Archivos de la categoría Relatos

Un acercamiento a las historias de vida de mujeres migrantes trabajadoras de hogar y cuidadoras. Historias de su proceso migratorio y de su día a día en casas de familias ricas y de clase media de Barcelona y alrededores. Historias de explotación, de exclusión, de invisibilidad y de sufrimiento. Pero también historias de valentía, de coraje, de reivindicación y de alegrías. Historias de nadie, historias de ellas, historias de todas, historias de nosotras.

La reconocí porque era verano

La reconocí porque era verano. Llevaba una camiseta a rayas y unos tejanos ajustados. Estaba de pie en el tranvía, aferrada a unos libros y a su teléfono móvil, y pude ver su lunar en el hombro en forma de flor. Era ella. Con ese pelo castaño finito y nariz respingada, bonita como siempre fue, y de modales suaves. Ella no me vio, ni siquiera levantó la vista. Miraba su móvil y escribía algún mensaje. Pensé en saludarla, pero no me reconocería y se hubiera asustado. Hasta podría haber pensado que le iba a robar, quién sabe.    

La reconocí porque era verano. ¡Y cómo no iba a reconocerla! Si fue la nena más dulce y cariñosa que cuidé. Tenía cinco años cuando me presenté en su casa. Me avisó Loli que había una señora desesperada porque la canguro no había vuelto y tenía que empezar a trabajar. Me hizo la entrevista y me dijo directamente que me quedara. Y entonces apareció ella corriendo por un pasillo. “¿Y tú de qué país eres?”, me preguntó sonriente. Y corriendo de vuelta fue a buscar un globo terráqueo. Le señalé mi país y se me ocurrió contarle que había muchos volcanes. Desde entonces me pedía todos los días que le cuente sobre los volcanes y qué pasaba cuando salía fuego. 

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«Sin ella no me voy»: la historia de Frania

Tres días antes de la victoria de Trump en Estados Unidos, sentí que Trump ya había ganado. Un llamado de una amiga me dejó totalmente shockeada. Si hay algo que continúa sorprendiéndome para mal en este país y en el mundo, es la misma ley de extranjería y el racismo institucional que afecta el día a día de las personas. Me entero que la policía Nacional notifica a mi amiga Frania por una sanción que le pertoca por haber traído a su hija de 13 años al país con una “carta de invitación” y haber prolongado su estancia. Frania, una mujer nicaragüense, luchadora como pocas, después de años de burocracia y obstáculos de todo tipo, vive con su hija en la ciudad de Sant Boi, pero tendrá que pagar una multa que puede ser de hasta 10.000 euros. La sancionan por cometer una “infracción grave” por “promover la permanencia irregular de un extranjero” según el art. 53.2 apartado c) de la Ley de Extranjería. Claro que promovió la permanencia de una extranjera! Es su hija y no tenía otra opción. «Promover su permanencia» era para ellas su derecho a vivir en familia.

Frania es ingeniera agrónoma y licenciada en zootecnia. Vivía y trabajaba en Managua como supervisora de una ONG. Su situación no era del todo fácil y un desengaño amoroso muy fuerte la impulsó a emigrar. Vendió un ganado de su familia y vino a Barcelona en 2006. Como la mayoría de mujeres latinoamericanas, se insertó en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y explotador, pero donde resulta relativamente fácil conseguir trabajo “sin papeles”: limpiando y cuidando. Todos los meses, Frania enviaba dinero religiosamente a su madre, para la manutención de su hija, quien vivía con su abuela en la localidad de San Miguelito. Después de unos años, pudiendo regularizar su situación por arraigo y con un poco de estabilidad económica decidió traer a su hija a Barcelona. Habiendo alquilado un piso en Viladecans, Frania tramitó la reagrupación familiar, pero un informe del ayuntamiento de Viladecans decía que faltaban 2 metros cuadrados al piso de Frania para poder traer a su hija en condiciones. Dos metros cuadrados que la separaban de su hija! Denegada. Su abogada presentó un recurso pero no hubo suerte. La segunda vez, el ayuntamiento alegó que había muchas personas empadronadas en el piso (personas que Frania no conocía y que el mismo ayuntamiento nunca dio de baja). Las leyes racistas y la burocracia del funcionariado habían decidido que Frania no tenía derecho a cuidar a su hija, quien por entonces ya tenía 11 años. Mientras tanto, Frania comenzó el trámite de nacionalidad, con la esperanza de que al menos al ser ciudadana, podía traer a su hija. Preparó la serie de preguntas ridículas ideadas también por el aparato funcionarial racista y juntó todo el papelerío. Recuerdo muy bien su imagen. Allí estaba ella, fresca y decidida, una mañana soleada en el Registro Civil de Gavá contestando quién había compuesto El Amor Brujo y repasando la geografía española. Su hija nunca dejaba de estar en su pensamiento. Frania era una madre transnacional sumamente dedicada. La llamaba todos los días y siempre estaba pendiente de que no le falte nada. La burocracia no le quitaba la ilusión de poder estar con ella y verla crecer en persona. Pero las cosas en Nicaragua se complicaron y debía traerla sí o sí. Su madre se hacía más mayor y su salud empeoraba, por lo que ya no podía cuidar bien de su nieta, que se iba haciendo adolescente. Entonces Frania decidió traerla a toda costa, saltarse la burocracia y viajar a Nicaragua a recogerla. Allí las cosas se complicaron aún más y debió enfrentarse a la perversidad machista del sistema y de un padre que nunca se ocupó de la niña pero que ahora quería impedirle que la trajese a Europa. Recuerdo perfectamente la firmeza que me transmitió cuando hablamos por teléfono: “sin ella no me voy”. Y vinieron más papeles y papeles, en una lucha en paralelo contra la burocracia nicaragüense. Y acatando también las leyes españolas, finalmente pudo tramitar una “carta de invitación” para que su hija pueda cruzar la frontera “como turista” con más tranquilidad. España no le exige visado a la ciudadanía nicaragüense, pero establece ciertos requisitos para que demuestres que tu intención no es quedarte en España. El 8 de febrero de 2016, Frania y su hija aterrizaron en El Prat. Su hermano Felix, sus amigas y sus paisanos nicaragüenses las esperaban con alegría. Y también, con el corazón en la boca, y con el único recurso de la fe en Dios para que no deportaran a la niña. Pasaron. Felices como pocas, no paraban de abrazarse todo el día y pasear por la ciudad de Gaudí. Se instalaron en Sant Boi, ciudad donde viven muchos compatriotas y la niña empezó allí la escuela.

Pero las cosas nunca son del todo fácil para quien nació del otro lado del charco, y menos con una hija casi adolescente. Los primeros meses, la niña estaba triste por su adaptación a su nuevo país (algo totalmente normal pero que requiere acompaññamiento) y Frania la llevó al ambulatorio de Sant Boi con la intención de que la deriven a una psicóloga. Otra vez se topó con la burocracia racista, encarnada en personas de carne y hueso, que le dijeron que la niña no podía ser atendida por no tener papeles. Y otra vez Frania le plantó cara al racismo institucional. Armada con leyes y reglamentos en mano, se cuadró ante el personal administrativo del ambulatorio para reclamar un derecho universal, no sin subir el tono el voz. La atendieron.

Pero el día a día sigue sin ser fácil. Las fronteras no sólo están en los aeropuertos y en las leyes. Están también en el espacio urbano y de un momento a otro, cualquier persona se convierte en guardián, recordándote que “tu no eres de aquí” o en el caso extremo, insultándote. A Frania y a su hija les tocó una vez vivirlo en un autobús de Viladecans a Sant Boi, cuando una señora las increpó con la típica frase: “vete a tu país”. El sistema de control de fronteras es lo que legitima el desprecio hacia las personas extranjeras. Pero el racismo no sólo está en los insultos de la gente fascista. También está en quienes tienen el privilegio de tener su casa limpia y sus seres queridos bien cuidados, pero no quieren pagar la Seguridad Social a la trabajadora de hogar que lo hace. Y eso también le pasa a Frania, y a muchas mujeres trabajadoras que, si no cotizan a la Seguridad Social, no pueden renovar sus permisos de trabajo, y por lo tanto, corren el riesgo de caer en la irregularidad sobrevenida. Así son las cosas para estas mujeres anónimas y ajenas, las “no nacionales”, a quienes no se les deja ocupar otro espacio social más que ser mano de obra barata. Y a quienes, además, no se les permite ser madre con dignidad.

