El sistema de asilo en la UE: ¿Hacia una solución federal?

Artículo publicado en el blog de Federalistes d’Esquerres  Esquerres Sense Fronteres

Tuvo que pasar la Segunda Guerra mundial para forjar la idea de una Europa federal como unión de naciones. De la mano de esta idea nacía también el derecho de asilo, reconocido en la convención de Ginebra de 1951. Europa asumía entonces, que la protección internacional es una responsabilidad moral y política, y también una responsabilidad con la paz. Aunque hoy parece olvidado, el derecho de asilo se recogió en la carta de Derechos fundamentales de la Unión Europea (artículo 18), firmada en Niza en el año 2000. Y en su artículo 19 se suscribió la prohibición de las expulsiones colectivas, que reivindica el principio de no devolución, algo que también parece olvidado a cambio de impulsar políticas de externalización y readmisión, como es el Pacto con Turquía y otros pactos con países del norte de África. ¿Qué fue de aquellos valores de solidaridad de la Europa soñada por Spinelli?

Ocurrió que al tiempo que se redactaba la Carta de Derechos Fundamentales, se consolidaba el espacio Schengen y con él, la fortificación de las fronteras exteriores de la Unión Europea. Una gran frontera que remplazó a todas las demás. En el mapa de Europa quedó trazado «un espacio seguro» y cerrado dentro del cual las personas ciudadanas de los países firmantes podrían circular libremente y las personas bautizadas como “extracomunitarias” (provenientes de países no nacionales de la UE) no podrían acceder. Los países limítrofes, ejercerían de “guardianes” de toda la UE.

El Tratado de Schengen (1985) también trajo la necesidad del Tratado de Dublín, creado para racionalizar los procesos de solicitudes de asilo de acuerdo a la convención de Ginebra. Fue firmado en 1990 y reformado en 2003 (Dublín II) y en 2013 (Reglamento Dublín III). Este convenio es el que rige ahora para asignar el país en donde una persona puede tramitar su solicitud de asilo. Establece dos criterios prioritarios: tener familiares o disponer de permiso de residencia. En la práctica, estos criterios resultan muy restrictivos, por lo que predomina el tercer criterio, el del primer país de llegada. Esto es lo que hace que el sistema Dublín sea sumamente injusto, tanto para los estados miembros como para las personas solicitantes de asilo, ya que desplaza la carga hacia los países limítrofes en lugar de compartir la responsabilidad. En los últimos años las personas solicitantes de asilo se han acumulado en Italia, Grecia y Hungría, a la espera de una lenta “reubicación”, que a duras penas se fue pactando en el Consejo Europeo, no sin dejar de aflorar las mezquindades nacionales. Para controlar Dublín, en el año 2003 se creó el Sistema EURODAC, una base de datos de huellas dactilares de personas solicitantes de asilo y de personas detenidas en los controles Schengen. Con este sistema se puede saber por cuál país entró la persona y si ha solicitado asilo, ya que se puede pedir sólo en un estado miembro. Si la persona fue registrada en un país distinto del que quiere pedir asilo, Dublín establece que debe ser “transferida” al país donde se registró, que por lo general es el que entró. Por este motivo, muchas personas se rehúsan a dejarse tomar las huellas digitales y optan por continuar viaje hacia otros países del Norte como Suecia o Alemania, corriendo el riesgo de ser detenidas. El fracaso de Dublín hace tambalear el acuerdo de Schengen. Cabe recordar que algunos países optaron por cerrar temporalmente (solo pueden hacerlo durante seis meses) sus fronteras Schengen para que no pasasen las personas refugiadas, como lo hicieron Austria, Alemania, Dinamarca en su momento o Francia que de tanto en tanto cierra el paso de Ventimiglia.

Queda claro entonces que Dublín es un sistema totalmente ineficaz y nada equitativo, y además muy caro, ya que incluye el mantenimiento de EURODAC y los gastos de transferencias, detenciones y deportaciones. Pero lo peor de todo es que no garantiza los derechos de los solicitantes de asilo, ya que estos dependen de los estados miembros y ningún organismo supranacional vela por ello. Una alternativa que se discutió en la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo es que la agencia EASO (European Assylum Suport Office) amplíe sus funciones y sea una autoridad competente en una posible redistribución más equitativa, en la cual predominen las preferencias de las personas refugiadas. El problema esencial es, tal como han difundido los medios de comunicación desde hace casi tres años, la no aceptación de la obligatoriedad de las cuotas de personas refugiadas por parte de los estados miembros y la instrumentalización de la problemática por parte de grupos políticos de derecha y extrema derecha.

