, encarnada en personas de carne y hueso, que le dijeron que la niña no podía ser atendida por no tener papeles. Y otra vez Frania le plantó cara al racismo institucional. Armada con leyes y reglamentos en mano, se cuadró ante el personal administrativo del ambulatorio para reclamar un derecho universal, no sin subir el tono el voz. La atendieron.

Pero el día a día sigue sin ser fácil. Las fronteras no sólo están en los aeropuertos y en las leyes. Están también en el espacio urbano y de un momento a otro, cualquier persona se convierte en guardián, recordándote que “tu no eres de aquí” o en el caso extremo, insultándote. A Frania y a su hija les tocó una vez vivirlo en un autobús de Viladecans a Sant Boi, cuando una señora las increpó con la típica frase: “vete a tu país”. El sistema de control de fronteras es lo que legitima el desprecio hacia las personas extranjeras. Pero el racismo no sólo está en los insultos de la gente fascista. También está en quienes tienen el privilegio de tener su casa limpia y sus seres queridos bien cuidados, pero no quieren pagar la Seguridad Social a la trabajadora de hogar que lo hace. Y eso también le pasa a Frania, y a muchas mujeres trabajadoras que, si no cotizan a la Seguridad Social, no pueden renovar sus permisos de trabajo, y por lo tanto, corren el riesgo de caer en la irregularidad sobrevenida. Así son las cosas para estas mujeres anónimas y ajenas, las “no nacionales”, a quienes no se les deja ocupar otro espacio social más que ser mano de obra barata. Y a quienes, además, no se les permite ser madre con dignidad.

Ahora el Estado, provisto de sistemas informáticos para vigilarlas, quiere sancionar a Frania por vivir con su hija. Frania se enfrenta a una sanción y a una multa de miles de euros. El derecho a migrar y a vivir en familia se paga muy caro (si es que alguna vez se termina de pagar) y no solo con multas. La mujer policía de la comisaría de Cornellá que la “atendió” cuando fue a buscar su notificación, le dijo de muy mala manera que su hija debía regresar a Nicaragua. Pero no. Frania no se rinde porque Frania no es una víctima. Ni el maltrato de policías y funcionarios, ni ningún aparato coercitivo podrá con ella. Vendrá otro recurso y quizás un juicio. Y Frania y su hija saldrán adelante y seguirán viviendo juntas. La reflexión es para toda la sociedad, que sí es víctima de sí misma: ¿Qué estamos haciendo con estos niños y niñas hijos de las migraciones? ¿Cómo crece una niña conociendo las adversidades y coacciones del sistema, sintiéndose expulsada de sus dos países? ¿Cuántos privilegios tenemos mientras ellas pierden los suyos? Todas estas historias son también nuestras historias. La historia de Frania, su lucha contra el racismo y su derecho a vivir en familia es nuestra responsabilidad.

Hace tiempo que los monstruos gobiernan el mundo. Hay que plantarles cara.

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