Ahora el Estado, provisto de sistemas informáticos para vigilarlas, quiere sancionar a Frania por vivir con su hija. Frania se enfrenta a una sanción y a una multa de miles de euros. El derecho a migrar y a vivir en familia se paga muy caro (si es que alguna vez se termina de pagar) y no solo con multas. La mujer policía de la comisaría de Cornellá que la «atendió» cuando fue a buscar su notificación, le dijo de muy mala manera que su hija debía regresar a Nicaragua. Pero no. Frania no se rinde porque Frania no es una víctima. Ni el maltrato de policías y funcionarios, ni ningún aparato coercitivo podrá con ella. Vendrá otro recurso y quizás un juicio. Y Frania y su hija saldrán adelante y seguirán viviendo juntas. La reflexión es para toda la sociedad, que sí es víctima de sí misma: ¿Qué estamos haciendo con estos niños y niñas hijos de las migraciones? ¿Cómo crece una niña conociendo las adversidades y coacciones del sistema, sintiéndose expulsada de sus dos países? ¿Cuántos privilegios tenemos mientras ellas pierden los suyos? Todas estas historias son también nuestras historias. La historia de Frania, su lucha contra el racismo y su derecho a vivir en familia es nuestra responsabilidad.

Hace tiempo que los monstruos gobiernan el mundo. Hay que plantarles cara.

Vas a ganar el doble que aquí

Corría el año 1993.

En Bilbao, el 8 de marzo las feministas vascas salían a la calle para reclamar la abolición del “servicio familiar obligatorio”, con un mensaje de insumisión. Las feministas vascas estaban cansadas de sentirse sirvientas en casa y tener que obedecer a un marido que seguramente las indujo a dejar sus trabajos. Decididas de su necesidad de emancipación lanzaban un mensaje de desobediencia a toda la población femenina y al Estado en pos de reorganizar los cuidados de forma equitativa. Para ese entonces ya se hablaba de envejecimiento de la población en los “países desarrollados” y también se hablaba del desmantelamiento del siempre deficiente Estado de Bienestar. Sin embargo, poco se hablaba de inmigración y de leyes de extranjería, a pesar de que ese mismo año entraba en vigor en España la regulación de la inmigración por cupos, donde más del 80% eran empleos para cubrir la carente mano de obra en la agricultura y en el servicio doméstico. Pero el tan contundente llamado de las feministas vascas tuvo poco efecto y el Estado de Bienestar continuó ausente para ocuparse de la reorganización de los cuidados. De ellos se ocupó la misma globalización, trayendo mano de obra desde países empobrecidos.

Mientras que las feministas vascas planeaban su insumisión, en Quito, Ecuador, Isabel tenía una entrevista con una empresaria barcelonina que le proponía una oferta de trabajo en Barcelona. La empresaria, una de las hijas del ex alcalde franquista Porcioles, era dueña de una empresa de camarones. Viajaba a menudo hacia Ecuador y otros países, donde aprovechaba para reclutar mujeres para trabajar de sirvientas en la mansión de su padre y en otras casas de su familia.

Isabel era de Otavalo, una pequeña ciudad rodeada de volcanes a 110  kilómetros al norte de Quito, parte de lo que alguna vez fue el virreinato de Nueva Granada. Al igual que aquellos colonizadores, la empresaria le ofreció a Isabel espejitos de colores: “Vas a ganar el doble que aquí”, le dijo. En ese momento, “el doble” eran 50.000 pesetas españolas, el equivalente aproximadamente a 280 dólares. La cabeza de Isabel comenzó a hacer cálculos. Acababa de dar a luz a su hija y no tenía como mantenerla. 280 dólares. Una suma imposible de reunir entre toda la unidad familiar. Isabel había dejado sus estudios para contribuir a la economía familiar, que dependía fundamentalmente de productos agrícolas y de la venta de tejidos. La situación económica de la familia había empeorado desde que bajó el precio de la papa, justo cuando su hermano mayor se fue a trabajar a Quito como asalariado para poder mantener a sus dos hijos. Su madre y su hermana mayor no podían hacer mucho más vendiendo tejidos, actividad a la que se dedicaban especialmente las mujeres los fines de semana. Entre los cinco miembros adultos de la familia que quedaban en Otavalo no llegaban a sumar 120 dólares mensuales, suma que igualmente estaba por debajo de la canasta básica de aquel entonces. A Isabel le habían ofrecido 280 dólares. Era más que el doble! Ni siquiera las familias ricas quiteñas que venían a pasar el domingo a la laguna Yaguarcocha, le pagarían esa suma para cocinar y limpiar en sus mansiones. Doscientos ochenta dólares eran el equivalente a 70 tejidos en un mes, que no podrían ni siquiera hacerlos entre ella y todas sus hermanas, ni mucho menos venderlos. Era el triple de lo que ganaba su hermano mayor en Quito. Su hermano mediano, con más posibilidades que sus hermanas mujeres, había conseguido un trabajo extra fuera del sector agrícola y estaba ganando 30 dólares al mes. Isabel recalculaba su vida en función de la oferta. Con solo 100 dólares al mes podrían arreglar la casa y comprar herramientas de trabajo para mejorar la producción. O talvez su madre podría montar un negocio en el centro de la ciudad y así, su hermana pequeña podría continuar sus estudios sin tener que trabajar en el campo, como le pasó a ella. Quizás también podría contribuir para terminar las obras del alcantarillado que habían emprendido entre los vecinos. Sin duda, con ese sueldo ayudaría a su familia a salir de la pobreza de un salto. Con el tiempo, su abuela se podría operar de la trombosis y volver a tejer los mejores ponchos de la ciudad que eran tan preciados por los turistas. Cuando volvió a su casa, Isabel ya estaba convencida y su familia no lo dudó. La suerte estaba echada. Sus padres cuidarían a su hija e Isabel se iría a Europa a trabajar con la española rica.

capitalismo

“Es para cuidar a mi sobrina”, le dijo la empresaria. Pero cuando Isabel llegó a Barcelona, las cosas fueron muy diferentes. Resultó que su labor de “canguro” consistía en ocuparse las 24 horas de una chica con síndrome de Down de 18 años, que nunca había sido atendida por alguna educadora especial, a la vez que hacer todas las tareas de la casa. Isabel tenía que estar en pie desde las 7:00 para hacer el desayuno de toda la familia y no podía dormirse hasta las 11 de la noche, hora en que quedaba recogida la mesa de la cena.

El viernes siguiente a su llegada, la llevaron “de refuerzo” a la gran mansión de verano de la familia Porcioles, situada en Villassar de Dalt, para ayudar en una cena familiar. Le dieron un uniforme negro y blanco con su respectiva cofia. En la cocina, mientras ayudaba a una compañera a acomodar trastos y vajillas, Isabel escuchó el sonido de una campana. Indiferente, siguió trabajando hasta que alguien le explicó que tenía que presentarse en la terraza donde comían los invitados. Isabel no podía creer lo que estaba pasando. No se trataba de una película hollywoodense, era su vida real: llamaban a toda la servidumbre haciendo sonar una campana para que se presenten en fila en señal de disponibilidad y obediencia. Pero al menos en la mansión tenía la suerte de estar con compañeras. Todas eran ecuatorianas y habían sido reclutadas en Quito por la misma empresaria. Todas ganaban 50.000 pesetas, con el descuento por alojamiento y comida incluido. Pero en el caso de Isabel, mientras duró su trabajo, no vio más que una cama en la habitación de “la niña” como parte de pago. Le dijeron que los primeros meses su sueldo corría a cuenta del billete de avión.

