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Riace, la resistencia a la Europa fortaleza

En el extremo sur de Italia, un pequeño pueblo desafía a la Europa fortaleza i al racismo de Salvini. Se trata de Riace, situado en la costa de Calabria sobre el Mar Jónico. Es el mismo pueblo que en los años 70 se hizo famoso por unas preciosas esculturas de guerreros de bronce de la Grecia Clásica. Calabria es una tierra de contrastes y contradicciones. Lo que una vez fue la cuna de la civilización occidental, hoy es una región pobre, con altas tasas de paro y en gran parte controlada por la ‘ndrangheta (mafia calabresa). Pero es allí donde Domenico Lucano, el alcalde de Riace, desarrolló su política de puertas abiertas con migrantes y refugiados.

Lo de “puertas abiertas” es literal. Domenico Lucano odia las llaves, y en Riace hay varias casas restauradas para poder quedarse, ya sea de vacaciones o a vivir. El proyecto comenzó en 1998 con la llegada de un barco de refugiados kurdos a las costas de Riace. Los vecinos salieron a ayudar y los acogieron en el pueblo. Unos años más tarde Riace se unió al SPRAR, el programa de protección de solicitantes de asilo del estado italiano y desde entonces acogieron a más de 500 refugiados de Iraq, Etiopía, Somalia, Kurdistán, Afganistán, Palestina, Pakistán, Iraq, Camerún, Nigeria, Senegal, Costa de Marfil y Mali.

Cuando Domenico Lucano se convirtió en alcalde en 2004, la idea fue más lejos. La hospitalidad, un valor de la cultura local, pasó a ser su Política, con mayúsculas. Y fue justamente la emigración lo que inspiró la base del proyecto actual. Lucano y su equipo realizaron incontables llamadas a Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Australia y Canadá para localizar a los antiguos dueños de las propiedades abandonadas, que habían emigrado muchas décadas atrás. La respuesta de emigrantes y descendientes fue muy positiva, y muchos cedieron sus casas vacías y cerradas desde hace más de 50 años para que ahora puedan ser habitadas por inmigrantes. El ayuntamiento se ocupó de restaurarlas mediante cooperativas y pequeños créditos de la banca ética, lo cual además generó trabajo. Con esta política, Lucano intentó romper con el sistema asistencial y crear un modelo de acogida basado en la justicia social y en la emancipación. Acoger a migrantes y refugiados permitió rehabilitar el pueblo, impulsar cooperativas, generar trabajo, reabrir los antiguos talleres de artesanía, abrir escuelas y guarderías, y evitar la emigración de jóvenes. Un ejemplo de ello son los talleres de artesanía y de tejidos, una antigua tradición calabresa. Mujeres de Riace que habían heredado la sabiduría del trabajo de la fibra en los telares, fundaron la cooperativa Il Ruscello (El arroyo), a la cual luego se unieron mujeres refugiadas. Los talleres se convirtieron en un punto de encuentro e intercambio de conocimiento de mujeres de todo el mundo. Angela, una joven tejedora nacida y crecida en Riace, cuenta que su compañera de trabajo Rosine, camerunesa que llegó en patera hace 3 años, ahora es una de sus mejores amigas. A su vez, Rosine explica que Riace le recuerda a su pueblo natal de Camerún y allí puede criar a su hija de 4 años – nacida en Libia – y a su hijo Philippe de 7 años con total seguridad y libertad. Es por eso que Riace no es solo un pueblo de acogida, sino que es una pequeña comunidad global, tal como le gusta explicar al alcalde Lucano y a Tiziana Barillà, periodista calabresa que recientemente publicó un libro sobre el modelo de Riace – traducido al castellano y publicado por Icaria Editorial con el título de “Utopía de la normalidad”.

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Toque de queda

No son millones como las personas que huyen de Siria o de países de África, y no viajan en barcos, pero son refugiados. El llamado Triángulo Norte de América Central compuesto por Guatemala, Honduras y El Salvador, es una región que ha estado durante décadas inmersa en golpes de estado, dictaduras y guerras. Actualmente el nivel de violencia es de los más altos del mundo y la población, atemorizada principalmente por las maras, busca refugio en otros países. La mayoría de migrantes y refugiados se dirigen a México y a Estados Unidos, pero muchos vienen a Catalunya (en los últimos años se triplicaron las cifras), un destino más seguro y barato. Debido a que la situación de conflicto social y político que se vive en la región difiere de un conflicto armado en el sentido estricto del término, las personas que intentan escapar casi no se reconocen como refugiadas. Sin embargo, sí fue un conflicto armado el que sentó las bases para la actual ola de violencia.

Las maras tuvieron su origen a partir de la crisis de refugiados que ocasionó la guerra civil de El Salvador en los años ochenta. Una guerra que dejó más de 75.000 muertos y desaparecidos. Más de 40.000 personas huyeron a Estados Unidos y muchas familias se instalaron en barrios marginales de Los Ángeles, California. Allí, sus hijos adolescentes se vieron acosados por pandillas chicanas, coreanas y afroamericanas. Algunos se unieron a la pandilla chicana Barrio 18 que aceptaba centroamericanos y otros fundaron su propia pandilla como modo de protección, la Mara Salvatrucha Stoner que luego se convirtió en la MS13. En un principio eran pandillas hermanas, pero con el tiempo se convirtieron en pandillas rivales. En las cárceles cambiaron las formas de identificarse y se profesionalizaron.

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El síndrome del tunel carpiano

Este 8 de marzo Lucía no hará huelga. Tiene cita para una operación de muñeca. Casi no pudo dormir porque el dolor de su mano derecha es más fuerte por la noche. Padece el síndrome del túnel carpiano, una enfermedad que afecta el nervio mediano que pasa por la cara anterior de la muñeca. Lo ha descubierto hace más de dos años, cuando se le cayó torpemente una taza de las manos y una de sus jefas se enfadó. Lucía pensó que aquel incidente podía tener relación con esos hormigueos y sensación de hinchazón que sentía por las noches, y decidió ir al médico. Le recomendaron calmantes y ejercicios de rehabilitación, pero no se le pasó. La empresa de limpieza para la cual trabajaba comenzó a reducirle las horas porque al parecer ya no era tan eficiente. «Seguramente cogerán a chicas jóvenes», pensó Lucía, y buscó trabajo como cuidadora de un señor mayor. Tuvo que insistir para que le den el alta en la Seguridad Social, para poder renovar el permiso de trabajo y no correr el riesgo de quedarse sin cobertura sanitaria, preocupada por su mano. Después de varios tratamientos, le dieron cita para una cirugía.

Negar las enfermedades de las mujeres trabajadoras ha sido habitual. Los médicos (médicos, en masculino) recetan pastillas a las mujeres trabajadoras para calmar dolores de espalda, de rodillas y de manos, sin preguntar cuántas horas trabajan y en qué. La industria farmacéutica lleva décadas lucrándose inventando todo tipo de calmantes para apaciguar dolores. No son sólo dolores. Son síntomas de enfermedades, consecuencia de la explotación laboral y del cansancio acumulado que provoca pensar cada día en sobrevivir.

Se niegan que son enfermedades propias de mujeres, y se niegan que son por el trabajo. El síndrome del túnel carpiano es una enfermedad (más) de quienes usan las manos para trabajar y tiene mayor prevalencia en trabajadoras del hogar y limpiadoras de hoteles, generalmente mayores de 45 o 50 años. Se suele asociar a la artrosis y en las clases de medicina de las universidades tampoco se dice que es una enfermedad de mujeres trabajadoras, sino que se da el ejemplo de guitarristas o carniceros. El Instituto Nacional de la Seguridad Social categorizaba el “síndrome del túnel carpiano” como una “enfermedad común” y las mutuas no cubrían las bajas médicas. Recién en 2014, una sentencia del Tribunal Supremo lo reconoció como enfermedad laboral del servicio doméstico, a raíz de un recurso presentado por una mujer trabajadora de la limpieza.