Pero además de Dublín, la Unión Europea cuenta con otros instrumentos menos mezquinos en materia de asilo, y que, de aplicarse, podrían solucionar la gestión de la protección internacional. Un ejemplo es la Directiva de Protección Temporal. Tras la guerra de los Balcanes, el parlamento europeo aprobó la Directiva 2001/55/CE que establece protección temporal en caso de afluencia masiva de personas desplazadas, pero que nunca fue aplicada en ningún estado miembro. En 2011, con la llegada masiva de tunecinos a las costas italianas, el gobierno italiano solicitó la aplicación de esta Directiva, pero no reunió el consenso necesario en el Consejo Europeo. Francia y Alemania alegaron que los tunecinos eran “migrantes económicos”. Tras los naufragios cerca de la isla de Lampedusa, se puso alguna otra excusa para no aplicarla.

Otro instrumento imprescindible que debería ponerse en práctica de forma urgente es la expedición del visado humanitario desde embajadas y consulados, algo básico y fundamental para que no siga muriendo gente en el mar. Para expedir visados humanitarios se necesita reformular la regulación del código de visados, una propuesta que ya ha pasado por el parlamento europeo en 2016, pero que el Consejo no está dispuesto a negociar. De todos modos, una posible reforma de la regulación del código de visados sólo armonizaría las reglas, sin que sea obligatorio para los estados miembros. La reticencia de los estados en otorgar el visado humanitario está muy clara, y se basa en sus competencias exclusivas sobre la gestión del control de sus fronteras nacionales, tanto a nivel material como simbólico.

Es evidente que el viejo sueño de Spinelli de la Europa libre y unida aún no está del todo consolidado. La realidad es que la Unión Europea funciona como un artefacto político intergubernamental a través de acuerdos entre los gobiernos de los estados miembros. Aunque existen organismos supranacionales como la Comisión Europea y el Parlamento, el peso específico lo tiene el Consejo. Es esta forma de funcionamiento la que hoy en día no permite afrontar ni gestionar de forma eficaz y solidaria el derecho de asilo de las personas extranjeras que lo necesitan.

Siempre me pregunto qué pensaría Spinelli si viera las imponentes vallas de la Europa Fortaleza que impiden el paso de personas refugiadas. Y es que con la idea de Europa y del Espacio Schengen como libre circulación, se produjo una paradoja: Europa, en tanto unión de estados-nación, reforzó – aunque no era la intención inicial – la idea de frontera, y por lo tanto también la idea de nacionalidad. Es decir, la globalización no abolió la territorialidad como modo de control, sino que por el contrario, la afianzó. ¿Qué pensaría Spinelli? Lo mismo que pensaba mientras el fascismo lo tuvo confinado: que no hay otro camino más que seguir construyendo “comunitarización”, tal como promueve el federalismo europeo, a través de estructuras supranacionales que velen por los intereses de las personas (y no de los estados) y a través de acuerdos solidarios que promuevan responsabilidades compartidas y equilibradas.

«Sin ella no me voy»: la historia de Frania

Tres días antes de la victoria de Trump en Estados Unidos, sentí que Trump ya había ganado. Un llamado de una amiga me dejó totalmente shockeada. Si hay algo que continúa sorprendiéndome para mal en este país y en el mundo, es la misma ley de extranjería y el racismo institucional que afecta el día a día de las personas. Me entero que la policía Nacional notifica a mi amiga Frania por una sanción que le pertoca por haber traído a su hija de 13 años al país con una “carta de invitación” y haber prolongado su estancia. Frania, una mujer nicaragüense, luchadora como pocas, después de años de burocracia y obstáculos de todo tipo, vive con su hija en la ciudad de Sant Boi, pero tendrá que pagar una multa que puede ser de hasta 10.000 euros. La sancionan por cometer una “infracción grave” por “promover la permanencia irregular de un extranjero” según el art. 53.2 apartado c) de la Ley de Extranjería. Claro que promovió la permanencia de una extranjera! Es su hija y no tenía otra opción. «Promover su permanencia» era para ellas su derecho a vivir en familia.