Isabel podía salir solamente los domingos. Y aprovechaba para irse al piso de una amiga otavaleña donde por suerte podía descansar. Su amiga le preparaba comida andina para que recupere fuerzas. En la casa donde trabajaba casi no había comida para ella. Si la jefa compraba carne, eran cinco bistecs, uno para cada miembro de la familia y ella se quedaba sin nada. Sus compañeras de la mansión a veces le guardaban comida para que se lleve. Pero no le alcanzaba. Pronto se sintió débil y tenía anemia. No la dejaron ir al médico porque no tenía papeles. Un domingo que estaba en casa de su amiga decidió no volver al trabajo. Nunca llegó a ver esas 50 mil pesetas/280 dólares. Cuando sus compañeras de la mansión se enteraron que se había escapado, le hicieron llegar un pastel en señal de felicitación y alegría por haberse decidido a dejar esa casa y por haber recuperado su salud.

“Uy! Por eso con los ricos nunca más!” Me dijo Isabel el día que la conocí. Habían pasado exactamente 20 años desde aquella entrevista con la empresaria y aquel martirio. Se había casado en Barcelona y tuvo dos hijos. Acababa de traer a su hija mayor, la misma que se quedó de pequeña al cuidado de sus abuelos en Otavalo, para que estudie en Barcelona. Isabel ahora trabaja limpiando casas por horas. Una de sus jefas es una feminista vasca.

Isabel fue una de las primeras ecuatorianas que llegó a principios de la década de los noventa a Barcelona. Me la suelo encontrar en las fiestas de Ecuador, bailando con sus hijas los bailes típicos de su Otavalo natal. Cuando le recuerdo su frase, se ríe tímidamente: «con los ricos nunca más!».

Esta historia continuará.

Nota: El google coincide plenamente con el relato de Isabel. El sr. Porcioles murió tiempo después de que Isabel dejó la casa. La familia Porcioles ha estado en la lista de las 10 familias más ricas de todo España y tenían una gran mansión de verano en Villassar de Dalt. Jose María Porcioles

El cuento de la criada

Cuentos de la criada hay muchos y casi nunca acaban bien. Ella cuidaba a un joven dependiente en una casa de la costa de Sant Andreu de Llavaneres y también hacía las labores de servicio doméstico. Iba de madrugada andando desde Mataró por el camino lateral a las vías del tren, hasta su lugar de trabajo, una lujosa casa familiar. Un hombre la interceptó, le desfiguró la cara, la violó y acabó en las rocas casi muerta. Sobrevivió de milagro. Pidió ayuda a gritos a las personas que pasaban pero nadie la ayudó.

Ella es de Colombia, un país que vivió 50 años de guerra civil, y que contabiliza 6,5 millones de personas desplazadas  según la ONU, pero que sin embargo nunca se habló de refugiados porque era una guerra no declarada. Como la mayoría de mujeres migrantes, trabaja en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y feminizado que ha estado tradicionalmente excluido del ámbito laboral y sindical. Un sector que a su vez, no deja de ser invisibilizado y servil, en parte porque sostiene la economía y el status de una clase social, y en parte porque el Estado no se ocupa de los cuidados de la gente dependiente (como el joven que cuidaba ella) y de la gente mayor. Al parecer, las instituciones prefieren dejar los cuidados en manos del mercado global que, con la complicidad de las políticas de extranjería, facilita la sustitución permanente de trabajadoras que vienen de países empobrecidos. Así, el servicio doméstico y de cuidados es cubierto por mujeres que a falta de oportunidades, no les queda otra opción que aceptar trabajos precarios donde viven explotación y abusos de todo tipo.

Y como si no fuera poco, las mujeres trabajadoras del hogar, además de soportar el encierro y la explotación en el espacio privado, se ven expuestas a la violencia machista en el espacio público. Ella iba de madrugada a su trabajo, cuando casi la matan. No se sabe bien si conocía al hombre, o no, pero eso da igual. La desfiguró y la violó porque era mujer. Y pudo hacerlo porque era pobre, porque las mujeres ricas no van de madrugada a trabajar por caminos desolados, laterales a las vías de un tren.

La violencia la alejó de su país, el racismo institucional y económico la relegó al estrato precario de trabajadora del hogar y la violencia machista la dejó desfigurada y violada al borde de la muerte. El racismo social la desamparó cuando estaba a punto de morir tirada en las rocas. Podría habérsela tragado el mar, como a tantas personas migrantes que quieren llegar a Europa y haber quedado en el anonimato. Pero sobrevivió.

Sobrevivió sin ayuda, sola, también como tantas mujeres migrantes explotadas y precarizadas. Espero que el final de este cuento, que no es ningún cuento, sino la vida real, lo escriba ella. Hubo una concentración en Mataró contra la violencia machista. Espero, también, que no tenga que morir ninguna mujer para que nos acordemos de todas las trabajadoras que van de madrugada a limpiar casas. Cuentos de la criada hay muchos, pero la explotación y la violencia – de todo tipo –  no son ningún cuento.

El «procés» en familia

Es un día cualquiera de julio de 2017. Mi hijo Tomàs acabó 1ro de la ESO y trajo buenas notas. Enciende la tele y me comenta las noticias: “Mamá, Puigdemont dice que hará el referéndum el 1 de octubre… ¿Esta vez tampoco votarás, no? Tampoco. Su memoria del 9N es muy cercana. Tomàs ya sabe lo que piensa su madre. Sigue la política catalana cómodamente y conoce a los protagonistas.

Dieciocho meses antes, exactamente el 10 de enero de 2016 también fue él quién encendió la tele para que veamos “la investidura”. Era un domingo frío, y los tres nos amuchamos en el sofá con una mantita. El parlament ya les resultaba familiar, y los personajes, también. Tomàs llevaba semanas preguntándome si la CUP votaría a Mas… Artur Más. Y es que mis hijos siempre tuvieron conciencia de la figura de Artur Mas. Lo conocían por el «Mas Style» del Polonia de cuatro años atrás, aquel baile famoso parodia del coreano “Gangnam Style”, que representaba a un “nou Mas” juvenil y sexy, y cuya letra decía: “doneu-me majoria i us duré un estat propi, farem una consulta, i que el Rajoy es foti…”. Pero aquel Mas sexy ya había casi desaparecido de la pantalla, y daba “un paso atrás” para que sea investido un señor con mucho pelo llamado Carles Puigdemont y que en twitter se llama @KRLS en mayúculas, las mismas letras con las que firmaba Carlomagno.

Mi primer hijo se llama Tomàs, escrito amb accent obert, en la libreta de familia. Nació en 2004, en los comienzos dulces del primer tripartito. En aquel entonces, tanto su padre como yo estábamos enamorados de Catalunya. La memoria de nuestra Argentina decadente era muy reciente, y a pesar de todos los obstáculos que teníamos como migrantes para abrirnos paso en esta sociedad, estábamos orgullosos de formar una familia aquí. Había tres partidos de izquierdas que podríamos elegir para votar – ¡cuando votásemos! – y por la tele aparecía un señor ecologista que defendía a los inmigrantes sin papeles. Todo era color de rosa. El catalanismo de izquierdas nos había conquistado y la “cuestión nacional” nos seducía.

Al mes de nacer Tomàs, Zapatero le ganó al PP. Ya no había de qué quejarse de España. El Aznarismo que condenaba la inmigración ilegal había quedado sepultado tras las mentiras del atentado de Atocha. Y mientras mi hijo tomaba la teta, el nuevo presidente del gobierno de España nos prometió aquello de “apoyaré el estatuto que salga de Catalunya”… que resonaba como una canción de fondo. El estatuto tardaría un par de años más. Yo no pude refrendarlo porque todavía no era ciudadana. Era ya el 2006, el mismo año que nació mi hija Zoe, una catalana que sabe explicar que su corazón está partido entre varios países.

El mundial de fútbol del 2010 fue una buena oportunidad para entender que los estados-nación no son naturales. Con sus seis años, Tomàs no entendía por qué el Barça no estaba en el mundial. Le expliqué que en un mundial jugaban “países” – ¿Qué son los países? – y que podía hinchar por España, por Argentina, o por el país que le guste. Me contestó que hincharía por España “porque juegan los jugadores del Barça”. Eran momentos en los cuales el conflictivo marco divisorio del llamado “procés” aún no había entrado en nuestras vidas. Piqué y Shakira, tampoco.

