El cuento de la criada

Cuentos de la criada hay muchos y casi nunca acaban bien. Ella cuidaba a un joven dependiente en una casa de la costa de Sant Andreu de Llavaneres y también hacía las labores de servicio doméstico. Iba de madrugada andando desde Mataró por el camino lateral a las vías del tren, hasta su lugar de trabajo, una lujosa casa familiar. Un hombre la interceptó, le desfiguró la cara, la violó y acabó en las rocas casi muerta. Sobrevivió de milagro. Pidió ayuda a gritos a las personas que pasaban pero nadie la ayudó.

Ella es de Colombia, un país que vivió 50 años de guerra civil, y que contabiliza 6,5 millones de personas desplazadas  según la ONU, pero que sin embargo nunca se habló de refugiados porque era una guerra no declarada. Como la mayoría de mujeres migrantes, trabaja en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y feminizado que ha estado tradicionalmente excluido del ámbito laboral y sindical. Un sector que a su vez, no deja de ser invisibilizado y servil, en parte porque sostiene la economía y el status de una clase social, y en parte porque el Estado no se ocupa de los cuidados de la gente dependiente (como el joven que cuidaba ella) y de la gente mayor. Al parecer, las instituciones prefieren dejar los cuidados en manos del mercado global que, con la complicidad de las políticas de extranjería, facilita la sustitución permanente de trabajadoras que vienen de países empobrecidos. Así, el servicio doméstico y de cuidados es cubierto por mujeres que a falta de oportunidades, no les queda otra opción que aceptar trabajos precarios donde viven explotación y abusos de todo tipo.

Y como si no fuera poco, las mujeres trabajadoras del hogar, además de soportar el encierro y la explotación en el espacio privado, se ven expuestas a la violencia machista en el espacio público. Ella iba de madrugada a su trabajo, cuando casi la matan. No se sabe bien si conocía al hombre, o no, pero eso da igual. La desfiguró y la violó porque era mujer. Y pudo hacerlo porque era pobre, porque las mujeres ricas no van de madrugada a trabajar por caminos desolados, laterales a las vías de un tren.

La violencia la alejó de su país, el racismo institucional y económico la relegó al estrato precario de trabajadora del hogar y la violencia machista la dejó desfigurada y violada al borde de la muerte. El racismo social la desamparó cuando estaba a punto de morir tirada en las rocas. Podría habérsela tragado el mar, como a tantas personas migrantes que quieren llegar a Europa y haber quedado en el anonimato. Pero sobrevivió.

Sobrevivió sin ayuda, sola, también como tantas mujeres migrantes explotadas y precarizadas. Espero que el final de este cuento, que no es ningún cuento, sino la vida real, lo escriba ella. Hubo una concentración en Mataró contra la violencia machista. Espero, también, que no tenga que morir ninguna mujer para que nos acordemos de todas las trabajadoras que van de madrugada a limpiar casas. Cuentos de la criada hay muchos, pero la explotación y la violencia – de todo tipo –  no son ningún cuento.

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