Este 8 de marzo Lucía se opera y tiene que compaginar la operación de su mano con los horarios de la hija mayor del señor que cuida porque el señor no puede quedarse solo. Aún con su fuerte dolor en la mano, Lucía lo levanta, le cambia el pañal, le da de comer y le controla el oxígeno y la medicación. El dolor de Lucía es el dolor de la explotación de las mujeres que fregaron toda su vida, y el dolor de la brecha social a escala global que las pone a fregar. Es el dolor de aquellas mujeres que a falta de oportunidades en sus países, migraron para buscar trabajo. Y es también el dolor de la opresión y de la invisibilidad de todas las mujeres trabajadoras, de las fábricas textiles del 1900 y de los hoteles, casas y residencias de ahora, a quienes no se les reconoce su trabajo, ni tampoco sus enfermedades. Este 8 de marzo me gustaría dedicárselo a Lucía y a todas las mujeres trabajadoras que sufren el síndrome del túnel carpiano, la enfermedad invisible de las mujeres invisibles que no pueden hacer huelga.

Tarajal, justicia y reparación

Larios, Daouda, Yves, Aboubakar, Bikai, Souop, Nana y otras ocho personas murieron el 6 de febrero de 2014 en la playa del Tarajal, cuando intentaban cruzar la frontera a nado para entrar en Ceuta. La Guardia Civil española les disparó balas de goma y gases lacrimógenos como “medidas disuasorias”. A pesar de que había imágenes que mostraron parte de lo ocurrido, el Gobierno negó los hechos. La sociedad civil se movilizó y entidades que trabajan en la zona presentaron una querella, por la que fueron imputados 16 guardias civiles. Pero en octubre de 2015, la jueza de instrucción archivó el caso alegando que “los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español a nado y en avalancha”, y que “no eran personas en peligro en el mar que precisasen ayuda”. Palabras humillantes que calaron en familiares de las víctimas, quienes decidieron organizarse como asociación desde Camerún para pedir justicia y reparación. Tras presentar un recurso, recientemente se conoció el auto de la Audiencia de Cádiz, que dictamina la reapertura de la investigación. Un buen paso contra la impunidad y una gran noticia para las familias.

Ceuta es, junto con Melilla, la única frontera terrestre entre Europa y África, y por la cual se puede acceder al Espacio Schengen. Aquel 6 de febrero no fue la primera vez que ocurría una tragedia así. Hace tiempo que en la frontera sur española gobiernan la ambigüedad jurídica y la impunidad. Las ONG lo han denunciado durante años, e incluso la Asociación Unificada de la Guardia Civil reclama un protocolo de actuación. El entorno de las vallas de la frontera sur siempre fue escenario de represiones, desangramientos, ahogamientos y muertes. En 2005, también en Ceuta, murieron cinco personas, y más de cien resultaron heridas. El gobierno español y el marroquí se culparon mutuamente, y el caso quedó totalmente impune. En aquel entonces, había siete guerras declaradas en África, no se gestionaba el asilo en frontera y nadie hablaba de refugiados. Lejos de intervenir en el problema desde una perspectiva humanitaria, el gobierno socialista decidió instalar en las vallas las famosas “concertinas” –cuchillas de alambre de espino, que provocan desangramientos mortales–, y que en Ceuta nunca se quitaron. Las llamadas “devoluciones en caliente” a Marruecos se continuaron realizando también con total impunidad.

Pero el entramado de la frontera sur no se acaba en las vallas. Las devoluciones en caliente son solo la punta del iceberg. En la complejidad del sistema de control de fronteras, entran en juego las relaciones entre España y Marruecos, que llevaron a hacer de la frontera sur un modelo pionero de externalización de fronteras. La gendarmería marroquí se ocupa de tanto en tanto de desmantelar los campamentos donde sobreviven los migrantes, y tras sangrientas represiones, los “devuelven” al desierto en autobuses, cerca de la frontera con Argelia, o aún más al sur, con el riesgo de morir de deshidratación. El norte de África se vuelve un verdadero infierno para las personas que quieren migrar a Europa. Ante la falta de políticas de asilo y la represión de los Estados, deben elegir entre jugarse la vida trepando la valla, morir en el desierto o echarse al mar. El estrecho de Gibraltar, uno de los puntos marítimos más peligrosos del mundo por sus corrientes y fuertes vientos, continúa siendo una ruta “elegida”, especialmente por mujeres con niños. Muchas no tienen suerte.

En la Europa del siglo XXI no hay la más mínima excusa ni justificación para que sigan sucediendo estas cosas, ni para que las muertes en la frontera continúen en la absoluta impunidad. Las familias del Tarajal no pierden la esperanza en que un día el Estado español y la UE les pidan perdón. Ese día entenderemos que la humanidad es una sola y que todas las muertes valen lo mismo.

Lo que molesta es que sean ciudadanas

Qué sorpresa. Pensamos que sería un verano más hablando de refugiados, naufragios y vallas; y el tema mediático ha sido una prenda de vestir femenina.

El cuerpo de las mujeres siempre fue objeto de la tiranía de las modas y del control social. De alguna u otra manera, todas hemos vivido opresión y control de nuestros cuerpos en público, más especialmente en verano. Solo por poner un ejemplo personal, aún recuerdo muy bien aquellas playas de Pinamar o Punta del Este donde no podías entrar si no tenías un culo redondo trabajado en el gimnasio o donde mis amigas gorditas no se quitaban el short.

Pero esta vez se trata de Ellas, las Otras mujeres. Las mujeres musulmanas que viven en Europa y que se cubren la cabeza con un pañuelo y van a la playa con “burkini”, traje de baño que cubre casi todo el cuerpo. Algunos son comprados y otros son fabricados por ellas mismas, y generalmente consisten en un pantalón y una túnica. Ellas, las que usan burkini, este verano se han convertido en la amenaza a la hegemonía cultural en Europa y en las enemigas de la sociedad.

En Francia, país republicano que lleva los lemas de libertad, igualdad y fraternidad, y en donde vive la mayor comunidad musulmana de Europa, el burkini molesta al poder. En Cannes, municipio de la costa Azul, el alcalde del partido conservador prohibió el uso de la “ropa de baño que muestre de forma ostentosa una adscripción religiosa”, “en nombre del laicismo y por riesgo de atentados”, alegando también “problemas de higiene”.

El colmo de la polémica se sitúa en la ciudad de Niza, justamente donde el pasado 14 de julio un psicópata mató a 84 personas con un camión. Niza es otro de los diez municipios costeros que se sumaron a la prohibición del burkini. De allí nos llega la imagen de cuatro policías armados que obligaron a una mujer a desvestirse en la playa. Una imagen que nos retrotrajo al control social que se ejercía sobre las mujeres a principios del SXX cuando descubrían su cuerpo en las playas. En aquel entonces los policías medían con regla los 15 cm que no debían pasar desde las rodillas. Esta vez era en el sentido inverso. La señora estaba demasiado tapada, pero al igual que en 1910, era un “riesgo para el orden público”.

El “enemigo” de la sociedad siempre fue aquella persona tildada de peligrosa que podía alterar el orden público y el orden social. En otros tiempos lo fueron el colonizado, el loco, el judío, el comunista… También lo fueron las mujeres intelectuales y atrevidas que se salían de las normas sexuales. Hoy son las mujeres musulmanas que usan hiyab. En lenguaje foucaultiano, se trata de la misma guerra pensada en términos histórico-biológicos en la cual “se defiende la sociedad” a través de la disciplina de los cuerpos de los posibles enemigos.