Fue justo después del mundial, en julio de 2010, que el «procés» hizo su primera entrada, aunque de modo tranquilo. El Tribunal constitucional emite la sentencia del estatuto y se convoca una manifestación bajo el lema: “Som una nació. Nosaltres decidim”. Allí estábamos. La pregunta de Tomàs resultó muy divertida:

–  Mamá, mamá… ¿Por qué dicen “enciam”?

– No, no dicen enciam… Dicen in-de-pen-den-ciaaá… Parece que suena a enciam, pero dicen independencia, no lechuga.

Le expliqué que la gente estaba enfadada porque el Tribunal Constitucional había rechazado el estatuto y entonces pedían la independencia de Catalunya. Se quedó pensando. Era la primera vez que escuchaba aquella palabra.

Tras esos gritos de in-de-pen-den-ciá sonaban otros, un poco más aislados, que por suerte mis hijos no los escucharon: “charnego traidor”. Le gritaron al presidente Montilla. Y aquel gobierno idealizado se difuminaba. En noviembre, mi estrenado voto al parlament de Catalunya para ratificar un gobierno de izquierdas, no alcanzó. El por entonces “delfín de Pujol”, antiguo “conseller en cap”, se convirtió en presidente de mi querida Catalunya.

Así, Tomàs comenzó la primaria con CIU. Poco le duró la 6ta hora y las becas de libros. En la primavera llegó, casi sin esperarla, lo que creímos que era la revolución, el 15M. Mis hijos miraban maravillados, a la vez que agobiados, la cantidad de gente que se juntaba en Plaza Catalunya. “¿Consiguieron algo los indignados?” Me preguntaba Tomàs de tanto en tanto. Y yo, la verdad, no sabía bien qué contestarle. En la escuela, las maestras le habían enseñado la palabra “retallades”, que un señor llamado Maragall hacía.

Y tras el 15M vinieron las huelgas generales del 2012. El 29M, los tres tuvimos mucho miedo. Corrimos hasta casa. Las sirenas, el ruido del helicóptero y las revueltas duraron hasta tarde. Les conté cuentos para tranquilizarnos. Al día siguiente supieron quién era el sr. Puig, “el malo”, el mismo que había echado a los indignados de Plaza Catalunya. En las otras manifestaciones, nos hicimos un lugar en la columna del “partido que defiende a los inmigrantes”. “Mamá, ¿estos son los buenos?”, me preguntaban. Y yo contestaba que sí con profunda convicción.

El 2012 avanzaba lento. La imagen de Puig y el recuerdo de las corridas de la huelga se nos habían quedado en el cuerpo. Pero algo estaba cambiando… casi sin darnos cuenta…

Llegó el 11 de septiembre de 2012. Artur Mas era el protagonista. Mi cabeza estaba revuelta: “¿Qué les explico a mis hijos sobre esta manifestación a la cual les había dicho que íbamos a ir?” Días antes les había enseñado algo sobre la guerra de sucesión y el 11 de septiembre. “¿Pero si siempre fui a los 11 de septiembre, por qué no voy a ir a este?!” Salimos a la calle y enseguida una especie de dejà vu se apoderó de mí. Jamás había visto tantas banderas desde que Argentina ganó el mundial del 86. Demasiadas banderas. Mala impresión. La ciudad se había transformado, no se veían turistas y los pakistaníes vendían más esteladas que camisetas del barça. Entre el involucramiento y el distanciamiento, como diría Bauman, nos dimos un paseo por el Gótico (el colapso nos impidió llegar a la gran columna que bajaba por la Vía Laietana). Esta vez, la que me hizo saltar la alarma fue Zoe que, tras el recuerdo de la huelga general, me preguntaba temerosa una y otra vez por el helicóptero. Y yo, con el tono tranquilo de madre que todo consuela, pero con el sarcasmo sudamericano por dentro, le expliqué que en esta mani la misma policía de aquel señor malo, ahora era buena y que el helicóptero nos cuidaba.

Como casi no podíamos avanzar más, dimos media vuelta en dirección Raval. Al llegar a las Ramblas, nos encontramos con Yousef, un amigo de Ghana, en aquel momento presidente de la asociación de ghaneses, y nos pusimos a charlar. De inmediato, se acercó una chica joven con una estelada de capa y me preguntó a mí en un perfecto catalán on era l’Arc de Triomf. Le indiqué alguna cosa en mi catalán adquirido, pero como la orientación en la calle no es mi fuerte, mi amigo Yousef intervino muy amablemente y le explicó en perfecto castellano el camino preciso para llegar al Arco de Triunfo. La chica me miró a mí y sólo a mí, y me dijo muchas gracias, pero noté que no le agradeció ni le dirigió la mirada a mi amigo que se había esmerado en la explicación.

Caí. Desperté. Ella no era racista, pero no reconocía a mi amigo como miembro de su tribu, que para ella al parecer era la tribu de su capa. Entonces entendí que aquel “derecho” a la autodeterminación que tanto anhelábamos en Catalunya, no era otra cosa que “el retorno a las tribus”, a las tribus de las capas. Volvimos a casa atravesando el Raval y esquivando niños que jugaban a la pelota. No importaba el idioma, importaba el juego con la pelota. Esa tampoco era nuestra tribu, pero sí era nuestro mundo. Y mis hijos así lo vivían. Después de aquel 11S, un amigo me atormentó, un poco enserio, un poco en broma, diciéndome: “Fuiste a una mani con Duran i Lleida”. Tenía razón. Ese no era ni de mi tribu, ni mucho menos, de nuestro mundo.

Dos semanas después, Tomàs descubrió por dónde iba la cosa. Eran las fiestas de la Mercè. Por el carrer Pelai pasaba un desfile de gigantes. Uno de ellos llevaba una estelada como capa, igual que la chica de las Ramblas que preguntaba por el Arc de Triomf. Tomàs gritó: “¡mamá, mamá, mira, tiene una bandera de CIU!”. Me horroricé. “No hijo, es una estelada, la bandera independentista”. En aquel preciso momento, el llamado “procés” había entrado en nuestras vidas para quedarse largo tiempo.

El verano del 2017 será largo. Más largo que el del 2012, pero no tan largo como el del 2015, con «las plebiscitarias» del 27S. Escapar del marco procesista parece imposible. El “procés” se ha convertido en un movimiento milenarista que siempre inventa fechas nuevas para continuar en el bucle. Y como no tiene fin, para terminar este artículo decidí consultarle a él, ya que últimamente, aburrido de tanto humanismo de su madre, lee libros de física.

– Tomàs, estoy harta del procés. ¿Qué podemos hacer para acabar con el nacionalismo?

– Fabricar una máquina del tiempo e ir al futuro, dentro de 100 años… O no… quizás 40. No creo que dure más que las guerras de los 100 años…

La abuela Francisca

Sentada en el portal en su silla de ruedas, doña Francisca relata con orgullo cómo cuidó a más de 10 nietos, cuando sus hijas se fueron a España. Doña Francisca vive en uno de los barrios populares más antiguos de Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Mientras charla, pasan vecinas a saludarla y a preguntarle cómo está su pierna. Hace muy poco la operaron de una trombosis. No le falta afecto, ni entretenimiento. Al contrario, la vida del barrio es muy intensa y bulliciosa, y ella es parte de esa vida comunitaria. Por su casa también pasan jóvenes a saludarla. Ella los saluda y les hace bromas con toda confianza. Los conoce desde pequeños porque iban a jugar a su casa. Además de haber cuidado hijas y nietos, Francisca cuidada a los hijos de las vecinas y de gente humilde. Su casa es muy modesta, pero está cuidada y arreglada gracias al dinero que siempre enviaron sus hijas. Doña Francisca ha sido una gran cuidadora, una fuente de afecto de cadenas transnacionales de cuidados. Su afecto llegó incluso a niños europeos que ella nunca conoció.

