El “procés” en familia

Es un día cualquiera de julio de 2017. Mi hijo Tomàs acabó 1ro de la ESO y trajo buenas notas. Enciende la tele y me comenta las noticias: “Mamá, Puigdemont dice que hará el referéndum el 1 de octubre… ¿Esta vez tampoco votarás, no? Tampoco. Su memoria del 9N es muy cercana. Tomàs ya sabe lo que piensa su madre. Sigue la política catalana cómodamente y conoce a los protagonistas.

Dieciocho meses antes, exactamente el 10 de enero de 2016 también fue él quién encendió la tele para que veamos “la investidura”. Era un domingo frío, y los tres nos amuchamos en el sofá con una mantita. El parlament ya les resultaba familiar, y los personajes, también. Tomàs llevaba semanas preguntándome si la CUP votaría a Mas… Artur Más. Y es que mis hijos siempre tuvieron conciencia de la figura de Artur Mas. Lo conocían por el “Mas Style” del Polonia de cuatro años atrás, aquel baile famoso parodia del coreano “Gangnam Style”, que representaba a un “nou Mas” juvenil y sexy, y cuya letra decía: “doneu-me majoria i us duré un estat propi, farem una consulta, i que el Rajoy es foti…”. Pero aquel Mas sexy ya había casi desaparecido de la pantalla, y daba “un paso atrás” para que sea investido un señor con mucho pelo llamado Carles Puigdemont y que en twitter se llama @KRLS en mayúculas, las mismas letras con las que firmaba Carlomagno.

Mi primer hijo se llama Tomàs, escrito amb accent obert, en la libreta de familia. Nació en 2004, en los comienzos dulces del primer tripartito. En aquel entonces, tanto su padre como yo estábamos enamorados de Catalunya. La memoria de nuestra Argentina decadente era muy reciente, y a pesar de todos los obstáculos que teníamos como migrantes para abrirnos paso en esta sociedad, estábamos orgullosos de formar una familia aquí. Había tres partidos de izquierdas que podríamos elegir para votar – ¡cuando votásemos! – y por la tele aparecía un señor ecologista que defendía a los inmigrantes sin papeles. Todo era color de rosa. El catalanismo de izquierdas nos había conquistado y la “cuestión nacional” nos seducía.

Al mes de nacer Tomàs, Zapatero le ganó al PP. Ya no había de qué quejarse de España. El Aznarismo que condenaba la inmigración ilegal había quedado sepultado tras las mentiras del atentado de Atocha. Y mientras mi hijo tomaba la teta, el nuevo presidente del gobierno de España nos prometió aquello de “apoyaré el estatuto que salga de Catalunya”… que resonaba como una canción de fondo. El estatuto tardaría un par de años más. Yo no pude refrendarlo porque todavía no era ciudadana. Era ya el 2006, el mismo año que nació mi hija Zoe, una catalana que sabe explicar que su corazón está partido entre varios países.

El mundial de fútbol del 2010 fue una buena oportunidad para entender que los estados-nación no son naturales. Con sus seis años, Tomàs no entendía por qué el Barça no estaba en el mundial. Le expliqué que en un mundial jugaban “países” – ¿Qué son los países? – y que podía hinchar por España, por Argentina, o por el país que le guste. Me contestó que hincharía por España “porque juegan los jugadores del Barça”. Eran momentos en los cuales el conflictivo marco divisorio del llamado “procés” aún no había entrado en nuestras vidas. Piqué y Shakira, tampoco.

Fue justo después del mundial, en julio de 2010, que el “procés” hizo su primera entrada, aunque de modo tranquilo. El Tribunal constitucional emite la sentencia del estatuto y se convoca una manifestación bajo el lema: “Som una nació. Nosaltres decidim”. Allí estábamos. La pregunta de Tomàs resultó muy divertida:

–  Mamá, mamá… ¿Por qué dicen “enciam”?

– No, no dicen enciam… Dicen in-de-pen-den-ciaaá… Parece que suena a enciam, pero dicen independencia, no lechuga.

Le expliqué que la gente estaba enfadada porque el Tribunal Constitucional había rechazado el estatuto y entonces pedían la independencia de Catalunya. Se quedó pensando. Era la primera vez que escuchaba aquella palabra.

Tras esos gritos de in-de-pen-den-ciá sonaban otros, un poco más aislados, que por suerte mis hijos no los escucharon: “charnego traidor”. Le gritaron al presidente Montilla. Y aquel gobierno idealizado se difuminaba. En noviembre, mi estrenado voto al parlament de Catalunya para ratificar un gobierno de izquierdas, no alcanzó. El por entonces “delfín de Pujol”, antiguo “conseller en cap”, se convirtió en presidente de mi querida Catalunya.

Así, Tomàs comenzó la primaria con CIU. Poco le duró la 6ta hora y las becas de libros. En la primavera llegó, casi sin esperarla, lo que creímos que era la revolución, el 15M. Mis hijos miraban maravillados, a la vez que agobiados, la cantidad de gente que se juntaba en Plaza Catalunya. “¿Consiguieron algo los indignados?” Me preguntaba Tomàs de tanto en tanto. Y yo, la verdad, no sabía bien qué contestarle. En la escuela, las maestras le habían enseñado la palabra “retallades”.