El Islam se ha construido – a través de los poderes fácticos y mediáticos – como el nuevo enemigo de Occidente. Y las personas de religión musulmana, especialmente las 21 millones de personas musulmanas que viven en la Unión Europea, se han convertido en el chivo expiatorio de la crisis política europea. Una crisis política, económica y de valores que toma forma de replegamiento nacional y se exhibe a través de discursos identitarios y de enaltecimientos patrióticos. Discursos que a su vez abren el camino a manifestaciones y legislaciones abiertamente racistas, aplaudidas, claro está, por la ultraderecha.

El conservadurismo francés alega que el burkini encarna una ideología política contraria a la “Europa laica e igualitaria” que ellos predican. Con ese criterio se podría perseguir, por ejemplo, a los hombres con barba o directamente a los imanes. Pero no. ¿Por qué se persigue estrictamente al burkini? ¿Por qué a ellas? ¿Y por qué en la playa?

“Ocultar el cuerpo en la playa no se corresponde con nuestro ideal de relación social”, dijo Christian Etrosi, primer teniente de alcalde de Niza y miembro destacado del partido de Sarkosy.  Una relación social que, evidentemente, depende del comportamiento de las mujeres y de la disciplina de sus cuerpos, en tanto ellas son las reproductoras de la cultura hegemónica y por lo tanto, también garantes del orden social establecido. Las mujeres somos quienes llevamos los óvulos, quienes parimos y quienes educamos. Sin mujeres no hay reproducción. Las mujeres musulmanas que no responden a los patrones culturales occidentales son puestas en el foco central de ese disciplinamiento justamente porque no garantizan, sino que por el contrario alteran, el orden público y el orden social establecido. Cuando se quiere atacar, menospreciar, subordinar o directamente aniquilar a otro grupo social, se ataca o se segrega a sus mujeres. Se cuestiona la libertad de sus cuerpos y en ocasiones, su sexualidad. A Ellas, a las Otras mujeres, a las que no forman parte del grupo (en este caso un “grupo nacional”) se las relega a putas o sirvientas, o bien a simples reproductoras de mano de obra barata,  siempre que se mantengan calladas y sumisas, es decir, con el cuerpo disciplinado. El peligro está en que si se relacionan, si se integran en nuestro tejido social, traerán su cultura, con sus velos y sus burkinis, su ideología y sus lenguas, y criarán así a nuestros ciudadanos.

¿Entonces qué es exactamente lo que molesta al poder? No les molesta su ropa. No les molesta que vayan tapadas en Arabia Saudí, Egipto o Argelia. Tampoco les molesta que vayan a comprar tapadas a las Galerías Lafayette de Paris. O que se sienten a comer en un restaurante de lujo en La Milla de Oro de Marbella. Les molesta que vayan tapadas en Niza o Cannes, playas mediterráneas íconos de festivales y glamour. Allí no son parte del paisaje, allí contaminan. Son un «problema de higiene», dijo el alcalde de Cannes. Allí representan lo impuro, o bien  la «materia fuera de lugar», como se refería la antropóloga Mary Douglas. Lo que altera el orden público (y social) es que ellas, las Otras mujeres, estén en nuestras playas mezcladas entre “nosotros, los europeos”. Cuando se quedaban en sus casas o se iban de vacaciones a Argelia o Marruecos, no molestaban ni contaminaban. Lo que molesta ahora es que se paseen, descansen, tomen sol y se metan al mar como una mujer más. En definitiva, lo que les molesta es que sean ciudadanas. Y que como tales, disfruten libremente en una playa. Porque el concepto de libertad solo es asociado a Occidente y no a nuestros enemigos. Un cuerpo social no occidental no es “libre”, y por lo tanto no tiene descanso, ni placer.

Y como siempre, ese disciplinamiento de los cuerpos, que no es otra cosa que el llamado racismo institucional, legitima el racismo social y pone a cada cual en el estrato social que le toca. En Cannes, la señora de 34 años que fue multada en presencia de sus dos hijos menores, se vio rodeada de pronto por un grupo de personas, entre las cuales algunas la abucheaban diciendo: “vete a tu casa, aquí no te queremos”. Es el mismísimo control de fronteras que define quién es ciudadano y quién no, quién debe estar encerrado y quién tiene libre circulación. Es decir, es la valla que le impide y le cuestiona su ciudadanía, pero en la playa, un espacio público y a la vez un espacio privilegiado. Si en los aeropuertos son sometidas a los “controles aleatorios” del espacio Schengen por llevar velo, en la playa son sometidas al control de la frontera simbólica, por los policías y también por los mismos conciudadanos que les recuerdan que “no son de aquí” y que no pertenecen a esta tribu. La islamofobia es legitimada en este marco de replegamiento nacional para ayudar a controlar las fronteras materiales y simbólicas, a través de las mujeres.

Pero ellas son fuertes, no se dan por vencidas y esta vez no se dejan disciplinar. Porque sus cuerpos, como el de todas las mujeres, ya conocen distintos contextos de opresión y disciplinamiento, y ya llevan décadas criando y educando ciudadanos europeos. El mensaje de ellas es muy claro: “déjennos en paz, somos ciudadanas.” Son ellas  – las que van tapadas y las que no – las que realmente nos están enseñando los verdaderos valores de la libertad, igualdad y fraternidad. Estoy segura de que juntas ganaremos esta batalla: la batalla del burkini, que es la misma batalla por la plena ciudadanía.

PD: Por cierto, las mujeres de 1910 tampoco eran ciudadanas.

Un verano más en la frontera sur

Un verano más en la frontera sur. Este agosto no hay focos mediáticos. No hay fotos de algún niño muerto en la playa replicada en las redes sociales. No se ven “avalanchas” de pateras ni de saltos a la valla por la tele. España parece estar centrada en las vacaciones de nuestros posibles gobernantes que no se deciden a pactos, o bien en el debate de qué prenda de vestir deben llevar las mujeres a la playa. Sin embargo, desde Tánger, la ONG K-Minando fronteras anuncia una y otra vez la salida de alguna embarcación o el pedido de auxilio en el mar de Alborán o en el estrecho de Gibraltar. Pero de este lado del estrecho, esos llamados tienen poca resonancia. Las ciudades de Tarifa, Algeciras y Almería reciben, como siempre, a miles de turistas. Turistas que pasean y se bañan en sus playas, ignorando el padecimiento de los naufragios más allá del horizonte y los esfuerzos del personal de salvataje marítimo que busca durante día y noche las embarcaciones perdidas. Muchos llegan a salvo. Otros no. El pasado 11 de agosto desaparecieron en el estrecho de Gibraltar 9 personas. El viento del Levante les jugó una mala pasada. Tan mala como las mismas leyes de extranjería que no les dan asilo ni permiso para trabajar. Eran 9 senegaleses. Cojonudos, seguramente, pero no pudieron con las tramposas corrientes ni con los vientos del Estrecho. Ese lugar tan temido por los navegantes desde la antigüedad. Allí, las columnas de Hércules señalaban la frontera del mundo conocido y la Europa de la modernidad se dedicó a trazar la frontera social, mental y económica más desigual del mundo. “Hay niebla en el estrecho, hoy no se verán los leones”, me dijo un taxista de Tarifa, en tono jocoso. África sí se deja ver. Está muy cerca. Lo que no se ve por la niebla es la pobreza, la falta de oportunidades y la desigualdad, que hacen que tantas personas arriesguen su vida en uno de los pasos fronterizos más peligrosos del mundo. Son sólo 14,4 km que podrían unir más que separar. Un sitio maravilloso, donde el Mediterráneo se funde con el Atlántico, y donde Europa y África casi se besan. Pero España – con financiación de la UE – decidió llenarlos de radares y sistemas de alerta para detectar pateras y así cumplir con su rol de guardiana de la Europa-Fortaleza, lo que hace que las rutas sean cada vez más largas y las embarcaciones más precarias (algunas incluso son de juguete para burlar radares). Quienes logran atravesar el estrecho, son enviados al CIE de Tarifa y/o Algeciras para ser repatriados a sus países, en el caso de que tengan convenio de repatriación con España. Y si tienen suerte de avanzar un poco más por el continente, se encontrarán con el retorno de las fronteras interiores de la UE. En Calais, Francia, las ONG hicieron el recuento de 6900 personas que resisten en los campamentos para intentar cruzar otro estrecho, el Canal de La Mancha. 6900 personas: Record absoluto. En una frontera Schengen! Y quienes llegan por el otro lado del Mediterráneo, por las rutas Libia-Italia, luego son bloqueados en Ventimiglia, la frontera Italia-Francia. Allí esperan – un verano más –  cientos de personas.

