Archivos de la categoría Divulgación

Con M de mujer

Son las 4 de la tarde y Neiry llega puntual a la estación del metro Sant Ildefons, en Cornellá. Uno de esos barrios del llamado “cinturón rojo” del área metropolitana de Barcelona. Un barrio con mucha historia, conocido por las luchas obreras de los 60 y 70, y con mucho presente por albergar ahora a migrantes de todo el mundo. Neiry no puede desplazarse a Barcelona para recoger el libro de catalán. Hace pocos días le denegaron el asilo, tiene miedo de que la policía la pare y le pida la documentación y, además, anda con una muleta. Su voz es temblorosa y se le nota la angustia. Le doy el libro y la invito a tomar un café. Acepta enseguida, aunque no quiere café, quiere hablar. 

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Pagar el seguro a la chacha

La informalidad en el servicio doméstico (devenido en “de cuidados” con la globalización) ha sido –y sigue siendo– una especie de “costumbre” o tradición en España y en muchos otros países. La OIT estima que en el servicio doméstico hay un 30% de trabajo informal, “en negro” o en “economía sumergida”, nombre que se da a la situación de los trabajadores (en su mayoría las) que no tienen contrato ni están dados de alta en la Seguridad Social.

Según las cifras del Ministerio de Trabajo, antes de la crisis sanitaria del Coronavirus, había registradas en el Sistema Especial de Empleados de Hogar del Régimen General de la Seguridad Social, un total de 394.171 trabajadoras, pero según la Encuesta de Población Activa (EPA), al finalizar 2019 había 580.500 empleadas del hogar en España, estadísticas que parecen bastante estables a lo largo de la historia, aunque siempre hubo dificultades para obtener datos fiables. Hacia 1970, cuando las “chachas”, “minyones” y “chicas del servir” pasaron a ser “asistentas”, mucho antes del “boom” de las migraciones internacionales, se hablaba de entre 600.000 y hasta un millón de mujeres trabajando en el sector. En 1985 se estimaban 700.000, una cifra mágica que se repite en 2012.

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Desigualdad global y nuevas alianzas

Marita ya lleva 28 años en Barcelona. El Gobierno de Filipinas fomentaba la migración de mujeres y ella aprovechó la oportunidad. Con su sueldo de maestra ganaba 150 dólares al mes y en Barcelona le ofrecieron ganar 800. La misma decisión la tomó Lili desde Quito, y Sandra desde Santa Cruz, donde era peluquera. Edith dejó su Lima natal, pero “probó suerte” primero en Buenos Aires. Griselda y Mariana, que nacieron en esa ciudad, probaron esa misma suerte, pero en Nueva York. Romina, probó en Milán, donde ya estaba su tía. Allí también vivió Nicoleta, quien ya regresó a Cruj-Napoca, Rumanía, después de tramitar su jubilación, unos míseros 300 euros que le han quedado de años de cuidar a un anciano. Flora, de Oruro, está más contenta preparando su retiro. Inauguró hace poco un restaurante en el barrio de Coll Blanc, al lado de Barcelona, que costeó limpiando casas durante 15 años. Allí va a comer a veces Maritza, de Honduras, que cuenta los días para poder tener sus papeles mientras trabaja “de interna”. Lo mismo le sucede a Najat, a Margarita, a Fanny y a Constanza.

No son amigas entre sí, ni siquiera se conocen, pero todas tienen algo en común: son mujeres. Mujeres que han sido violentadas a lo largo de sus vidas. Violentadas por sus patrones, por sus jefes y por los Estados. Algunas por sus maridos, por novios o por otros hombres. Todas han tomado decisiones. Decidieron cruzar fronteras, hacer su vida, gestionar su dinero y cuidar a los suyos. Lo que no deseaban era trabajar de sirvientas y cuidar a los demás, pero el sistema las relegó a ese “sector”. A limpiar, servir, cuidar.

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El «modelo Riace», más que un modelo de acogida

Artículo publicado en el Anuario Internacional CIDOB 2019, sección «Píldoras de opinión».

En el 2016 la revista Fortune incluyó al alcalde de Riace, Domenico Lucano, entre las cincuenta personas más influyentes del mundo, junto a líderes como el papa Bergoglio o la canciller alemana Angela Merkel. Desde entonces, este pequeño pueblo calabrés del extremo sur de Italia se hizo conocido en todo el mundo, convirtiéndose en un símbolo internacional de la solidaridad y casi en un lugar de culto del activismo por los derechos humanos.