Frania es ingeniera agrónoma y licenciada en zootecnia. Vivía y trabajaba en Managua como supervisora de una ONG. Su situación no era del todo fácil y un desengaño amoroso muy fuerte la impulsó a emigrar. Vendió un ganado de su familia y vino a Barcelona en 2006. Como la mayoría de mujeres latinoamericanas, se insertó en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y explotador, pero donde resulta relativamente fácil conseguir trabajo “sin papeles”: limpiando y cuidando. Todos los meses, Frania enviaba dinero religiosamente a su madre, para la manutención de su hija, quien vivía con su abuela en la localidad de San Miguelito. Después de unos años, pudiendo regularizar su situación por arraigo y con un poco de estabilidad económica decidió traer a su hija a Barcelona. Habiendo alquilado un piso en Viladecans, Frania tramitó la reagrupación familiar, pero un informe del ayuntamiento de Viladecans decía que faltaban 2 metros cuadrados al piso de Frania para poder traer a su hija en condiciones. Dos metros cuadrados que la separaban de su hija! Denegada. Su abogada presentó un recurso pero no hubo suerte. La segunda vez, el ayuntamiento alegó que había muchas personas empadronadas en el piso (personas que Frania no conocía y que el mismo ayuntamiento nunca dio de baja). Las leyes racistas y la burocracia del funcionariado habían decidido que Frania no tenía derecho a cuidar a su hija, quien por entonces ya tenía 11 años. Mientras tanto, Frania comenzó el trámite de nacionalidad, con la esperanza de que al menos al ser ciudadana, podía traer a su hija. Preparó la serie de preguntas ridículas ideadas también por el aparato funcionarial racista y juntó todo el papelerío. Recuerdo muy bien su imagen. Allí estaba ella, fresca y decidida, una mañana soleada en el Registro Civil de Gavá contestando quién había compuesto El Amor Brujo y repasando la geografía española. Su hija nunca dejaba de estar en su pensamiento. Frania era una madre transnacional sumamente dedicada. La llamaba todos los días y siempre estaba pendiente de que no le falte nada. La burocracia no le quitaba la ilusión de poder estar con ella y verla crecer en persona. Pero las cosas en Nicaragua se complicaron y debía traerla sí o sí. Su madre se hacía más mayor y su salud empeoraba, por lo que ya no podía cuidar bien de su nieta, que se iba haciendo adolescente. Entonces Frania decidió traerla a toda costa, saltarse la burocracia y viajar a Nicaragua a recogerla. Allí las cosas se complicaron aún más y debió enfrentarse a la perversidad machista del sistema y de un padre que nunca se ocupó de la niña pero que ahora quería impedirle que la trajese a Europa. Recuerdo perfectamente la firmeza que me transmitió cuando hablamos por teléfono: “sin ella no me voy”. Y vinieron más papeles y papeles, en una lucha en paralelo contra la burocracia nicaragüense. Y acatando también las leyes españolas, finalmente pudo tramitar una “carta de invitación” para que su hija pueda cruzar la frontera “como turista” con más tranquilidad. España no le exige visado a la ciudadanía nicaragüense, pero establece ciertos requisitos para que demuestres que tu intención no es quedarte en España. El 8 de febrero de 2016, Frania y su hija aterrizaron en El Prat. Su hermano Felix, sus amigas y sus paisanos nicaragüenses las esperaban con alegría. Y también, con el corazón en la boca, y con el único recurso de la fe en Dios para que no deportaran a la niña. Pasaron. Felices como pocas, no paraban de abrazarse todo el día y pasear por la ciudad de Gaudí. Se instalaron en Sant Boi, ciudad donde viven muchos compatriotas y la niña empezó allí la escuela.

Pero las cosas nunca son del todo fácil para quien nació del otro lado del charco, y menos con una hija casi adolescente. Los primeros meses, la niña estaba triste por su adaptación a su nuevo país (algo totalmente normal pero que requiere acompaññamiento) y Frania la llevó al ambulatorio de Sant Boi con la intención de que la deriven a una psicóloga. Otra vez se topó con la burocracia racista, encarnada en personas de carne y hueso, que le dijeron que la niña no podía ser atendida por no tener papeles. Y otra vez Frania le plantó cara al racismo institucional. Armada con leyes y reglamentos en mano, se cuadró ante el personal administrativo del ambulatorio para reclamar un derecho universal, no sin subir el tono el voz. La atendieron.

Pero el día a día sigue sin ser fácil. Las fronteras no sólo están en los aeropuertos y en las leyes. Están también en el espacio urbano y de un momento a otro, cualquier persona se convierte en guardián, recordándote que “tu no eres de aquí” o en el caso extremo, insultándote. A Frania y a su hija les tocó una vez vivirlo en un autobús de Viladecans a Sant Boi, cuando una señora las increpó con la típica frase: “vete a tu país”. El sistema de control de fronteras es lo que legitima el desprecio hacia las personas extranjeras. Pero el racismo no sólo está en los insultos de la gente fascista. También está en quienes tienen el privilegio de tener su casa limpia y sus seres queridos bien cuidados, pero no quieren pagar la Seguridad Social a la trabajadora de hogar que lo hace. Y eso también le pasa a Frania, y a muchas mujeres trabajadoras que, si no cotizan a la Seguridad Social, no pueden renovar sus permisos de trabajo, y por lo tanto, corren el riesgo de caer en la irregularidad sobrevenida. Así son las cosas para estas mujeres anónimas y ajenas, las “no nacionales”, a quienes no se les deja ocupar otro espacio social más que ser mano de obra barata. Y a quienes, además, no se les permite ser madre con dignidad.