Doña Francisca nació en el campo, en Barahona, al suroeste de la isla. Se casó y tuvo cinco hijas mujeres. En el campo eran propietarios de tierra, pero en los 80 la producción se puso muy difícil y decidieron migrar a la ciudad. Con vistas de darle más posibilidades de educación a sus hijas, se trasladaron a Santo Domingo. Ella se fue primero con su marido a buscar trabajo y sus hijas se quedaron solas un tiempo en la casa del campo. Las mayores cuidaban de las pequeñas.

En la ciudad la vida tampoco era muy fácil. Su marido trabajaba “de lo que conseguía”, en fábricas o como “pone-block”. Ella trabajaba en casas de familias más adineradas, lavando y planchando. Sus hijas crecieron y tuvieron hijos. En los noventa, la falta de oportunidades se agudizó para las mujeres jóvenes. Las opciones eran trabajar en las maquilas de la Zona Franca bajo un régimen intenso de abusos y explotación total, o migrar a otro país. Como Estados Unidos se tornó un destino cada vez más difícil, las mujeres dominicanas comenzaron a migrar a Madrid o Barcelona, donde conseguían trabajo en casas de familia, cuidando niños y personas mayores. Las primeras en irse fueron Meri y Juana, dejando con Francisca los niños pequeños. Después Meri ayudó a Elisa a conseguir un contrato de trabajo para poder entrar legalmente a España, Elisa ayudó a Luz y Juana ayudó a Jenny. Mientras las cinco hermanas se afincaban en Barcelona, Francisca cuidaba de sus nietos. Primero eran tres, luego seis, luego algunos se fueron y otros que estaban con la otra abuela vinieron. Luego vinieron dos más que nacieron en España. En un momento llegaron a ser diez. Las más grandes cuidaban a los más pequeños y ayudaban entre todos en la casa, a cocinar y a lavar la ropa. Pero ninguno se quedaba sin la supervisión de su abuela.

Sus hijas le enviaban dinero religiosamente y procuraban que no les falte nada, ni a los niños, ni a ella. Francisca administraba el dinero y cocinaba para todos. Si se terminaba el dinero antes del mes, buscaba prestado o pedía fiado, pero nada forzado. Las remesas no impedían que ella conservara la sencillez y la humildad de una persona del campo. Si no se podía comer carne, se comía spaguetti o huevo, o picantina que era más barata. Si no había picantina ni huevo para tantas bocas, pues se comía el arroz y la habichuela que nunca faltaban. “Que la barriga es ciega, lo importante es echarle algo”. Francisca cuenta que eran muy obedientes. Ella mandaba y todos obedecían. Si Toni se peleaba en el colegio, la abuela le daba consejos. Si Zuni quería ir a un cumpleaños, la abuela le daba permiso. Si Tati no hacía los deberes, la abuela la castigaba sin salir a jugar hasta que haga los deberes. A veces se peleaban, pero siempre se divertían entre primos. Nunca faltaba el afecto ni la compañía entre unos y otros. No echaban de menos a sus mamás. Hablaban con ellas por teléfono y les pedían que les compren alguna que otra cosa. De vez en cuando charlaban sobre cómo sería su vida en España. Zuni imaginaba una cabaña rodeada de nieve y Toni quería conocer Disney.

Pero los nietos fueron creciendo y poco a poco, se fueron a Barcelona con sus madres. Cuando les tocaba prepararse para viajar, Francisca se ocupaba de los trámites, se encargaba de que estén impecables para el vuelo y de que tengan todo en su maleta. La última nieta se fue justo antes de la operación de trombosis. Sus hijas le siguen enviando dinero y se ponen de acuerdo para organizar sus cuidados. Si necesita alguna medicina, se la mandan o le envían más dinero para que se la compre una vecina. Nunca descuidan a la gran cuidadora.

Francisca nunca pudo ir a Barcelona. Ella tenía ganas de ir a cuidar a sus nietos en el verano, pero los requisitos de las normativas de extranjería españolas no se lo permitieron. Sus hijas intentaron la reagrupación dos veces, pero se las denegaron. La primera vez porque todavía no había cumplido los 60 años y aún estaba en edad de trabajar. La segunda vez porque ya tenía 65 años y al no poder trabajar, sería “una carga” para el Estado español. El Estado no se responsabiliza de los cuidados de las personas mayores, y menos aún de quienes no nacieron en España. A pesar de que gracias a la fuente de cuidados que brindó Francisca, sus hijas pudieron cuidar a niños ricos cuyas madres no podían hacerlo. ¡¿Cuánto le debe el Estado español a Francisca?!

Ahora Francisca ya no quiere ir a Barcelona. Está cansada y la trombosis se lo impide. “Los nietos están grandes, ya no hay que cuidarlos”, dice sentada en su portal con aire de resignación. “Y tampoco ellos me pueden cuidar a mí”. Francisca sabe que sus nietos no podrían cuidarla porque estudian y trabajan. Pero se siente orgullosa de haberlos cuidado. Lo que Francisca no sabe, es que ella ha sido una auténtica revolucionaria en la organización social de los cuidados transnacionales. Una mujer valiente y solidaria que ha logrado que sus nietos – esos niños a quienes se les llama «children left behind» – estén bien cuidados y llenos de afecto siempre.

A Francisca la cuida todo el barrio y ella también sigue cuidando. Una vecina le acerca el teléfono. Francisca sonríe con emoción. Es su nieta Zuni que la llama desde Barcelona para saber cómo está.

Ver también  Juana, el amor y el oro  La historia de la migración de su hija Juana a Barcelona.

Ver  Zuni y Blanca

Juana, el amor y el oro

Arlie Hochschild llamó al amor “el nuevo oro”, un recurso escaso e injustamente distribuido en Occidente. Como todo bien escaso, se extrae del Tercer Mundo, al igual que antes se hizo con metales preciosos, el marfil o el caucho. Sólo que esta vez no se extrae a punta de fusil de exploradores, sino a través de las migraciones de mujeres de países empobrecidos, que a falta de oportunidades en origen, cubrieron el trabajo de cuidados en países ricos. Ver Arlie Hochschild, Love and Gold

Que el amor es un recurso escaso en Occidente al igual que el oro, estoy de acuerdo con Arlie Hochschild. Pero quienes me enseñaron realmente el verdadero valor del afecto transnacional fueron mujeres dominicanas, especialmente Juana y las mujeres de su familia. La cadena transnacional de cuidados que forjaron es tan sólida que no sólo trajeron afecto, sino que también lo pudieron producir, reproducir y redistribuir para que no les falte a ellas, luchando a contracorriente del “sistema patriarcal-nuclear” y anteponiendo la solidaridad y el valor de la familia extensa.

Juana es la mayor de cinco hermanas mujeres. Lleva más de veinte años en Barcelona y no quiere volver a su República Dominicana natal. A pesar de la cantidad de obstáculos por los que pasó en su proceso migratorio, dice que ha valido la pena cruzar el gran charco. Intentó migrar por primera vez en 1989. Una prima suya se había ganado la lotería y le prestó dinero para el billete y para la “bolsa de viaje”. Pero aunque aterrizó con mil dólares y reserva de hotel, la retuvieron en el aeropuerto de Barajas y la enviaron de vuelta a República Dominicana. Tiempo después vino a Barcelona su hermana Meri. En Dominicana continuaron los planes: “todas las mujeres viajaban, no había otra opción”. Su hermana Meri la ayudó con el billete y finalmente logró entrar a Barcelona en 1992, un año antes de que pusieran el visado para la República Dominicana. Juana estaba casada y tenía tres hijos. Cuando migró, la mayor tenía 5 años, el del medio tenía 3 y la pequeña tenía un año y medio. Se quedaron a cargo de su abuela y de su papá, aunque la mayor responsable de los cuidados y de las decisiones del día a día fue la abuela. Para Juana fue muy triste dejar los niños. Cada semana llamaba a su madre y le insistía en que los cuide mucho. Su madre le decía: “no te preocupes, te crié a ti y a tus hermanas y habéis crecido sanas y fuertes, yo cuido bien a estos niños”.  Y le daba fuerzas y una total confianza para seguir trabajando con la esperanza de traerlos pronto.  [Ver La Abuela Francisca ].