Todo comenzó en 1998, con la llegada de una embarcación de refugiados kurdos a las costas de Riace. La población se organizó de forma espontánea para darles acogida y los alojaron en sus casas. Unos años más tarde, un grupo de activistas, entre los cuales se encontraba Domenico Lucano, promovieron un proyecto de acogida basado en la experiencia de Trieste con refugiados de Kosovo. En el 2001, con el apoyo de ACNUR y de otras entidades, Riace entró en la primera convocatoria para el Programa Nacional de Asilo, lo que luego fue el SPRAR, el sistema público de acogida italiano que funciona bajo la responsabilidad compartida entre el Ministerio del Interior y las autoridades locales. En el 2004, cuando Domenico Lucano se convirtió en alcalde, aquella idea inspirada en la patera kurda fue más lejos. La hospitalidad y la acogida, valores que siempre se cultivaron en la costa calabresa, pasaron a ser su Política, con mayúsculas. Esta vez la inspiración del proyecto partió justamente de la emigración, que había dejado el pueblo con muchas casas abandonadas y al borde de la desaparición; durante décadas, los habitantes de Riace migraron a América, a Australia y al norte de Italia en busca del trabajo y de las oportunidades que no les daban el mundo rural. http://anuariocidob.org/el-modelo-riace-mas-que-un-modelo-de-acogida/

Europa, jóvenes welcome

Europa está envejecida. Sólo un 15,6% de su población tiene entre 0 y 14 años, y un 19,4% tiene más de 65 años. Se calcula que, en las próximas décadas, el impacto del envejecimiento de la población dentro de la UE puede traer consecuencias importantes. Con la pirámide poblacional convertida en un rombo, cuesta de entender que sea justamente la migración de jóvenes uno de los principales conflictos que se suscitan en pueblos y ciudades de España.

En Catalunya, en los últimos meses, menores migrantes tutelados han sido protagonistas de titulares de prensa, en algunos casos acusados de delitos, y en otros casos como víctimas de ataques racistas, como sucedió en Canet de Mar y en Castelldefels. En Rubí, un grupo de vecinos se organizó para oponerse a la apertura de un centro de menores al antiguo Hotel Terranova, donde la DGAIA (dirección general de Infancia y Adolescencia) tiene previsto instalar 70 menores tutelados.Los argumentos de los vecinos eran que «no estaban informados» y que las instalaciones son reducidas, cosa que traería además inseguridad.

La directora de la DGAIA realizó una visita en Rubí para explicar la situación y se encontró con vecinos enfurecidos y pancartas con la consigna: «Stop centre menores». Cómo si esto fuera poco, el apoyo de la alcaldesa hacia este grupo de vecinos en plena campaña electoral aumentó la tensión e instrumentalizó el conflicto. Este episodio de Rubí se convirtió en un hecho paradigmático que ilustra la situación de la acogida de menores en Cataluña: la carencia de gestión y ‘acompañamiento social. http://Seguir leyendo

Menores que cruzan fronteras

La existencia de niños y adolescentes que deciden irse de su casa y atreverse a cruzar fronteras es un fenómeno muy antiguo, recogido incluso (y casi de forma excesiva) en los cuentos populares. Uno de estos jóvenes migrantes fue mi abuelo, que con 16 años dejó atrás su Reus natal para embarcarse hacia “las Américas” en busca de oportunidades que su tierra le usurpaba. Los tiempos han cambiado, pero las migraciones de niños y jóvenes menores de edad es un fenómeno que se sigue dando, sobre todo en espacios de fronteras desiguales.

La migración de lo que se conoce como menores no acompañados (MNA) -un término acuñado por la Comisión Europea en 1997- es actualmente una de las mayores preocupaciones en lo que se refiere a migraciones internacionales hacia Europa. En los últimos años, España se ha convertido en el principal país del Mediterráneo receptor de menores que migran sin acompañamiento familiar. Según los datos del Ministerio del Interior se calcula que en este momento son más de 13.000 los menores de edad extranjeros tutelados por las Comunidades Autónomas, incluyendo Ceuta y Melilla. Estudios realizados por entidades como Save The Children y UNICEF señalan que los menores migrantes que llegan solos a la frontera sur, es uno de los colectivos más vulnerables. Aunque no hay un perfil claramente definido, se trata por lo general de niños, niñas y jóvenes que parten con un proyecto migratorio claro, ya sea trabajar, estudiar o ayudar a su familia. Otros escapan de situaciones de maltrato, pobreza, falta de recursos y también de violencia de todo tipo.

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América Central llama a la puerta

Las caravanas de migrantes de América Central atraviesan México dispuestas a cruzar el muro de Tijuana, el río Bravo o el desierto de Arizona. Nada puede impedir que hombres, mujeres y niños se unan a las caravanas y anden juntos. Un 13% de la población centreamericana abandona su casa, no por gusto sino a la fuerza, huyendo sobre todo, de la violencia. Los que tienen la oportunidad de subir a un avión, llegan a Europa y llaman a nuestra puerta.