Un verano más en la frontera sur mediterránea es un verano similar y a la vez distinto de otros, porque se pierden más y más vidas. Más y más familias que lloran en África a sus seres queridos. Más hijos sin padres, más madres sin hijos, más familias rotas. Más muertes. Es un verano más que pasa, en el que no se ha decidido ni puesto sobre la mesa una verdadera política de gestión de fronteras y de migraciones basada en los derechos humanos, en el derecho de asilo y en el derecho a la libre circulación. Las fronteras se deben pensar como espacios de creación de oportunidades, y no de frustraciones y muerte. Reformular la gestión de las fronteras es repensar una nueva Europa, y su relación con el “afuera”, especialmente con esas familias que están del otro lado llorando a sus muertos. Las migraciones internacionales no se pararán con vallas ni con radares. Los naufragios en la frontera sur solo podrán parar cuando haya un verdadero reconocimiento de una única y plena humanidad. Mientras tanto, es un verano más. Seguiremos atentas a los mensajes de Helena y a la gente que se dedica a salvar vidas.

El Mediterráneo y la siguiente frontera, el desierto

El Mediterráneo, un espacio de encuentro de tantas expresiones culturales, se ha convertido en un macabro cementerio y en la frontera donde mueren más personas en el mundo. La semana pasada, tan sólo en tres días, hubieron dos naufragios en el canal de Sicilia y otro frente a la costa de Libia. ACNUR estima que han muerto más de 700 personas teniendo en cuenta las desapariciones. Esta vez no se ha hecho viral la foto de un niño muerto en la costa, pero se calcula que murieron más de 50 niños. Estos últimos días van apareciendo los cuerpos en la costa de Libia.

Hay que repetir una vez más que estas muertes se podrían haber evitado. Recordemos que en 2014 la operación Mare Nostrum – con la cual se logró salvar al menos a 150 mil personas en un año y contaba con apoyo financiero de unos 1,8 millones de euros por parte de la CE- fue suspendida y reemplazada por Tritón, una operación llevada a cabo por FRONTEX y por lo tanto con objetivos diferentes. Desde entonces las muertes en el Mediterráneo se multiplicaron por diez. Médicos sin Fronteras ha dejado de realizar rescate marítimo y aún se continúa reclamando una misión de salvamento conjunto entre los Estados con objetivos similares a los de Mare Nostrum.

Esta situación no es nueva. Italia lleva más de 20 años experimentando con diferentes tipos de “políticas de emergencia” en cuestiones de migraciones, asilo y rescate marítimo. Y aún así, habiendo aprendido de anteriores experiencias “de emergencia”, ni siquiera se aplican los instrumentos creados. Tras la guerra de los Balcanes, el parlamento europeo aprobó la Directiva 2001/55/CE que establece protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas, pero nunca fue aplicada. En 2011, con la llegada masiva de tunecinos a las costas italianas, el gobierno italiano solicitó la aplicación de esta Directiva, pero no reunió el consenso necesario en el Consejo Europeo. Francia y Alemania alegaron que los tunecinos eran “migrantes económicos”. Tras los naufragios de Lampedusa se puso alguna otra excusa para no aplicarla, y de momento pareciera que para el Consejo Europeo la guerra de Siria no desata una “afluencia masiva”.

Queda claro entonces que 20 años de políticas de emergencia significan más bien una falta total de voluntad política en coordinar un sistema de asilo global y de migraciones a nivel europeo respetando los derechos humanos y la protección internacional. Pero esta «falta de voluntad» no se trata simplemente de hostilidad y negligencia, sino de focalizar otro tipo de intereses en otro lado: los llamados “países en tránsito”. Y en este momento, en la región del Sahel en África.

Lejos de poner los esfuerzos en reforzar el salvamento marítimo y la protección internacional, el gobierno de Renzi tiene otro plan en curso: recurrir a la externalización de fronteras. Una política europea que tampoco es nueva. A través del proyecto de monitorización de la externalización de fronteras que lleva a cabo la ONG ARCI de Roma, nos enteramos que el plan del gobierno italiano y la UE es contener o reenviar a las personas migrantes y refugiadas al desierto de Níger, el país más pobre de África. Siguiendo el modelo del pacto Turquía-UE, el gobierno italiano acaba de firmar con Níger el pasado 4 de mayo un acuerdo de cooperación y control de fronteras. Níger, uno de los países de tránsito hacia Libia junto con Mali y Sudán, se ha comprometido a controlar sus fronteras y a readmitir deportaciones de subsaharianos por sólo 75 millones de euros. El acuerdo se enmarca en el plan italiano “Migration Compact”, un proyecto elaborado tras la cumbre de Valetta (Malta) en noviembre de 2015, destinado a “cooperación” y fondos de desarrollo en países africanos para contener salidas al mar. Fue precisamente en la cumbre de Valetta, en la cual participaron representantes de 35 países africanos junto a los estados miembros de la UE, donde se aprobó el «Fondo Fiduciario de emergencia», por el cual se destinan 1.800 millones de euros para securitización y control de fronteras. De ese dinero, 75 millones van a Níger a cambio de contener migrantes. Recordemos también que en la misma cumbre de Valetta se firmó un acuerdo con Etiopía que establece un proyecto piloto para bloquear emigrantes eritreos.

Este tipo de acuerdos no sólo viola la protección internacional de la cuál deberían responsabilizarse los estados miembros de la UE, sino también los acuerdos de libre circulación entre los países de la zona del Sahel.  Pero eso no es todo. El interés de Italia en África no radica sólo en realizar acuerdos para frenar la inmigración e impedir que la gente llegue al Mediterráneo. Tal como lo explica Sara Prestianni (ARCI), detrás existen intereses económicos y diplomáticos. Italia es ahora el 7mo socio comercial de África, y a su vez necesita el voto de los países africanos para ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. Al igual que ocurre entre España y Marruecos, migrantes y refugiados resultan moneda de cambio.

¿Pero quiénes intentan llegar a Libia para cruzar el Mediterráneo? Según el proyecto Open migration de Italia, que reúne datos y estadísticas de forma constante, en los primeros meses del 2016 el primer país de procedencia es Nigeria (un 15%), seguido de Gambia, Somalía y Eritrea. ¿Hay que explicar lo que está pasando en estos países? La externalización de las fronteras no es una solución para la gente que necesita protección internacional. Quienes no lleguen a las costas de Libia ni de Marruecos, quedarán atrapados en el desierto de un país que no les podrá brindar protección. La solución europea ante los naufragios del Mediterráneo es el desierto. ¿Dejaremos que la gente que huye, por ejemplo, de Boko Haram se quede en el desierto de una región políticamente inestable? De nuevo en las mismas palabras de Sara Prestianni: “el dinero de Europa continúa cambiando la geografía y la vida de la gente de África. Hay que mirar los efectos de las políticas de la UE más allá de la costa Mediterránea”.

La «crisis de los refugiados» es nuestra crisis

En estas últimas semanas, no hemos dejado de pensar en las miles de personas que están en el barro en Idomeni, impedidas de solicitar asilo e impedidas de pasar a otro país de Europa. Nos llegan imágenes de niños que nacen en tiendas, mujeres que caminan descalzas por la nieve y dedos amputados por gangrena. Médicos Sin fronteras alerta que están apareciendo enfermedades que no se detectaban (en Europa, cabe aclarar) desde la primera Guerra Mundial. Mientras tanto, los gobiernos de los Estados miembros de la Unión Europea, desde una total negligencia y hostilidad, no presentan otra solución para esta crisis humanitaria, más que continuar con la fortificación de las fronteras y la externalización, delegando el trabajo sucio a “Terceros países”, como Turquía. ¿Expulsiones masivas de refugiados violando la convención de Ginebra en el Siglo XXI? Sí, aunque no lo podamos creer.