Ahora el Estado, provisto de sistemas informáticos para vigilarlas, quiere sancionar a Frania por vivir con su hija. Frania se enfrenta a una sanción y a una multa de miles de euros. El derecho a migrar y a vivir en familia se paga muy caro (si es que alguna vez se termina de pagar) y no solo con multas. La mujer policía de la comisaría de Cornellá que la «atendió» cuando fue a buscar su notificación, le dijo de muy mala manera que su hija debía regresar a Nicaragua. Pero no. Frania no se rinde porque Frania no es una víctima. Ni el maltrato de policías y funcionarios, ni ningún aparato coercitivo podrá con ella. Vendrá otro recurso y quizás un juicio. Y Frania y su hija saldrán adelante y seguirán viviendo juntas. La reflexión es para toda la sociedad, que sí es víctima de sí misma: ¿Qué estamos haciendo con estos niños y niñas hijos de las migraciones? ¿Cómo crece una niña conociendo las adversidades y coacciones del sistema, sintiéndose expulsada de sus dos países? ¿Cuántos privilegios tenemos mientras ellas pierden los suyos? Todas estas historias son también nuestras historias. La historia de Frania, su lucha contra el racismo y su derecho a vivir en familia es nuestra responsabilidad.

Hace tiempo que los monstruos gobiernan el mundo. Hay que plantarles cara.

Riace, la resistencia a la Europa fortaleza

En el extremo sur de Italia, un pequeño pueblo desafía a la Europa fortaleza i al racismo de Salvini. Se trata de Riace, situado en la costa de Calabria sobre el Mar Jónico. Es el mismo pueblo que en los años 70 se hizo famoso por unas preciosas esculturas de guerreros de bronce de la Grecia Clásica. Calabria es una tierra de contrastes y contradicciones. Lo que una vez fue la cuna de la civilización occidental, hoy es una región pobre, con altas tasas de paro y en gran parte controlada por la ‘ndrangheta (mafia calabresa). Pero es allí donde Domenico Lucano, el alcalde de Riace, desarrolló su política de puertas abiertas con migrantes y refugiados.

Lo de “puertas abiertas” es literal. Domenico Lucano odia las llaves, y en Riace hay varias casas restauradas para poder quedarse, ya sea de vacaciones o a vivir. El proyecto comenzó en 1998 con la llegada de un barco de refugiados kurdos a las costas de Riace. Los vecinos salieron a ayudar y los acogieron en el pueblo. Unos años más tarde Riace se unió al SPRAR, el programa de protección de solicitantes de asilo del estado italiano y desde entonces acogieron a más de 500 refugiados de Iraq, Etiopía, Somalia, Kurdistán, Afganistán, Palestina, Pakistán, Iraq, Camerún, Nigeria, Senegal, Costa de Marfil y Mali.

Cuando Domenico Lucano se convirtió en alcalde en 2004, la idea fue más lejos. La hospitalidad, un valor de la cultura local, pasó a ser su Política, con mayúsculas. Y fue justamente la emigración lo que inspiró la base del proyecto actual. Lucano y su equipo realizaron incontables llamadas a Argentina, Estados Unidos, Venezuela, Australia y Canadá para localizar a los antiguos dueños de las propiedades abandonadas, que habían emigrado muchas décadas atrás. La respuesta de emigrantes y descendientes fue muy positiva, y muchos cedieron sus casas vacías y cerradas desde hace más de 50 años para que ahora puedan ser habitadas por inmigrantes. El ayuntamiento se ocupó de restaurarlas mediante cooperativas y pequeños créditos de la banca ética, lo cual además generó trabajo. Con esta política, Lucano intentó romper con el sistema asistencial y crear un modelo de acogida basado en la justicia social y en la emancipación. Acoger a migrantes y refugiados permitió rehabilitar el pueblo, impulsar cooperativas, generar trabajo, reabrir los antiguos talleres de artesanía, abrir escuelas y guarderías, y evitar la emigración de jóvenes. Un ejemplo de ello son los talleres de artesanía y de tejidos, una antigua tradición calabresa. Mujeres de Riace que habían heredado la sabiduría del trabajo de la fibra en los telares, fundaron la cooperativa Il Ruscello (El arroyo), a la cual luego se unieron mujeres refugiadas. Los talleres se convirtieron en un punto de encuentro e intercambio de conocimiento de mujeres de todo el mundo. Angela, una joven tejedora nacida y crecida en Riace, cuenta que su compañera de trabajo Rosine, camerunesa que llegó en patera hace 3 años, ahora es una de sus mejores amigas. A su vez, Rosine explica que Riace le recuerda a su pueblo natal de Camerún y allí puede criar a su hija de 4 años – nacida en Libia – y a su hijo Philippe de 7 años con total seguridad y libertad. Es por eso que Riace no es solo un pueblo de acogida, sino que es una pequeña comunidad global, tal como le gusta explicar al alcalde Lucano y a Tiziana Barillà, periodista calabresa que recientemente publicó un libro sobre el modelo de Riace – traducido al castellano y publicado por Icaria Editorial con el título de “Utopía de la normalidad”.