España es el primer país de la Unión Europea en recibir personas de Honduras y el segundo, después de Italia, en recibir salvadoreños. En 2016, los naturales de El Salvador fueron el tercer colectivo de solicitantes de asilo en Catalunya, y los de Honduras, el cuarto. Cuando la gente llama a la puerta pidiendo refugio es porque pasa algo grave. La mayoría huye de la violencia provocada por el fenómeno de las maras, organizaciones criminales que aterrorizan a la población. Pero cuando migrantes y refugiados llaman a la puerta, también nos traen mensajes.

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El legado de Mimmo Lucano

Quienes trabajamos desde hace muchos años en inmigración, en ocasiones pareciera que nos nutrimos de las desgracias. Años y años predicando en el desierto, divulgando de forma silenciosa y silenciada, y de repente ocurre algo a lo que los medios de prensa dedican toda la atención: naufragios, videos de torturas, fotos de niños… Y pareciera que el mundo se para y —¡por fin!—reacciona y dedica atención. Nunca suele durar mucho y luego las cosas suelen estar igual o incluso peor que antes. Intentemos pues, aprovechar estos focos mediáticos para “decir algo más”.

El 2 de octubre, el sur de Europa se conmovía con la detención de Domenico Lucano, el alcalde de Riace, un auténtico libertario que se empeñó en acoger refugiados y de esta manera reactivar la economía de este pueblo de Calabria que estaba a punto de desaparecer. La Italia solidaria perdía contra la Italia racista encarnada en el personaje de Matteo Salvini, que no solo tomó como chivo expiatorio a la población migrante, sino que también se dedicó a criminalizar la ayuda humanitaria.

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Mimmo Lucano, el “alcalde cabezota”, resiste

Domenico Lucano es alcalde de Riace, un pueblo de Calabria (Italia) de 1800 habitantes. Hace 15 años eran 500. El escaso desarrollo de la región, la migración de jóvenes a zonas industrializadas y el control de la ‘Ndrangheta, condenaban a Riace a desaparecer. Hoy, gracias a Lucano, se ha reactivado la economía, impulsado cooperativas y comercios tradicionales que regentan personas migradas y refugiadas. Pero esta utopía de la convivencia ha llevado a Lucano a ser detenido, acusado de promover la inmigración ilegal.

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El sistema de asilo en la UE: ¿Hacia una solución federal?

Artículo publicado en el blog de Federalistes d’Esquerres  Esquerres Sense Fronteres

Tuvo que pasar la Segunda Guerra mundial para forjar la idea de una Europa federal como unión de naciones. De la mano de esta idea nacía también el derecho de asilo, reconocido en la convención de Ginebra de 1951. Europa asumía entonces, que la protección internacional es una responsabilidad moral y política, y también una responsabilidad con la paz. Aunque hoy parece olvidado, el derecho de asilo se recogió en la carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea (artículo 18), firmada en Niza en el año 2000. Y en su artículo 19 se suscribió la prohibición de las expulsiones colectivas, que reivindica el principio de no devolución, algo que también parece olvidado a cambio de impulsar políticas de externalización y readmisión, como es el Pacto con Turquía y otros pactos con países del norte de África. ¿Qué fue de aquellos valores de solidaridad de la Europa soñada por Spinelli?

Ocurrió que al tiempo que se redactaba la Carta de Derechos Fundamentales, se consolidaba el espacio Schengen y con él, la fortificación de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Una gran frontera que remplazó a todas las demás. En el mapa de Europa quedó trazado «un espacio seguro» y cerrado dentro del cual las personas ciudadanas de los países firmantes podrían circular libremente y las personas bautizadas como “extracomunitarias” (provenientes de países no nacionales de la UE) no podrían acceder. Los países limítrofes, ejercerían de “guardianes” de toda la UE.

El Tratado de Schengen (1985) también trajo la necesidad del Tratado de Dublín, creado para racionalizar los procesos de solicitudes de asilo de acuerdo a la convención de Ginebra. Fue firmado en 1990 y reformado en 2003 (Dublín II) y en 2013 (Reglamento Dublín III). Este convenio es el que rige ahora para asignar el país en donde una persona puede tramitar su solicitud de asilo. Establece dos criterios prioritarios: tener familiares o disponer de permiso de residencia. En la práctica, estos criterios resultan muy restrictivos, por lo que predomina el tercer criterio, el del primer país de llegada. Esto es lo que hace que el sistema Dublín sea sumamente injusto, tanto para los estados miembros como para las personas solicitantes de asilo, ya que desplaza la carga hacia los países limítrofes en lugar de compartir la responsabilidad. En los últimos años las personas solicitantes de asilo se han acumulado en Italia, Grecia y Hungría, a la espera de una lenta “reubicación”, que a duras penas se fue pactando en el Consejo Europeo, no sin dejar de aflorar las mezquindades nacionales. Para controlar Dublín, en el año 2003 se creó el Sistema EURODAC, una base de datos de huellas dactilares de personas solicitantes de asilo y de personas detenidas en los controles Schengen. Con este sistema se puede saber por cuál país entró la persona y si ha solicitado asilo, ya que se puede pedir sólo en un estado miembro. Si la persona fue registrada en un país distinto del que quiere pedir asilo, Dublín establece que debe ser “transferida” al país donde se registró, que por lo general es el que entró. Por este motivo, muchas personas se rehúsan a dejarse tomar las huellas digitales y optan por continuar viaje hacia otros países del Norte como Suecia o Alemania, corriendo el riesgo de ser detenidas. El fracaso de Dublín hace tambalear el acuerdo de Schengen. Cabe recordar que algunos países optaron por cerrar temporalmente (solo pueden hacerlo durante seis meses) sus fronteras Schengen para que no pasasen las personas refugiadas, como lo hicieron Austria, Alemania, Dinamarca en su momento o Francia que de tanto en tanto cierra el paso de Ventimiglia.