El viernes 11 de marzo tuve la oportunidad de participar en una charla sobre la situación de los refugiados, en mi barrio de Barcelona, Sant Antoni, lo que resultó ser una experiencia de lo más enriquecedora, junto a un activista y un socorrista de ProActive que habían estado en Lesbos. Durante el debate, una señora muy indignada, se preguntaba una y otra vez cómo es posible que la ciudadanía europea no reaccione, si en 2003, por la guerra de Irak éramos miles en las calles. Una chica apuntaba que son contextos diferentes, mientras que el socorrista decía que la realidad es que no queremos salir de la zona de confort, refiriéndose a las mezquindades humanas casi «por naturaleza”. Me resisto a creer que las mezquindades humanas son»por naturaleza». Hay algo más, que podríamos llamarlo de distintas maneras. Mientras aquellas manifestaciones del 2003 representaban el rechazo a una guerra que, aunque lejana, era también «nuestra», ya que el gobierno español enviaba tropas y por lo tanto implicaba a conciudadanos españoles; esta crisis se trata de personas que pretenden llegar a “nuestro” territorio. Personas diferentes que hablan otros idiomas y tienen otra religión, personas que tienen rasgos diferentes y que no reconocemos como “nuestros”. La extrema derecha nos lo recuerda constantemente con sus mensajes xenófobos explícitos. La derecha neoliberal nos lo recuerda con sus mensajes de exclusión y de competencia entre pobres. Y también nos lo recuerdan los medios de comunicación que transmiten ese miedo a la invasión y al desconocido. Son “los refugiados”, ellos, ajenos a un “nosotros”. Las políticas paternalistas, aunque sin intención, también lo recuerdan. “Hay que ayudarlos”, se dice. Una ayuda y solidaridad distante, desde la ética y la estética, con algún componente altruista, que a veces es más para conformar el ego europeo y para dormir con la conciencia tranquila.

La foto del pequeño Aylan – que en paz descanse si existe un lugar con paz – que sí conmocionó a la ciudadanía europea e internacional, ha acortado esa distancia y ha comprobado lo que se viene reflexionando en ciertos debates: el “demos”. En nuestro imaginario, o mejor dicho de acuerdo a nuestra “comunidad imaginada de (gran) nación”, en términos de Benedict Anderson, Aylan se parece a un niño “europeo”. Su cuerpito yacía en la playa igual que el de cualquier niño de 3 años en una cuna que podría estar en Francia o en Suecia. Aylan no era negrito, ni tenía pelo rizado, ni ojos alargados. Iba vestido como casi cualquiera de nuestros hijos: pantalón azul y camiseta roja. Nadie olvida su ropa, su pose y sus colores. Aylan parecía de “los nuestros”.  Su foto nos estremeció, se clavó en nuestras entrañas con una sensación de algo propio. Miles y miles de padres y madres, me atrevería a decir millones, vieron en Aylan a su hijo. Aylan era nuestro sobrino, vecino o el hijo de amigos. La ciudadanía europea en su conjunto reaccionó a partir de esta conexión emocional y se enteró de que algo grave estaba pasando. La foto de Aylan incluso hizo llorar a mandatarios europeos de quienes pensábamos que no les corría sangre por las venas.

La foto de Aylan provocó pero no alcanzó. ¿Quizás porque sólo fue una especie de brote emocional? Luego se vieron miles de personas atrapadas en Hungría. En masa, hablando otros idiomas. Rostros diferentes, refugiados enfurecidos cortando la valla de Hungría, personas amontonadas en las estaciones de tren… y “los” refugiados volvieron a ser ajenos. Unos desgraciados que no pueden decidir – como lo hacen los europeos – en qué país de Europa quieren vivir, y a quienes no les queda otra que atenerse al perverso Tratado de Dublin que impone solicitar asilo en el primer país al que se llega. Quienes optan por continuar el viaje sin solicitar asilo son llamados “ilegales”, como hemos sido denominados siempre “los” inmigrantes extracomunitarios. Y si deciden solicitar asilo en, por ejemplo, Italia o Grecia, y luego trasladarse a Alemania, corren el riesgo de ser “devueltos” a estos países. O bien, lo que es peor aún, se encuentran con fronteras cerradas dentro de la misma Europa. El tratado de Schengen siempre fue muy claro: “Libre circulación de las personas” quiere decir libre circulación de ciudadanos europeos. El resto nunca fuimos personas.

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Y allí están “los” refugiados, atrapados por la negligencia y las mezquindades de la Unión Europea. Ahora los vemos en Idomeni, muertos de frío, en el barro, con los pies amputados por gangrena. No me puedo imaginar a un solo ciudadano/a europeo/a con un dedo amputado por gangrena. Y sin embargo, esta crisis humanitaria pone en evidencia nuestras propias carencias. Que si bien tenemos todos los dedos del pie, lo que nos han amputado es la democracia y las libertades. La “crisis de los refugiados” nos muestra una Europa completamente desarticulada como proyecto político y social, y mucho más aún, como aquella comunidad que añoramos, pero que en realidad nunca llegamos a ser, especialmente desde que quisimos ser más de 15.  

Se suele repetir de forma casi automática que Europa vive la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. Y lo cierto es que vale la pena recordar la Segunda Guerra Mundial, porque es justamente a raíz de esta contienda que nace el concepto de asilo como tal, a partir de la convención de Ginebra de 1951. Y es a raíz de la Segunda Guerra Mundial y sus terribles consecuencias que se implanta en Europa la idea de la unión de naciones en pos de la paz. Es decir, ambos conceptos, el del asilo y el de la Unión Europea vienen de la mano. Resulta muy triste ver cómo a comienzos del SXXI aquel legado de unión y responsabilidad europea con la solidaridad internacional se está desmontando. He oído varias veces que ante la indignación de lo que está pasando, muchas personas dicen “no quiero ser más europeo” en un sentido identitario-político, o bien se estila como protesta usar la bandera de la UE para menospreciarla – ¡Siempre aparecen las banderas! -.  Yo diría más bien lo contrario. Hoy más que nunca habría que enarbolar esa “ciudadanía” europea, esa aspiración a funcionar como comunidad, pero en un sentido ampliado. Es el mismo pueblo europeo, aquel que ve la crisis de “los” refugiados como ajena pero que ve en Aylan a su hijo, el que debe potenciar la solidaridad. Una solidaridad que no debe acabarse con donar unas mantas o chubasqueros, ni con ver los documentales de los héroes de ProActive. La indignación y la solidaridad deben traducirse en el reclamo ciudadano para exigir verdaderas políticas públicas que apuesten por el bienestar de toda la ciudadanía europea incluyendo las políticas de asilo, acogida e inclusión social de personas refugiadas y de toda la población migrante extracomunitaria que vive aquí.