Y tras el 15M vinieron las huelgas generales del 2012. El 29M, los tres tuvimos mucho miedo. Corrimos hasta casa. Las sirenas, el ruido del helicóptero y las revueltas duraron hasta tarde. Les conté cuentos para tranquilizarnos. Al día siguiente supieron quién era el sr. Puig, “el malo”, el mismo que había echado a los indignados de Plaza Catalunya. En las otras manifestaciones, nos hicimos un lugar en la columna del “partido que defiende a los inmigrantes”. “Mamá, ¿estos son los buenos?”, me preguntaban. Y yo contestaba que sí con profunda convicción.

El 2012 avanzaba lento. La imagen de Puig y el recuerdo de las corridas de la huelga se nos habían quedado en el cuerpo. Pero algo estaba cambiando… casi sin darnos cuenta…

Llegó el 11 de septiembre de 2012. Artur Mas era el protagonista. Mi cabeza estaba revuelta: “¿Qué les explico a mis hijos sobre esta manifestación a la cual les había dicho que íbamos a ir?” Días antes les había enseñado algo sobre la guerra de secesión y el 11 de septiembre. “¿Pero si siempre fui a los 11 de septiembre, por qué no voy a ir a este?!” Salimos a la calle y enseguida una especie de dejà vu se apoderó de mí. Jamás había visto tantas banderas desde que Argentina ganó el mundial del 86. Demasiadas banderas. Mala impresión. La ciudad se había transformado, no se veían turistas y los pakistaníes vendían más esteladas que camisetas del barça. Entre el involucramiento y el distanciamiento, como diría Bauman, nos dimos un paseo por el Gótico (el colapso nos impidió llegar a la gran columna que bajaba por la Vía Laietana). Esta vez, la que me hizo saltar la alarma fue Zoe que, tras el recuerdo de la huelga general, me preguntaba temerosa una y otra vez por el helicóptero. Y yo, con el tono tranquilo de madre que todo consuela, pero con el sarcasmo sudamericano por dentro, le expliqué que en esta mani la misma policía de aquel señor malo, ahora era buena y que el helicóptero nos cuidaba.

Como casi no podíamos avanzar más, dimos media vuelta en dirección Raval. Al llegar a las Ramblas, nos encontramos con Yousef, un amigo de Ghana, en aquel momento presidente de la asociación de ghaneses, y nos pusimos a charlar. De inmediato, se acercó una chica joven con una estelada de capa y me preguntó a mí en un perfecto catalán on era l’Arc de Triomf. Le indiqué alguna cosa en mi catalán adquirido, pero como la orientación en la calle no es mi fuerte, mi amigo Yousef intervino muy amablemente y le explicó en perfecto castellano el camino preciso para llegar al Arco de Triunfo. La chica me miró a mí y sólo a mí, y me dijo muchas gracias, pero noté que no le agradeció ni le dirigió la mirada a mi amigo que se había esmerado en la explicación.

Caí. Desperté. Ella no era racista, pero no reconocía a mi amigo como miembro de su tribu, que para ella era la tribu de su capa. Entonces entendí que aquel “derecho” a la autodeterminación que tanto anhelábamos en Catalunya, no era otra cosa que “el retorno a las tribus”, a las tribus de las capas. Volvimos a casa atravesando el Raval y esquivando niños que jugaban a la pelota. No importaba el idioma, importaba el juego con la pelota. Esa tampoco era nuestra tribu, pero sí era nuestro mundo. Y mis hijos así lo vivían. Después de aquel 11S, un amigo me atormentó, un poco enserio, un poco en broma, diciéndome: “Fuiste a una mani con Duran i Lleida”. Tenía razón. Ese no era ni de mi tribu, ni mucho menos, de nuestro mundo.

Dos semanas después, Tomàs descubrió por dónde iba la cosa. Eran las fiestas de la Mercè. Por el carrer Pelai pasaba un desfile de gigantes. Uno de ellos llevaba una estelada como capa, igual que la chica de las Ramblas que preguntaba por el Arc de Triomf. Tomàs gritó: “¡mamá, mamá, mira, tiene una bandera de CIU!”. Me horroricé. “No hijo, es una estelada, la bandera independentista”. En aquel preciso momento, el llamado “procés” había entrado en nuestras vidas para quedarse largo tiempo.

El verano del 2017 será largo. Más largo que el del 2012, pero no tan largo como el del 2015, con “las plebiscitarias” del 27S. Escapar del marco procesista parece imposible. El “procés” se ha convertido en un movimiento milenarista que siempre inventa fechas nuevas para continuar en el bucle. Y como no tiene fin, para terminar este artículo decidí consultarle a él, ya que últimamente, aburrido de tanto humanismo de su madre, lee libros de física.

– Tomàs, estoy harta del procés. ¿Qué podemos hacer para acabar con el nacionalismo?

– Fabricar una máquina del tiempo e ir al futuro, dentro de 100 años… O no… quizás 40. No creo que dure más que las guerras de los 100 años…

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