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Toque de queda

No son millones como las personas que huyen de Siria o de países de África, y no viajan en barcos, pero son refugiados. El llamado Triángulo Norte de América Central compuesto por Guatemala, Honduras y El Salvador, es una región que ha estado durante décadas inmersa en golpes de estado, dictaduras y guerras. Actualmente el nivel de violencia es de los más altos del mundo y la población, atemorizada principalmente por las maras, busca refugio en otros países. La mayoría de migrantes y refugiados se dirigen a México y a Estados Unidos, pero muchos vienen a Catalunya (en los últimos años se triplicaron las cifras), un destino más seguro y barato. Debido a que la situación de conflicto social y político que se vive en la región difiere de un conflicto armado en el sentido estricto del término, las personas que intentan escapar casi no se reconocen como refugiadas. Sin embargo, sí fue un conflicto armado el que sentó las bases para la actual ola de violencia.

Las maras tuvieron su origen a partir de la crisis de refugiados que ocasionó la guerra civil de El Salvador en los años ochenta. Una guerra que dejó más de 75.000 muertos y desaparecidos. Más de 40.000 personas huyeron a Estados Unidos y muchas familias se instalaron en barrios marginales de Los Ángeles, California. Allí, sus hijos adolescentes se vieron acosados por pandillas chicanas, coreanas y afroamericanas. Algunos se unieron a la pandilla chicana Barrio 18 que aceptaba centroamericanos y otros fundaron su propia pandilla como modo de protección, la Mara Salvatrucha Stoner que luego se convirtió en la MS13. En un principio eran pandillas hermanas, pero con el tiempo se convirtieron en pandillas rivales. En las cárceles cambiaron las formas de identificarse y se profesionalizaron.

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El síndrome del tunel carpiano

Este 8 de marzo Lucía no hará huelga. Tiene cita para una operación de muñeca. Casi no pudo dormir porque el dolor de su mano derecha es más fuerte por la noche. Padece el síndrome del túnel carpiano, una enfermedad que afecta el nervio mediano que pasa por la cara anterior de la muñeca. Lo ha descubierto hace más de dos años, cuando se le cayó torpemente una taza de las manos y una de sus jefas se enfadó. Lucía pensó que aquel incidente podía tener relación con esos hormigueos y sensación de hinchazón que sentía por las noches, y decidió ir al médico. Le recomendaron calmantes y ejercicios de rehabilitación, pero no se le pasó. La empresa de limpieza para la cual trabajaba comenzó a reducirle las horas porque al parecer ya no era tan eficiente. «Seguramente cogerán a chicas jóvenes», pensó Lucía, y buscó trabajo como cuidadora de un señor mayor. Tuvo que insistir para que le den el alta en la Seguridad Social, para poder renovar el permiso de trabajo y no correr el riesgo de quedarse sin cobertura sanitaria, preocupada por su mano. Después de varios tratamientos, le dieron cita para una cirugía.

Negar las enfermedades de las mujeres trabajadoras ha sido habitual. Los médicos (médicos, en masculino) recetan pastillas a las mujeres trabajadoras para calmar dolores de espalda, de rodillas y de manos, sin preguntar cuántas horas trabajan y en qué. La industria farmacéutica lleva décadas lucrándose inventando todo tipo de calmantes para apaciguar dolores. No son sólo dolores. Son síntomas de enfermedades, consecuencia de la explotación laboral y del cansancio acumulado que provoca pensar cada día en sobrevivir.

Se niegan que son enfermedades propias de mujeres, y se niegan que son por el trabajo. El síndrome del túnel carpiano es una enfermedad (más) de quienes usan las manos para trabajar y tiene mayor prevalencia en trabajadoras del hogar y limpiadoras de hoteles, generalmente mayores de 45 o 50 años. Se suele asociar a la artrosis y en las clases de medicina de las universidades tampoco se dice que es una enfermedad de mujeres trabajadoras, sino que se da el ejemplo de guitarristas o carniceros. El Instituto Nacional de la Seguridad Social categorizaba el “síndrome del túnel carpiano” como una “enfermedad común” y las mutuas no cubrían las bajas médicas. Recién en 2014, una sentencia del Tribunal Supremo lo reconoció como enfermedad laboral del servicio doméstico, a raíz de un recurso presentado por una mujer trabajadora de la limpieza.