Crear una cultura de asilo y refugio significa asumir realmente esa cultura de paz que nos dejó la terrible lección de la Segunda Guerra Mundial. ¿Y de qué forma podemos comenzar? Estableciendo vínculos políticos, sociales y emocionales! para reconstruir un nuevo “demos”.  Un “demos” europeo que incorpore de una vez por todas lo ajeno como propio. El niño que nace a la intemperie en Idomeni también podría ser nuestro hijo, pero no porque podríamos pasar por una situación igual, ni tampoco porque está en «suelo europeo», sino porque también es de nuestra familia. ¿Y cómo se hace para construir un “demos”? Hace falta incorporar a «los» refugiados a un relato común que genere vínculos emocionales que superen al de la solidaridad. Tal como se hizo cuando se inventaron las naciones, el nuevo demos europeo debe re-construirse a través de relatos, narrativas e imágenes que legitimen la pertenencia social y política. «Políticas de pertenencia», como lo define Nira Yuval-Davis, investigadora de la Universidad de Londres, inglesa nacida en Tel-aviv. 😉

Si la Segunda Guerra mundial sirvió para implantar el concepto de asilo, hagamos que esta crisis sirva, no solo para reimplantarlo, sino para reconstruir el proyecto europeo empezando por un nuevo “demos”. Hay mucha gente que ya lo está haciendo, casi sin quererlo. La alcaldesa de Lampedusa nos ha dejado una tremenda lección de humanidad en su discurso de entrega del Premi per la Pau en Barcelona. Su labor de rescate marítimo en la isla es algo que para ella siempre ha sido completamente “natural”. No se pregunta si la persona es clandestina, migrante económico o refugiada. “¿Cómo no lo voy a hacer?” Nos decía. Para ella su espacio vital, social, cultural y político es el mar Mediterráneo y a cualquier persona que esté naufragando por allí se la rescata y se le da la bienvenida. No se trata de un rescate altruista. Ella lo transmitió de una manera muy clara, simplemente hablando en primera persona del plural: “o nos salvamos todos, o no se salva nadie en esta Europa”.

La crisis no es de “los” refugiados, es nuestra crisis.

Més enllà de les fronteres

El 6 de febrer es va complir un any dels aconteciments a Ceuta, on van morir al menys 15 persones d’origen subsaharià que intentaven creuar la frontera per mar. La guàrdia civil espanyola va disparar bales de goma i gases lacrimògens com a “mesures dissuasòries” a les persones que estaven nedant. No era la primera vegada que succeïa una tragèdia a la frontera. De fet, la frontera sud i tot el Mediterrani s’han convertit en un lloc de mort i patiment on la única governança és la ambigüitat jurídica i la impunitat. Ceuta, Melilla, Lampedussa, la costa Siciliana són notícia gairebé a diari per morts i “tragèdies”. Però això és només l’arbre que ens tapa el bosc.

Per entendre tot la complexitat en torn a la Frontera Sud és necessari creuar la tanca cap a l’altra banda i conèixer llocs com el Monte Gurugú, on es troben centenars de persones que viuen en campaments a l’espera de creuar la tanca de Melilla. S’organitzen per comunitats nacionals i compten amb la ajuda de una ONG que depèn de la Diòcesis de Tanger i de la coordinació de l’Esteban Velazquez, jesuïta d’origen canari, qui coordina un equip de vuit persones per facilitar la assistència sociosanitaria. Al seu equip també treballa gent que va decidir no creuar a l’Europa i quedar-se a viure a Nador.

La visió de la situació al Monte Gurugú recorda sempre una guerra. Semblen dos exercits, els campaments dels africans per una banda, i a l’altra banda amb un vall al mig es veuen les tendes verdes de l’exèrcit marroquí. Els campaments maliense i camerunès, que son els més nombrosos, es troben primer; i després estan als de Guinea, Cota d’Avoire, i el senegalès-gambià i de Gabon que viuen junts. El nucli dels nigerians està en altra part. Empremta de l’Ordre colonial.

Contrari al que molta gent podria imaginar, la sensació al Gurugú no és de patiment i misèria, és de energia, voluntat, espiritualitat i organització, més enllà de la precarietat-clandestinitat. Això sí, quan hi ha salts, els relats dels homes – i també dones – i de la infermera de l’equip de l’Esteban que els porta al hospital, torna a ser la descripció de una guerra: ferits greus, cames rotes, cops de l’exèrcit marroquí i algú amic mort. Tot producte de les anomenades “devolucions en calent” i de la manca de protocol de la guàrdia civil espanyola. I producte de la total falta de responsabilitat de la UE, que encara no facilita l’asil i la migració garantint els drets humans i deixa el “treball brut” a mans d’altres estats de fora de la UE, com en aquest cas el Marroc. Això és el que denunciem com “Externalització de fronteres”. I al Marroc li convé tenir campaments de migrants esperant saltar la tanca per pressionar a Espanya.

Les fronteres s’han concebut per defendre’ns dels països enemics. Com enclau colonial del nord de l’Africa, a la Ciutat de Melilla encara perviu aquest imaginari. Però ara les fronteres van adquirir un altre significat. La guerra és contra el pobre. Les tanques i els murs hi són per “defendre’ns” dels pobres “invasors”, negres i moros. Però la desigualtat global fa que la gent de països saquejats i empobrits tingui un somni molt concret: migrar a Europa. La gent que intenta creuar la tanca o es tira al mar per arribar nedant, no ho fa només per guanyar diners. Ho fan perquè creuen – i ho son – amos del seu propi destí, i cap força o maquinaria d’estat ho impedirà.

Espiando la frontera: crónica de una visita a Ceuta

Lunes 7 de abril de 2014: 08 AM Dejamos atrás Algeciras, el mayor puerto de Andalucía, en un ferry de gran capacidad y escasos pasajeros. Cruzamos desde Europa a África, como hacían hace más de 500 años las familias musulmanas que huían de “España” después de la caída de Granada.  A nuestra derecha, Gibraltar, un peñón rodeado de barcos y nieblas, tal como en las películas. Un trozo de montaña insulsa que asoma en el mar que quizás no llame tanto la atención si no fuera porque fue y es disputa del poder de los Estados de todos los tiempos. Nada menos que el paso del Mediterráneo al Atlántico. “Gibraltar”, decían con vos de estruendo y cara de terror los marineros del submarino en “la caza del Octubre Rojo”.

En cubierta, un marinero enseguida me saca charla: “No entiendo cómo si sólo los separa este trozo de mar, se odian tanto”.  Entendía lo que me decía, musulmanes y cristianos, españoles y marroquíes, europeos y extranjeros “extracomunitarios”, como se dice desde 1985. Me cuenta que es de Honduras, pero vive en Ceuta, aunque en la práctica no hace vida allí porque se la pasa en el barco. Tiene una visa especial de marinero, y su sueldo va directamente a su cuenta en el banco de Honduras donde vive su familia. Me cuenta también que pronto irá a Madrid para tramitar otra visa que le permita trabajar en Miami, con la misma compañía del ferry. Sin que cueste, sale el tema de los africanos que intentan cruzar a Europa. Comenta que muchos intentan colarse en el ferry: “Si vemos alguno le tenemos que decir que se baje, porque esto está lleno de cámaras, y sino nuestro jefe nos puede regañar y echar”. “Le explicamos amablemente que se tiene que bajar”. Yo le creo lo de amablemente. Sin embargo, me contó que una vez dejó pasar a uno, y me señaló el lugar donde lo había visto, porque allí no había cámaras. “Porque yo también me aventuré y todos tenemos derecho a comer”. Un sutil brillo es sus ojos me indica orgullo. Tiene que volver a su trabajo y se despide. Le deseo suerte en Miami.

Atravesamos una verdadera frontera de niebla que hizo desaparecer el Peñón de Gibraltar y sin ver nada a nuestro alrededor, de pronto anclamos en el puerto de Ceuta. Extraño lugar. Ceuta no se entiende bien qué es. Desde 1995 es una ciudad Autónoma de España y tienen 25 concejales a los que llaman diputados. Quieren ser una Comunidad Autónoma. Al igual que Melilla, Ceuta es un enclave español en el continente africano. ¿Y por qué Marruecos no reclama Ceuta y Melilla? Vengo pensando durante el viaje. ¿Será que un lugar de frontera como Ceuta conviene a ambos estados?

