La reconocí porque era verano

La reconocí porque era verano. Llevaba una camiseta a rayas y unos tejanos ajustados. Estaba de pie en el tranvía, aferrada a unos libros y a su teléfono móvil, y pude ver su lunar en el hombro en forma de flor. Era ella. Con ese pelo castaño finito y nariz respingada, bonita como siempre fue, y de modales suaves. Ella no me vio, ni siquiera levantó la vista. Miraba su móvil y escribía algún mensaje. Pensé en saludarla, pero no me reconocería y se hubiera asustado. Hasta podría haber pensado que le iba a robar, quién sabe.    

La reconocí porque era verano. ¡Y cómo no iba a reconocerla! Si fue la nena más dulce y cariñosa que cuidé. Tenía cinco años cuando me presenté en su casa. Me avisó Loli que había una señora desesperada porque la canguro no había vuelto y tenía que empezar a trabajar. Me hizo la entrevista y me dijo directamente que me quedara. Y entonces apareció ella corriendo por un pasillo. “¿Y tú de qué país eres?”, me preguntó sonriente. Y corriendo de vuelta fue a buscar un globo terráqueo. Le señalé mi país y se me ocurrió contarle que había muchos volcanes. Desde entonces me pedía todos los días que le cuente sobre los volcanes y qué pasaba cuando salía fuego. 

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