Este 8 de marzo Lucía se opera y tiene que compaginar la operación de su mano con los horarios de la hija mayor del señor que cuida porque el señor no puede quedarse solo. Aún con su fuerte dolor en la mano, Lucía lo levanta, le cambia el pañal, le da de comer y le controla el oxígeno y la medicación. El dolor de Lucía es el dolor de la explotación de las mujeres que fregaron toda su vida, y el dolor de la brecha social a escala global que las pone a fregar. Es el dolor de aquellas mujeres que a falta de oportunidades en sus países, migraron para buscar trabajo. Y es también el dolor de la opresión y de la invisibilidad de todas las mujeres trabajadoras, de las fábricas textiles del 1900 y de los hoteles, casas y residencias de ahora, a quienes no se les reconoce su trabajo, ni tampoco sus enfermedades. Este 8 de marzo me gustaría dedicárselo a Lucía y a todas las mujeres trabajadoras que sufren el síndrome del túnel carpiano, la enfermedad invisible de las mujeres invisibles que no pueden hacer huelga.

Vas a ganar el doble que aquí

Corría el año 1993.

En Bilbao, el 8 de marzo las feministas vascas salían a la calle para reclamar la abolición del “servicio familiar obligatorio”, con un mensaje de insumisión. Las feministas vascas estaban cansadas de sentirse sirvientas en casa y tener que obedecer a un marido que seguramente las indujo a dejar sus trabajos. Decididas de su necesidad de emancipación lanzaban un mensaje de desobediencia a toda la población femenina y al Estado en pos de reorganizar los cuidados de forma equitativa. Para ese entonces ya se hablaba de envejecimiento de la población en los “países desarrollados” y también se hablaba del desmantelamiento del siempre deficiente Estado de Bienestar. Sin embargo, poco se hablaba de inmigración y de leyes de extranjería, a pesar de que ese mismo año entraba en vigor en España la regulación de la inmigración por cupos, donde más del 80% eran empleos para cubrir la carente mano de obra en la agricultura y en el servicio doméstico. Pero el tan contundente llamado de las feministas vascas tuvo poco efecto y el Estado de Bienestar continuó ausente para ocuparse de la reorganización de los cuidados. De ellos se ocupó la misma globalización, trayendo mano de obra desde países empobrecidos.

Mientras que las feministas vascas planeaban su insumisión, en Quito, Ecuador, Isabel tenía una entrevista con una empresaria barcelonina que le proponía una oferta de trabajo en Barcelona. La empresaria, una de las hijas del ex alcalde franquista Porcioles, era dueña de una empresa de camarones. Viajaba a menudo hacia Ecuador y otros países, donde aprovechaba para reclutar mujeres para trabajar de sirvientas en la mansión de su padre y en otras casas de su familia.

Isabel era de Otavalo, una pequeña ciudad rodeada de volcanes a 110  kilómetros al norte de Quito, parte de lo que alguna vez fue el virreinato de Nueva Granada. Al igual que aquellos colonizadores, la empresaria le ofreció a Isabel espejitos de colores: “Vas a ganar el doble que aquí”, le dijo. En ese momento, “el doble” eran 50.000 pesetas españolas, el equivalente aproximadamente a 280 dólares. La cabeza de Isabel comenzó a hacer cálculos. Acababa de dar a luz a su hija y no tenía como mantenerla. 280 dólares. Una suma imposible de reunir entre toda la unidad familiar. Isabel había dejado sus estudios para contribuir a la economía familiar, que dependía fundamentalmente de productos agrícolas y de la venta de tejidos. La situación económica de la familia había empeorado desde que bajó el precio de la papa, justo cuando su hermano mayor se fue a trabajar a Quito como asalariado para poder mantener a sus dos hijos. Su madre y su hermana mayor no podían hacer mucho más vendiendo tejidos, actividad a la que se dedicaban especialmente las mujeres los fines de semana. Entre los cinco miembros adultos de la familia que quedaban en Otavalo no llegaban a sumar 120 dólares mensuales, suma que igualmente estaba por debajo de la canasta básica de aquel entonces. A Isabel le habían ofrecido 280 dólares. Era más que el doble! Ni siquiera las familias ricas quiteñas que venían a pasar el domingo a la laguna Yaguarcocha, le pagarían esa suma para cocinar y limpiar en sus mansiones. Doscientos ochenta dólares eran el equivalente a 70 tejidos en un mes, que no podrían ni siquiera hacerlos entre ella y todas sus hermanas, ni mucho menos venderlos. Era el triple de lo que ganaba su hermano mayor en Quito. Su hermano mediano, con más posibilidades que sus hermanas mujeres, había conseguido un trabajo extra fuera del sector agrícola y estaba ganando 30 dólares al mes. Isabel recalculaba su vida en función de la oferta. Con solo 100 dólares al mes podrían arreglar la casa y comprar herramientas de trabajo para mejorar la producción. O talvez su madre podría montar un negocio en el centro de la ciudad y así, su hermana pequeña podría continuar sus estudios sin tener que trabajar en el campo, como le pasó a ella. Quizás también podría contribuir para terminar las obras del alcantarillado que habían emprendido entre los vecinos. Sin duda, con ese sueldo ayudaría a su familia a salir de la pobreza de un salto. Con el tiempo, su abuela se podría operar de la trombosis y volver a tejer los mejores ponchos de la ciudad que eran tan preciados por los turistas. Cuando volvió a su casa, Isabel ya estaba convencida y su familia no lo dudó. La suerte estaba echada. Sus padres cuidarían a su hija e Isabel se iría a Europa a trabajar con la española rica.