Un taxi nos lleva enseguida al lugar de reunión. Calle de las Adoratrices. Un colegio religioso que hace también de sede de una ONG, Elin, la única que realiza trabajo humanitario en Ceuta atendiendo a población inmigrante y es miembro de la red Migreurop. Qué sería de las fronteras sin esta gente! La anfitriona es Paula, una señora de unos 50 años, religiosa de la Congregación de las Carmelitas de Vedruna. Madrileña, se instaló en Ceuta en 1999. Le dijeron que busque un lugar en España para hacer trabajo humanitario, cogió su mochila, exploró varios lugares y cuando llegó a Ceuta no lo dudó. “Vi que había mucho por hacer”. No se equivocó, siempre tuvo mucho trabajo, y aún más desde el 6 de febrero de 2014, que no para de sonar su teléfono. En una mesa están varios miembros de las entidades de Migraeurop: CEAR, Andalucía acoge, APDH, Prodein, Mugak y SOS Racismo. Vinieron desde distintas ciudades de Andalucía y desde otras partes de España para explicar sus propuestas sobre asilo y refugio a nuestra “delegación política”: la eurodiputada alemana del grupo verde Ska Keller, el candidato a eurodiputado por Equo Florent Marcelleci y Ernest Urtasun, el candidato a eurodiputado por ICV.

Nos sumamos a la reunión que ya estaba avanzada y nomás sentarnos escuchamos la voz de Paula que resumía: “El problema es que la gente no puede salir de Ceuta. Ceuta no es Europa, Ceuta toda es una prisión en sí misma”. Explican que si pides asilo no puedes salir de Ceuta, que el asilo no tiene ningún recorrido jurídico, aún con la relevancia mediática por las muertes de febrero. Preguntamos por las devoluciones en caliente y por la omisión de socorro. Nos cuentan que hay muy poco interés judicial en la acusación popular que presentaron por las 15 muertes del 6 de febrero. Paula continúa explicando que el asilo es una forma de chantaje. Hablamos del control y la represión de los Estados. También entra en la conversación Marruecos, agente clave. Salen algunas propuestas para el parlamento Europeo, pero el ambiente no es muy optimista y la idea general es que hace falta voluntad política.  Se remarca la idea de la importancia de juntar a las familias y las redes que tienen las familias migrantes en muchas ciudades europeas. Paula comenta sobre el CETI, el centro de Estancia temporal para Inmigrantes, construido en Ceuta en el año 2000. Comenta que no está apto para las familias, y que ahora mismo hay muchas familias sirias: “la infraestructura es importante, pero no lo es todo, es importante cuidar las relaciones humanas, lo psicológico. Hace poco hubo uno que perdió la cabeza”.  La reunión es muy amena, mucho dialogo, escucha y detalles, pero tenemos que parar la conversación porque nos esperan en el CETI. La conclusión general de la reunión salió de alguna voz que fue la voz de todos: “Los migrantes son moneda de cambio en función de los intereses políticos de los Estados”.

Nos dirigimos hacia el CETI en varios coches. Ceuta se ve muy agradable, vegetación y olor a océano. Ya había desaparecido la niebla y brillaba fuerte el sol. El CETI queda hacia arriba de una colina, al lado de una granja y con vistas al mar. Allí nos reciben las autoridades, director y subdirector, acompañados de guardias de seguridad (de una empresa) de una manera muy amable. Nada de protocolos. Una simple visita por las instalaciones recorriendo las oficinas y escuchando las explicaciones del director, con algunas cámaras y periodistas. Se mencionan cifras, presupuestos y algunas cuestiones políticas: “Nosotros pedimos, pero siempre la última palabra la tiene Interior”. “Pero hemos destinado un sector para que las familias estén juntas”. Por los pasillos vamos saludando al personal que trabaja: psicóloga, médicos, asistentes sociales, educadoras. Las ventanas dan a un gran patio central y allí se ven grupos de personas de todas las edades, mujeres, niños y hombres adultos. Las mujeres con vestidos de todos colores y pañuelos, y muchas tienen bebés en los brazos. Son las familias sirias. Veo una puerta abierta hacia el patio y pregunto si puedo salir: “claro”, me dice muy amablemente un guardia. Nosotros siempre tenemos libre circulación, las que no podían entrar donde estábamos nosotros eran las familias. Cruzo lentamente la frontera al patio. Rápidamente se me acercan 4 niños de alrededor de seis años: “Hola!”, me dicen en castellano. Y detrás, aparecen más niños, y luego mujeres y hombres adultos. De forma muy rápida me vi rodeada de un gran grupo de personas que intentaban explicarme cosas de su vida en todos los idiomas posibles. Los niños pequeños enseguida me señalaron un niño alto porque era el que mejor hablaba castellano: Omar. Camiseta del Real Madrid, 14 años y algo tímido. Un encanto de niño, intentaba explicarme todo. Su camiseta – ya muy gastada – se la regaló uno de sus tíos que vive en Madrid. Deduzco que hace bastante tiempo porque en el dorso pone Ronaldo. Me presentó a sus hermanos, a su papá y a su mamá. Puras sonrisas y miradas cómplices. Una señora me pone un bebé de cinco meses en los brazos. Un hombre me explica que es su hijo y que había estado enfermo en el hospital. “CETI! CETI!”. La culpa era del CETI. Intentan explicar que no están bien, que tienen muchas dificultades, que la comida no es buena, que hay niños y mujeres enfermas. El hombre me presenta una niña de 7 años. Ojos verdes enormes. Me explica en francés con tono enfadado que no fue a la escuela hasta después de dos meses. Un chico joven de unos 20 años intenta explicarme en inglés de donde vienen: “war! War!” Me habla de Siria, del viaje, de qué no tiene idea dónde irán y me pregunta si venimos a ayudarlos”. Le tengo que explicar en concreto que no. Qué difícil es manejar la impotencia política con la gente que sufre! Por último me dice que son kurdos. El resto de la delegación visitante sale al patio y las mujeres acuden rápidamente a explicar su situación. Veo a Ska, Ernest y el resto de la gente rodeados de mujeres que hablan a la vez. Un miembro de APDH que nos acompaña traduce del árabe. Las mujeres explican que llevan dos años viajando huyendo de la guerra, que la situación en Siria es terrible y que en el CETI están muy amontonados. No saben qué será de su vida ni dónde irán. Ya lo decía Paula: “Ceuta es una prisión en sí misma”. El hombre que me hablaba en francés padre de los cinco niños me seguía repitiendo: “1 chambre, 20 enfants!”. El grupo se va dispersando según las conversaciones con unas y otras personas. Ellas mismas nos llevan hacia las habitaciones porque nos quieren mostrar cómo están. No pierdo de vista a Omar, quien se convierte en mi guía preferido del CETI. En las habitaciones, mucha sensación de agobio, de hacinamiento y de incertidumbre. Esperar, el gran problema de estos lugares más allá de las infraestructuras. Paula lo había explicado muy claro y ahora lo entiendo mejor. El recorrido continúa, ya de forma más libre. Siempre rodeada de niños y de Omar. En otros sectores del CETI vemos los grupos de subsaharianos, que también esperan, pasando el tiempo en distintas actividades, pingpong, charlas, cartas… No dejamos ni un rincón sin visitar. Pero nuevamente el tiempo apremia y tenemos que marchar hacia la rueda de prensa. Me despido especialmente de Omar, y le deseo toda la suerte del mundo, ojalá pueda volver a verlo en Madrid o Barcelona con una vida digna. No hemos visitado un CETI, la sensación es que hemos estado en un campo de refugiados. Es lo que es. Pienso continuamente en lo que serán los centros de Grecia e Italia.