En Barcelona encontró trabajo rápidamente. Era una torre de 4 plantas. “¡Cuatro plantas!”,  repite durante la entrevista echando un resoplido de cansancio como si hubiera limpiado esa casa en el día de ayer. Cuenta que empezaba a limpiar con el primer rayo de sol y terminaba a las 10 de las noche.  A los cuatro meses su jefa la acusó de robarle «un body». Ella le insistió que estaba en uno de los cajones. Pero su jefa no le creyó y le insinuó que lo podía tener puesto. “¡Cómo se le ocurre!”. Se quitó la bata y se fue enfadada. Era un día 5 y su jefa aún no le había pagado. La humillación era tan grande que apenas le importaba reclamarle el sueldo de ese mes. Enseguida consiguió otro trabajo, también de interna. Allí estuvo 3 años. El ambiente era más amable y le hicieron los papeles cuando abrieron la regularización de 1993. Con su trabajo de interna ahorró dinero y envió a su marido una cantidad suficiente para comprar una casa en las afueras de Santo Domingo.

En 1997 entró a trabajar en casa de Inés. Había tres pequeños casi de la misma edad que sus hijos. Ella se puso contenta. El afecto que no les podía dar a sus hijos en su día a día, al menos se los daba a estos niños. Se encariñó enseguida con los niños, especialmente con Blanca, la más pequeña, que tenía la misma edad que su hija Zuni. Inés le facilitó un contrato al marido de Juana para que pueda entrar legalmente en España. Cuando él llegó, Juana sacó una hipoteca y compraron un piso en un conjunto de bloques del barrio del Besòs, en Barcelona. Fue una de las primeras dominicanas en su vecindario y con el tiempo, varias de sus amigas se trasladaron allí. Como había llegado su marido, arregló con su jefa que sólo se quedaría a dormir tres veces por semana.

Poco a poco, Juana fue organizando todo para la llegada de sus hijos. Hizo los trámites, acondicionó el piso, los inscribió en la escuela y les compró ropa nueva para usar en Barcelona. Pero las cosas no se presentaron tan fáciles para gestionar los cuidados rutinarios de la familia. Ya no trabajaría de interna pero su jefa igualmente le insistió en que necesitaba que se quede hasta después de cenar. Juana se levantaba a las seis y media de la mañana, hacía el desayuno y preparaba la comida para todo el día. Desayunaban todos juntos, ella y su marido se iban a trabajar, y los niños se iban a la escuela, que quedaba justo enfrente. La mayor, Cindy, ya con trece años, se hacía responsable de los menores, Toni de 11 y Zuni de 9 años. Al mediodía comían en casa lo que Juana les había dejado preparado y volvían al colegio. Por la tarde tomaban la merienda en casa, hacían los deberes y luego salían un rato a jugar al parque de abajo. El marido de Juana volvía a las 8 y podía ocuparse de la cena mientras ellos se duchaban. Cuando Juana regresaba al hogar familiar, alrededor de las 10 u 11 de la noche, ellos la esperaban mirando la tele. Juana había cenado con “los otros niños” y había dejado todo limpio y recogido en su trabajo. Su ritmo de vida era agotador. Al cabo de un año no aguantó más y le planteó con firmeza a su jefa la necesidad de tener un horario de 9 a 5 para poder ocuparse de su familia. “Mis hijos se merecen una madre, los suyos tuvieron dos”. Juana ya llevaba más de ocho años trabajando en esa casa pero no dio el brazo a torcer. Inés le buscó un trabajo de 9 a 5 en casa de una conocida y Juana recomendó a una prima suya que estaba en Santo Domingo para que trabaje en su lugar. Juana continuó en contacto con la familia y de vez en cuando los visitaba, especialmente para saludar a su mimada Blanca, que se iba convirtiendo en una adolescente. [Ver Zuni y Blanca].

Unos años más tarde, Inés tuvo un accidente esquiando y se quebró un fémur – juro que no es una película – . Juana la fue a visitar al Hospital y ella le pidió por favor que vaya los sábados a ayudarla “porque no podía ni hacerse la cama”. Juana aceptó. Su prima ya no trabajaba allí y habían pasado otras mujeres. Inés le dijo que la echaba de menos. Acabaron renegociando: los chicos ya eran más mayores y Juana podría irse más temprano. Juana le tenía mucho cariño a toda la familia y le gustó la idea de volver a trabajar allí. Ahora Juana se ocupa de todo durante el día y antes de irse deja la cena preparada y el perro paseado “porque Blanca se olvida de pasear al perro”.

Aunque no siempre es así, Juana parece haber ganado la batalla por la reorganización de los cuidados. Sus hijos han estado cuidados por abuelas, tías, primas y por ella misma. Ella y sus hermanas continúan enviándole dinero a su madre y siempre están pendientes de que no le falte nada. Al final de la entrevista, le comento a Juana que hay una investigadora que dice que el afecto, el amor, es como el oro, un bien escaso en Europa y Occidente.  Y se me ocurre preguntarle: “¿Crees que el amor es como el oro?” Juana me contesta enseguida: “¡Claro que sí! Es lo más importante. Pasa que si pagas no te das cuenta, porque no te falta, nosotras lo damos.”

Esta historia continúa:

La Abuela Francisca

Zuni y Blanca

El caso de Juana y su derecho a vivir en familia, está analizado en profundidad, junto al de otras mujeres trabajadoras, en este artículo Invisibility, Explotation and paternalism publicado en el Libro «Migrant Domestic Workers And Family Life» editado por Maria Kontos y Glenda Bonifacio, de Editorial Palgrave.

Zuni y Blanca

Zuni y Blanca no se conocen. Ambas tienen la misma edad y viven en Barcelona. Blanca vive en la zona alta, en el Paseo de la Bonanova, y Zuni vive cerca del carrer Llul, en el barrio del Besòs. Blanca estudia arquitectura en la Universidad Ramón Llul y Zuni estudia sociología en la Universidad de Barcelona.

Blanca vive con sus padres y sus hermanos mayores en una casa de dos plantas. Por la noche se queda estudiando en su habitación. A la mañana baja a desayunar a la cocina y encuentra el café preparado y el pan fresco. Juana la saluda con alegría y le pregunta si quiere probar la mermelada de frambuesa que acaba de comprar. A esa hora la casa ya está reluciente y el resto de la familia está toda fuera. Juana le saca conversación a Blanca y consulta con ella la decisión del menú del día. A Blanca le da un poco lo mismo si habrá estofado o tortilla para cenar, pero escucha las sugerencias de Juana. Mientras Blanca se plancha el pelo y se arregla para ir a clase, Juana prepara zumo de naranja para las dos. En la mesa de la cocina ya está el bocadillo de jamón para el almuerzo. “Muchas gracias Juani!”, le dice Blanca de forma cariñosa. Ella es muy amable con Juana y siempre se han llevado muy bien. Cuando Juana empezó a trabajar en esa casa, Blanca tenía 5 años. Su madre y su padre atendían el negocio casi todo el día y ella se quedaba con Juana. Conoce casi todos los sabores de las comidas dominicanas e incluso algunas canciones que Juana le enseñó. Cuando Juana trajo a sus hijos a vivir a Barcelona, estuvo unos años trabajando en otra casa, porque ya no podía hacer el horario tan intenso que requería la familia. En su lugar vino a trabajar la prima de Juana, también dominicana, y luego otras mujeres. Blanca echaba de menos a Juana. Cuando la venía a visitar, le pedía por favor que vuelva a cuidarla. Unos días después de que Blanca cumpliera 14 años, su madre tuvo un accidente esquiando y se quebró el fémur. Juana fue a verla al hospital y les llevó un ramo de flores para toda la familia y un oso de peluche perfumado para Blanca. Mientras la mamá de Blanca estuvo con la escayola, Juana iba a ayudarla todos los sábados. Cuando se recuperó del todo, le propusieron a Juana que vuelva a trabajar en la casa, en el horario de 9 a 6 que ella quería hacer.