capitalismo

“Es para cuidar a mi sobrina”, le dijo la empresaria. Pero cuando Isabel llegó a Barcelona, las cosas fueron muy diferentes. Resultó que su labor de “canguro” consistía en ocuparse las 24 horas de una chica con síndrome de Down de 18 años, que nunca había sido atendida por alguna educadora especial, a la vez que hacer todas las tareas de la casa. Isabel tenía que estar en pie desde las 7:00 para hacer el desayuno de toda la familia y no podía dormirse hasta las 11 de la noche, hora en que quedaba recogida la mesa de la cena.

El viernes siguiente a su llegada, la llevaron “de refuerzo” a la gran mansión de verano de la familia Porcioles, situada en Villassar de Dalt, para ayudar en una cena familiar. Le dieron un uniforme negro y blanco con su respectiva cofia. En la cocina, mientras ayudaba a una compañera a acomodar trastos y vajillas, Isabel escuchó el sonido de una campana. Indiferente, siguió trabajando hasta que alguien le explicó que tenía que presentarse en la terraza donde comían los invitados. Isabel no podía creer lo que estaba pasando. No se trataba de una película hollywoodense, era su vida real: llamaban a toda la servidumbre haciendo sonar una campana para que se presenten en fila en señal de disponibilidad y obediencia. Pero al menos en la mansión tenía la suerte de estar con compañeras. Todas eran ecuatorianas y habían sido reclutadas en Quito por la misma empresaria. Todas ganaban 50.000 pesetas, con el descuento por alojamiento y comida incluido. Pero en el caso de Isabel, mientras duró su trabajo, no vio más que una cama en la habitación de “la niña” como parte de pago. Le dijeron que los primeros meses su sueldo corría a cuenta del billete de avión.

Isabel podía salir solamente los domingos. Y aprovechaba para irse al piso de una amiga otavaleña donde por suerte podía descansar. Su amiga le preparaba comida andina para que recupere fuerzas. En la casa donde trabajaba casi no había comida para ella. Si la jefa compraba carne, eran cinco bistecs, uno para cada miembro de la familia y ella se quedaba sin nada. Sus compañeras de la mansión a veces le guardaban comida para que se lleve. Pero no le alcanzaba. Pronto se sintió débil y tenía anemia. No la dejaron ir al médico porque no tenía papeles. Un domingo que estaba en casa de su amiga decidió no volver al trabajo. Nunca llegó a ver esas 50 mil pesetas/280 dólares. Cuando sus compañeras de la mansión se enteraron que se había escapado, le hicieron llegar un pastel en señal de felicitación y alegría por haberse decidido a dejar esa casa y por haber recuperado su salud.

“Uy! Por eso con los ricos nunca más!” Me dijo Isabel el día que la conocí. Habían pasado exactamente 20 años desde aquella entrevista con la empresaria y aquel martirio. Se había casado en Barcelona y tuvo dos hijos. Acababa de traer a su hija mayor, la misma que se quedó de pequeña al cuidado de sus abuelos en Otavalo, para que estudie en Barcelona. Isabel ahora trabaja limpiando casas por horas. Una de sus jefas es una feminista vasca.

Isabel fue una de las primeras ecuatorianas que llegó a principios de la década de los noventa a Barcelona. Me la suelo encontrar en las fiestas de Ecuador, bailando con sus hijas los bailes típicos de su Otavalo natal. Cuando le recuerdo su frase, se ríe tímidamente: «con los ricos nunca más!».

Esta historia continuará.

Nota: El google coincide plenamente con el relato de Isabel. El sr. Porcioles murió tiempo después de que Isabel dejó la casa. La familia Porcioles ha estado en la lista de las 10 familias más ricas de todo España y tenían una gran mansión de verano en Villassar de Dalt. Jose María Porcioles

El cuento de la criada

Cuentos de la criada hay muchos y casi nunca acaban bien. Ella cuidaba a un joven dependiente en una casa de la costa de Sant Andreu de Llavaneres y también hacía las labores de servicio doméstico. Iba de madrugada andando desde Mataró por el camino lateral a las vías del tren, hasta su lugar de trabajo, una lujosa casa familiar. Un hombre la interceptó, le desfiguró la cara, la violó y acabó en las rocas casi muerta. Sobrevivió de milagro. Pidió ayuda a gritos a las personas que pasaban pero nadie la ayudó.