Llegamos al ayuntamiento y vemos filas de gente de pie en la vereda, la mayoría hombres. Nuestro anfitrión nos explica que son parados que llevan manifestándose durante semanas. Ceuta tiene un porcentaje de paro del 35% y un paro juvenil del 50%. Me acuerdo del marinero hondureño, que vive en Ceuta pero su sueldo va directamente a Honduras. En Ceuta ni siquiera va al supermercado. Entramos al salón de la conferencia de prensa donde hay periodistas esperándonos. Allí se sentarán: en primer lugar, Mohamed, uno de los concejales-diputados de Caballas, agrupación que es una escisión del PSOE unida con musulmanes y ambientalistas. Tienen xx concejales y su representación en España es el partido Equo. A su lado se sienta Ska y luego le sigue Florent. En cuarto lugar, Ernest. Mohamed habla de Ceuta, del paro y otros problemas. Cuando llega el momento deSka enseguida saca el tema de la migración y las fronteras en su castellano sencillo y cordial: “La ciudad es muy linda pero tiene esa valla que me resulta insoportable”. “No queremos esta imagen de Europa, queremos otra cosa”. Florent también habla de la valla y de los 8 km de la vergüenza, la Europa de la vergüenza. Ernest, enseguida reclamó justicia por las muertes del 6 de febrero y reiteró la dimisión del ministro de Interior. Pero su preocupación también se centró en las familias sirias y la falsa política de asilo de la Unión Europea. Suena una cifra: Siria, 3,5 millones de refugiados. Comienzan las preguntas. Una periodista pregunta a Ska qué propuestas hay para solucionar “el problema de Ceuta” que es la frontera, dejando entrever que en Ceuta se vive un clima “anti-inmigración”. Pero Ska no dudó y utilizó una metáfora adecuada: “Hay que abrir la puerta porque la gente no puede entrar por la ventana”. Los que abrieron los ojos bien grandes fueron los periodistas. No hubieron más preguntas.

Y nos vamos hacia el tercer objetivo: visitar la playa de Tarajal. Paula nos lleva en coche mientras nos explica sobre lo duro de su trabajo “porque somos los únicos que defendemos a los inmigrantes”. “Aquí  todos me conocen, nadie me quiere”. Le pregunto a modo off the record si han pasado más cosas tipo lo del 6 de febrero que no hayan salido en la prensa. Y Paula comenta uno a uno todos los casos, con precisión de fechas. Heridas graves con concertinas, desangramientos, ahogamientos. Pareciera que allí la muerte es casi normal. Y así es. La Playa huele horrible en el paso fronterizo. Ni siquiera las gaviotas vuelan o se refrescan con libertad. Un viejo y ridículo cartel pone: “fin de zona de baño”, como si alguien deseara bañarse allí. Las concertinas de la valla brillan al sol y no hay ninguna placa ni nada que recuerde u homenajee los 15 asesinatos del 6 de febrero. Nos señalan el lugar donde aparecieron los cuerpos. Miramos el mar en la zona que le llaman “Tierra de nadie”. Un sector de playa muy sucia entre las dos vallas. Espantoso. El cartel que dice “España” rodeado de las 12 estrellas me suena a pura frivolidad. ¿Qué fue de los sueños de paz de la UE?

Paula nos habla también de las llamadas “porteadoras”, mujeres – la mayoría marroquíes – que van y vienen de un lado a otro de la frontera comerciando todo tipo de mercancías. Las miro y me recuerdan a las “paseras” en la frontera argentina-paraguaya, y las fotos de las mujeres indígenas guajiras en la frontera colombo-venezolana. Descubro que pasar mercancías es una profesión femenina en todo el mundo. Las “porteadoras” de Ceuta-Tanger llevan un gran bulto en la espalda y se atan paquetes por todo el cuerpo, incluyendo piernas y brazos, con cinta adhesiva. Van y vienen caminando todo el día. Al llegar a los 40 o 50 años quedan totalmente encorvadas. Paula nos cuenta que hace unas semanas murieron dos mujeres que fueron empujadas por el barranco. Como tienen tanto peso, siguieron de largo y cayeron. Nos enteramos de que no solo los migrantes mueren en las fronteras.

Para volver al puerto cogemos un taxi. Como en mi Buenos Aires natal y en tantas ciudades, los taxistas son la opinión de la ciudad. Y escuchamos atentamente el otro lado de la frontera social, sin objetar ni discutir. El taxista nos habla de la gente que está en el CETI y que durante el día andan por la ciudad y piden dinero o comida. “Hay dos tipos de morenos, el moreno político (¿?) y el moreno que se las rebusca”. También era consciente de las familias sirias que están en Ceuta: “los sirios vienen con pasta. Porque para venir acá necesitan pasta, y les dan todo… como no gastan nada, y además piden…”. Aunque no se aclaraba del todo con la situación de los sirios y dejaba escapar también compasión, describía a la perfección el racismo y la fragmentación social que se vive en Ceuta. Resonaba la frase que tanto se escucha por parte de la ultraderecha: “les dan todo”. Como si ser un refugiado de la guerra fuera muy cómodo. Pero en una ciudad con tanta paro y gobernada por el PP esos comentarios ya no nos extrañan y seguimos escuchando. Sobre el 6 de febrero: “¿Y qué puede hacer la policía? Si en Barcelona o Madrid tiran pelotas de goma en las manifestaciones, por qué aquí no…” Llegamos justo al puerto.

El plan era comer en una grata terraza soleada del puerto para olvidarnos un poco del mal rollo de la playa del Tarajal; pero la conversación continúa y Paula nos explica aún más cosas en torno a la famosa valla: En 2005 acudió a la asociación de Paula un chico africano extrañado porque le habían abierto la puerta de la valla y lo habían dejado pasar sin problemas: “Me abrieron la puerta!”, decía. Acababa de ser la regularización que impulsó el gobierno de Zapatero, y como en Ceuta gobierna el PP solían abrir la valla para luego acusar de “efecto llamada”. Así son las estrategias de la derecha. #Patético. “Moneda de cambio”, seguía siendo la conclusión apropiada.

Preguntamos a Paula si en la ciudad se nota la división entre musulmanes y cristianos, y contesta rotundamente que sí. Ceuta tiene aproximadamente un 50% de población musulmana y un 50% de población cristiana, pero tiene casi el doble de mezquitas que de Iglesias. La religión musulmana es muy reconocida pero el racismo/clasismo se reflejan, por ejemplo, en la segregación escolar. Las familias musulmanas adineradas llevan a sus hijos a las escuelas concertadas – que son católicas – adonde van las familias españolas. Por lo tanto en la escuela pública se escolarizan en su gran mayoría familias musulmanas y de origen marroquí con menos recursos. O sea, pobres en la pública, ricos en las concertadas, tendencia general del Estado que en Ceuta está bien asentada. Sin embargo, y a pesar de la división musulmanes-cristianos, nadie duda de la “españolidad” de Ceuta. Todos son españoles. Todos con el estado “rico”, de la Unión Europea.

Pasamos nuevamente la frontera política del puerto hacia el espacio Schengen del continente europeo y subimos al barco. Dejamos atrás el perfil de Ceuta: Puerto, palmeras, pisos de bloques y monumentos coloniales españoles. Y emprendemos el viaje que la gente del CETI está esperando hacer desde hace muchísimos meses. Dirección: Europa “primer mundo”. Pienso en Ceuta y siguenhabiendo cosas que me dan vueltas. Qué ciudad más extraña, qué invento más extraño. Si bien no responde a la lógica del Estado naciónen sí misma – ¿Enclave? ¿Ciudad autónoma? ¿Comunidad autónoma? ¿Europa en África? ¿Qué es Ceuta y qué quiere ser? – su papel en el mapa sí es responder a la lógica de un Estado Nación como guardiana de la frontera. Es un producto colonial, solo un puntito en el mapa, como tantos otros de la periferia europea (de dentro y de fuera) pero que en realidad responde a la lógica de un gran Mercado global. Es guardiana de las fronteras políticas-humanas y garante de las fronteras sociales.  Los migrantes son la moneda de cambio, pero no van y vienen de forma tan fácil como las mercancías que se atan al cuerpo las porteadoras. Continúo mirando el perfil de Ceuta y me resuena la voz de Paula: “Ceuta no es Europa, Ceuta toda es una prisión”.