Cada día a las 8 de la mañana, Juana le da un abrazo fuerte y un beso con ruido a Zuni, y se va a trabajar. Del barrio del Besòs hasta la Bonanova tarda casi una hora, mitad de camino en metro y mitad en bus. Zuni toma poco café, prefiere los cereales y unas tostadas con queso y dulce. Antes se pasa un buen rato en el baño arreglándose los rizos. No es un pelo afro, pero cuando hay humedad se le infla como espuma. Cuando llegó a Barcelona con sus 9 años, sus compañeras de clase se mostraban intrigadas con su pelo y le hundían la mano para sentir el roce de los rizos. Al principio, le molestaban un poco los comentarios sobre su pelo, pero con el tiempo se acostumbró a ser “la chica del pelo exótico”. A su novio le gustan mucho sus rizos brillantes y a ella le gusta que le gusten. Zuni se prepara un bocadillo de jamón y se va a clase. Por la tarde, trabaja tres horas en una asociación de inserción laboral y luego se va a recoger a las mellizas de su hermano. Tiene poco tiempo para estudiar y ha tenido que postergar un par de asignaturas para el año siguiente. A veces, entre ella y su hermana mayor, preparan la cena. Saben que su madre está cansada y le insisten en que vaya a charlar un rato con su vecina y amiga Charo que está recuperándose de una enfermedad. [Ver Hoy conocí a Charo].

Cuando Zuni era pequeña se crió en Santo Domingo con su abuela y su tía Jenny. Su mamá vino a Barcelona cuando ella tenía un año y medio. Sin embargo, contrariamente a lo que cualquiera puede pensar, a Zuni nunca le faltaron cuidados y atención. Creció pegada a la falda de su abuela, rodeada de tías y primos. Su mamá la llamaba por teléfono, le enviaba ropa nueva y nunca le faltó un regalo de cumpleaños. Cuando le explicaron que ya estaban listos los papeles para venir con su madre a Barcelona, ella imaginaba una cabaña de madera rodeada de nieve. No encontró tal cabaña, pero el parque del Besós de al lado de su casa le encantó porque tenía muchos juegos. Como su madre trabajaba mucho, su hermana mayor la acompañaba al cole y le calentaba la comida al mediodía. A la tarde hacía los deberes y luego salía a jugar al parque.

Contacté con Zuni para hacerle una entrevista para el proyecto de investigación sobre reagrupación familiar. Aceptó enseguida y tomamos un café. Hablamos de todo como si nos conociéramos de toda la vida. Me contó sobre sus recuerdos de infancia en Santo Domingo. Su sonrisa constante y su frescura no eran un cliché. Se nota que ha sido una niña cuidada. No dejó escapar ni medio gesto de rencor ni tristeza sobre el proceso migratorio de su madre ni del de ella, pero revivía las historias con muchísima emoción. Se permitía mirar el pasado y a su familia con valentía. En un momento me animé a preguntarle qué sentía por Blanca y si alguna vez se sintió celosa porque su mamá se pasaba casi todo el día en casa de esa familia. Me contestó que alguna vez le dijo algo en broma a su madre, pero nada más.

Al terminar la entrevista me agradeció sobre todo el poder valorar el trabajo de su madre. “De esta manera nos damos cuenta lo que ellas sufrieron e hicieron por nosotros”. Nos despedimos cerca del metro con la promesa de comer pronto el arroz con habichuela, y me dijo aún cargada de emoción: “Ahora voy a llamar a mi abuela”.

Ver La Abuela Francisca

Ver Juana, el amor y el oro

La más valiente

Valentina le hace honor a su nombre. Es la más valiente. La conocí en 2005. «Has sido muy valiente», fue lo que me salió decirle después de oír su historia por primera vez. Ocho años más tarde, cuando definimos un seudónimo para su testimonio en mi tesis, ella eligió el de Valentina. Aunque su verdadero nombre es muy bonito, pensé que no podía haber elegido un seudónimo mejor. Ella nunca quiso ser pobre, ni marginada, ni ignorante, ni madre sudaca estigmatizada, ni migrante sin papeles, ni huérfana, ni tímida, ni tonta. Ella siempre quiso ser valiente, y lo logró.

Llegó a nuestro despacho totalmente desolada pero con una tremenda fe por salir adelante y contó su historia incluso con buen humor. Estaba embarazada de cinco meses y se acababa de escapar de la casa en donde trabajaba (si a eso se le puede llamar trabajar). Buscaba un lugar donde vivir y poder criar a su hijo. «porque me dijo un policía que si mi hijo nace aquí, será español». [A veces, en estas historias hay policías buenos].

Valentina vivía en Córdoba, Argentina. Una compatriota de alta alcurnia casada con un catalán la persuadió por teléfono para que venga a Barcelona a «ayudarla» a cuidar a su hija de 4 meses. Se le acababa la baja maternal y estaba desesperada buscando canguro, ya que al parecer no quería llevar a su preciada hija a una guardería. Valentina le ponía excusas, nunca había tenido aquel sueño europeo. Pero la señora le compró el billete de avión y Valentina aterrizó en Barcelona en el verano de 2005. La recogieron y la llevaron al piso. De aquellas torres nuevas de Diagonal Mar. Alta decoración, excelentes acabados, pero solo dos habitaciones y un despacho. A Valentina le pusieron una cama en la misma habitación que la niña – no vaya a ser cosa que sacrifiquen la habitación del ordenador – . No podía tener su espacio ni su intimidad. Y por si no bastaba con ella para cuidar a la niña, también estaba allí el «escucha-bebes», que también hacía de «escucha-Valentina». Le dieron un móvil para poder localizarla siempre que haga falta. Le regalaron una cámara de fotos que ya no usaban y muchísima ropa, también usada, desde luego. Valentina no quería ponerse esa ropa. Por la mañana, el matrimonio salía a trabajar y Valentina se quedaba con la niña y a cargo de la casa. Hacía el desayuno, limpiaba todo, planchaba y cuidaba a la niña las 24 hs. Veinticuatro horas literales que poco a poco se transformaron en un infierno. Si por la noche la niña se despertaba, allí estaba Valentina despierta por la obsesión de su jefa de saber qué le pasaba a la niña. Se suponía que Valentina tendría las tardes para dar una vuelta, cuando la señora volvía a la casa. Pero cada vez que salía, a la media hora sonaba su móvil porque su gran jefa necesitaba ayuda. Había que bañar a la niña y hacer la cena. Si la niña tenía el culito rosado era culpa de Valentina. Si estaba con mocos, era culpa de Valentina. Y empezaron los gritos y las humillaciones. Valentina se aguantaba la rabia en silencio. No tenía ni dónde poder llorar. A veces se encerraba en el baño para estar un poco sola y desahogarse. Incluso en esos momentos, su jefa le golpeaba la puerta para que deje el baño. No podía creer que había aceptado ese destino. Un día se da cuenta que estaba embarazada. Hacía un par de meses que se sentía extraña pero no le había dado importancia frente a lo que estaba pasando. Se sintió completamente sola y maltratada, tenía que tomar una decisión. Para mayor humillación, cuando llegó el final del mes, su jefa le aclara que aún tiene que descontarle el billete de avión y le dio sólo 200 euros en calidad de «salario» . Valentina le planteó que era poco y ella le contestó que es como un sueldo en Argentina.

Una mañana fue a pasear al parque con la niña y le sacó conversación a esa chica boliviana que había visto varias veces pasear por allí con su hija. «Necesito ayuda». La chica boliviana se transformó en su ángel. [Los ángeles siempre existen en estas historias].    

Se llamaba Lorena. Enseguida la escuchó y la consoló: «Claro, si no nos ayudamos entre nosotros, quién nos va ayudar?, tienes que salir de ahí». Valentina no podía salir de allí fácilmente, no tenía más dinero que esos 200 euros y su jefa se había quedado con su billete de vuelta a Argentina. No tenía papeles, lo que equivale a tener miedo. Pero ideó un plan. Lorena le ofreció quedarse unos días en su casa y ella aceptó. Esperó al día en que el matrimonio cogía vacaciones, así se quedaban con la niña. Puso toda su ropa en bolsas negras de plástico que no hacían ruido y las escondió en un pasillo del edificio. Cogió su pasaporte de donde su jefa «se lo guardaba» y se fue. Dejó absolutamente todo lo que le habían dado por miedo a que la acusen de ladrona: el móvil, la cámara de fotos, la ropa y objetos tontos en desuso que suelen regalar patrones usureros. Y también les dejó una carta, explicando que «lo sentía» pero que la habían tratado muy mal.