Queda claro entonces que Dublín es un sistema totalmente ineficaz y nada equitativo, y además muy caro, ya que incluye el mantenimiento de EURODAC y los gastos de transferencias, detenciones y deportaciones. Pero lo peor de todo es que no garantiza los derechos de los solicitantes de asilo, ya que estos dependen de los estados miembros y ningún organismo supranacional vela por ello. Una alternativa que se discutió en la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo es que la agencia EASO (European Assylum Suport Office) amplíe sus funciones y sea una autoridad competente en una posible redistribución más equitativa, en la cual predominen las preferencias de las personas refugiadas. El problema esencial es, tal como han difundido los medios de comunicación desde hace casi tres años, la no aceptación de la obligatoriedad de las cuotas de personas refugiadas por parte de los estados miembros y la instrumentalización de la problemática por parte de grupos políticos de derecha y extrema derecha.

Pero además de Dublín, la Unión Europea cuenta con otros instrumentos menos mezquinos en materia de asilo, y que, de aplicarse, podrían solucionar la gestión de la protección internacional. Un ejemplo es la Directiva de Protección Temporal. Tras la guerra de los Balcanes, el parlamento europeo aprobó la Directiva 2001/55/CE que establece protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas, pero que nunca fue aplicada en ningún estado miembro. En 2011, con la llegada masiva de tunecinos a las costas italianas, el gobierno italiano solicitó la aplicación de esta Directiva, pero no reunió el consenso necesario en el Consejo Europeo. Francia y Alemania alegaron que los tunecinos eran “migrantes económicos”. Tras los naufragios cerca de la isla de Lampedusa, se puso alguna otra excusa para no aplicarla.

Otro instrumento imprescindible que debería ponerse en práctica de forma urgente es la expedición del visado humanitario desde embajadas y consulados, algo básico y fundamental para que no siga muriendo gente en el mar. Para expedir visados humanitarios se necesita reformular la regulación del código de visados, una propuesta que ya ha pasado por el parlamento europeo en 2016, pero que el Consejo no está dispuesto a negociar. De todos modos, una posible reforma de la regulación del código de visados sólo armonizaría las reglas, sin que sea obligatorio para los estados miembros. La reticencia de los estados en otorgar el visado humanitario está muy clara, y se basa en sus competencias exclusivas sobre la gestión del control de sus fronteras nacionales, tanto a nivel material como simbólico.

Es evidente que el viejo sueño de Spinelli de la Europa libre y unida aún no está del todo consolidado. La realidad es que la Unión Europea funciona como un artefacto político intergubernamental a través de acuerdos entre los gobiernos de los estados miembros. Aunque existen organismos supranacionales como la Comisión Europea y el Parlamento, el peso específico lo tiene el Consejo. Es esta forma de funcionamiento la que hoy en día no permite afrontar ni gestionar de forma eficaz y solidaria el derecho de asilo de las personas extranjeras que lo necesitan.

Siempre me pregunto qué pensaría Spinelli si viera las imponentes vallas de la Europa Fortaleza que impiden el paso de personas refugiadas. Y es que con la idea de Europa y del Espacio Schengen como libre circulación, se produjo una paradoja: Europa, en tanto unión de estados-nación, reforzó – aunque no era la intención inicial – la idea de frontera, y por lo tanto también la idea de nacionalidad. Es decir, la globalización no abolió la territorialidad como modo de control, sino que por el contrario, la afianzó. ¿Qué pensaría Spinelli? Lo mismo que pensaba mientras el fascismo lo tuvo confinado: que no hay otro camino más que seguir construyendo “comunitarización”, tal como promueve el federalismo europeo, a través de estructuras supranacionales que velen por los intereses de las personas (y no de los estados) y a través de acuerdos solidarios que promuevan responsabilidades compartidas y equilibradas.