En casa de Lorena descansó. Estaba insegura y algo nerviosa, pero se sintió a salvo. Lorena la ayudó orientándola en las gestiones y explicándole las típicas cosas de la vida de aquí. La empadronó y la acompañó al ambulatorio a gestionar su tarjeta sanitaria para poder hacerse los controles de su embarazo. A los pocos días sonó el teléfono de Lorena. Era un policía. El único policía bueno en la historia de Valentina. Su gran jefa llamó a la policía para denunciar que su canguro se había escapado y no tenía papeles, pero que ella «se desentendía» (¿?). Como Valentina había dejado el móvil, fue fácil localizar el único contacto que ella tenía en Barcelona y el policía la llamó. Cuando escuchó la historia de Valentina, el maltrato y su embarazo, le dijo: «Tranquila, si usted tiene un hijo, este será español, no la pueden echar, vaya al médico y cuídese». Valentina encontró en esas palabras del policía el consuelo y la seguridad que necesitaba y que le servirían para siempre. Le recomendó también ir a Cáritas y a otras asociaciones donde la ayudarían. Y así fue como llegó al programa de Salud y Familia, donde la conocí. Tras varios obstáculos burócratas, un tiempo en mi casa y el aliento de gente que fuimos conociendo en el camino, pudo entrar a vivir en un hogar gestionado por monjas. Allí nació su hijo. Tiene un nombre catalán.

Ya pasaron más de 10 años. Valentina continuó luchando como madre sola en Barcelona. Siempre a contracorriente de diversas dificultades, humillaciones, racismo y clasismo. Pero ella sigue adelante, es la más valiente. No supimos más de su super jefa. Seguramente encontró otras canguros a quienes explotar o llevó a su hija a una guardería.

La gente mala existe. Los ángeles, los policías buenos y las mujeres valientes, también. Pero esto no es un cuento de buenos y malos, ni de ángeles y demonios. Es la realidad de cómo se da la explotación y la trata encubierta de trabajadoras de hogar. Es la realidad de cómo las mujeres empobrecidas de países del Tercer mundo han venido a cubrir el afecto y los cuidados. Es la realidad de la lucha de clases legitimada en leyes de extranjería y políticas del miedo. Es la realidad de la globalización. Es la realidad de Barcelona.

Esta historia continuará.

Hoy conocí a Charo

Primera publicación: noviembre de 2011.

Pocas palabras me bastaron para que Charo me invitara a su casa sin conocerme. Ella no entiende de tesis, ni de trabajos de campo, ni mucho menos de protocolos académicos, pero mostró absoluta disposición para regalarme su historia.

Charo vive en la frontera, pero no precisamente porque su hogar esté en una punta del mapa, ni al lado de un muro; vive en una de las tantas fronteras sociales de Barcelona, delimitada por el poder económico. Su referencia para indicarme la zona donde vive fue “El Foro”, un mega complejo arquitectónico  construido hace pocos años que poca gente entiende qué es, pero que todo el mundo sabe dónde queda, al igual que otros símbolos ostentosos de la Barcelona que quiso renovarse en el Siglo XXI. Siguiendo sus indicaciones, caminé por el carrer Llull. De un lado, los hoteles de lujo, centros comerciales y edificios imponentes con parques perfectos, enormes ventanales que se confunden con el cielo y terrazas selváticas. Del otro lado, bloques de edificios de viviendas baratas que aún no fueron barridos por la especulación inmobiliaria, niños jugando y ropa colgada de las ventanas. Parada en su portal podía ver casi entera la Torre Agbar, sabiendo que a solo dos calles de allí, comienza el barrio “La Mina”.

Es la misma Barcelona dividida que coexiste – pero no convive – adentro de las casas, la Barcelona dividida entre la élite poderosa y adinerada, y la Barcelona del servicio para ellos. Como muchas de las mujeres de origen inmigrante, Charo trabaja en la zona alta de Sarriá como empleada y cuidadora de una señora mayor. Es una de las pocas mujeres que está contenta con su trabajo, y no por conformista.

Me abre la puerta como si me conociera de toda la vida. Se sentó y comenzó a hablar. Otra vez pocas palabras me bastaron y muy pocas preguntas. Charo no entiende de guiones y mejor así, se pone a contar enseguida con orgullo sobre su llegada a Barcelona y sobre su querida Dominicana natal. Es una mujer que impone. Su cuerpo enseña que parió y crió a siete hijos, trabajando sin parar desde su infancia, y que ahora con poco más de 40 años y con un hijo de 3 años “que vino de sorpresa” también es abuela de tres criaturas más, con la autoridad de lo que significa para ella ejercer de abuela. Sin querer caer en estereotipos, Charo me transmite la figura de una auténtica matriarca caribeña. Una mujer con una energía sin límites, gastada por el tiempo pero a la vez, inagotable.

La decoración del piso, los olores del barrio y hasta la tormenta de primavera de aquel día hacían que me sintiera en el Caribe. El niño con la camiseta del barça completaba un perfecto cuadro transnacional.

En una hora y media de charla, y a pesar del reclamo constante de su hijo menor que trepaba sobre ella, Charo no dejó escapar ni una mueca, ni un soplido, ni nada que indique un atisbo de cansancio o de incomodidad. Mientras charlaba, daba órdenes a su marido o a su hija mayor, solucionando algunas cuestiones del hogar: Sandrita, traiga las galletas para su hermano por favor, que el acolchado ese tiene que llevárselo Virginia, se ha largado a llover y entra agua por la persiana rota, mañana compraremos la carne… Pero ni un solo microgesto en su cara indicaban prisa o malestar, ni por los temas de la casa, ni por el niño inquieto y con sueño que le hablaba, ni por la intrusa que le hacía preguntas sobre su vida. En ningún momento de la conversación se le desdibujó su sonrisa. Charo seguía hablando y hablando. Enseguida mi mente empieza a recorrer algunos textos que me resuenan sobre feminismo que hablan de ellas. Escribimos como si las conociéramos y como si supiéramos más que ellas. ¿Qué podemos decir sobre estas mujeres desde el feminismo “blanco” europeo si apenas las conocemos? ¡Cuántas cosas nos podría enseñar Charo a tantas intelectuales que dejamos tantas veces de sonreír por culpa de nuestras ansiadas carreras y vidas académicas!

A pesar de la fuerte lluvia, y no sin las recomendaciones e insistencias de Charo en ofrecerme todo tipo de recursos para no mojarme – su espíritu de matriarca cuidadora es a toda hora y con todo el mundo – salgo a la calle con una satisfacción inmensa. No sólo por el trabajo realizado, sino porque sentí que el legado era mucho más de lo esperado. Conocí a una persona de gran valor, un alma que contagia alegría, aunque suene cursi decirlo, aún con el cansancio en el cuerpo y los costos de haber arrastrado a una familia entera a la aventura migratoria. Volví a caminar por el carrer Llull hacia el metro, otra vez observando el paisaje urbano de las fronteras sociales y me invadió una sensación un tanto infantil de que las mujeres-hadas existen y de que fui tocada con su varita. Me di cuenta de que yo también estaba sonriendo. Charo: una mujer gastada y fresca. Ignorante y sabia. Rural y urbana. Imponente e invisible. Habitante de la frontera. Cuidadora del universo.

Charo pasará a ser una entrevista más, parte de la llamada “muestra”. Su nombre estará en una larga lista de mujeres que figurarán seguramente en el capítulo metodológico. Leerán citas de ella pero ningún jurado se enterará de su sonrisa. Y Barcelona seguirá manteniendo la sonrisa de Charo del otro lado de la frontera.

La sonrisa de Charo no quedará registrada en mi tesis, pero yo nunca me olvidaré de su imagen mientras hablaba, de su canto, de su magia, de su alegría… ¿Hay acaso un regalo más bonito que la gente te regale su propia historia acompañada de una amplia y espontánea sonrisa?