Ella es de Colombia, un país que vivió 50 años de guerra civil, y que contabiliza 6,5 millones de personas desplazadas  según la ONU, pero que sin embargo nunca se habló de refugiados porque era una guerra no declarada. Como la mayoría de mujeres migrantes, trabaja en el servicio doméstico, un sector sumamente precario y feminizado que ha estado tradicionalmente excluido del ámbito laboral y sindical. Un sector que a su vez, no deja de ser invisibilizado y servil, en parte porque sostiene la economía y el status de una clase social, y en parte porque el Estado no se ocupa de los cuidados de la gente dependiente (como el joven que cuidaba ella) y de la gente mayor. Al parecer, las instituciones prefieren dejar los cuidados en manos del mercado global que, con la complicidad de las políticas de extranjería, facilita la sustitución permanente de trabajadoras que vienen de países empobrecidos. Así, el servicio doméstico y de cuidados es cubierto por mujeres que a falta de oportunidades, no les queda otra opción que aceptar trabajos precarios donde viven explotación y abusos de todo tipo.

Y como si no fuera poco, las mujeres trabajadoras del hogar, además de soportar el encierro y la explotación en el espacio privado, se ven expuestas a la violencia machista en el espacio público. Ella iba de madrugada a su trabajo, cuando casi la matan. No se sabe bien si conocía al hombre, o no, pero eso da igual. La desfiguró y la violó porque era mujer. Y pudo hacerlo porque era pobre, porque las mujeres ricas no van de madrugada a trabajar por caminos desolados, laterales a las vías de un tren.

La violencia la alejó de su país, el racismo institucional y económico la relegó al estrato precario de trabajadora del hogar y la violencia machista la dejó desfigurada y violada al borde de la muerte. El racismo social la desamparó cuando estaba a punto de morir tirada en las rocas. Podría habérsela tragado el mar, como a tantas personas migrantes que quieren llegar a Europa y haber quedado en el anonimato. Pero sobrevivió.

Sobrevivió sin ayuda, sola, también como tantas mujeres migrantes explotadas y precarizadas. Espero que el final de este cuento, que no es ningún cuento, sino la vida real, lo escriba ella. Hubo una concentración en Mataró contra la violencia machista. Espero, también, que no tenga que morir ninguna mujer para que nos acordemos de todas las trabajadoras que van de madrugada a limpiar casas. Cuentos de la criada hay muchos, pero la explotación y la violencia – de todo tipo –  no son ningún cuento.

El «procés» en familia

Es un día cualquiera de julio de 2017. Mi hijo Tomàs acabó 1ro de la ESO y trajo buenas notas. Enciende la tele y me comenta las noticias: “Mamá, Puigdemont dice que hará el referéndum el 1 de octubre… ¿Esta vez tampoco votarás, no? Tampoco. Su memoria del 9N es muy cercana. Tomàs ya sabe lo que piensa su madre. Sigue la política catalana cómodamente y conoce a los protagonistas.

Dieciocho meses antes, exactamente el 10 de enero de 2016 también fue él quién encendió la tele para que veamos “la investidura”. Era un domingo frío, y los tres nos amuchamos en el sofá con una mantita. El parlament ya les resultaba familiar, y los personajes, también. Tomàs llevaba semanas preguntándome si la CUP votaría a Mas… Artur Más. Y es que mis hijos siempre tuvieron conciencia de la figura de Artur Mas. Lo conocían por el «Mas Style» del Polonia de cuatro años atrás, aquel baile famoso parodia del coreano “Gangnam Style”, que representaba a un “nou Mas” juvenil y sexy, y cuya letra decía: “doneu-me majoria i us duré un estat propi, farem una consulta, i que el Rajoy es foti…”. Pero aquel Mas sexy ya había casi desaparecido de la pantalla, y daba “un paso atrás” para que sea investido un señor con mucho pelo llamado Carles Puigdemont y que en twitter se llama @KRLS en mayúculas, las mismas letras con las que firmaba Carlomagno.

Mi primer hijo se llama Tomàs, escrito amb accent obert, en la libreta de familia. Nació en 2004, en los comienzos dulces del primer tripartito. En aquel entonces, tanto su padre como yo estábamos enamorados de Catalunya. La memoria de nuestra Argentina decadente era muy reciente, y a pesar de todos los obstáculos que teníamos como migrantes para abrirnos paso en esta sociedad, estábamos orgullosos de formar una familia aquí. Había tres partidos de izquierdas que podríamos elegir para votar – ¡cuando votásemos! – y por la tele aparecía un señor ecologista que defendía a los inmigrantes sin papeles. Todo era color de rosa. El catalanismo de izquierdas nos había conquistado y la “cuestión nacional” nos seducía.

Al mes de nacer Tomàs, Zapatero le ganó al PP. Ya no había de qué quejarse de España. El Aznarismo que condenaba la inmigración ilegal había quedado sepultado tras las mentiras del atentado de Atocha. Y mientras mi hijo tomaba la teta, el nuevo presidente del gobierno de España nos prometió aquello de “apoyaré el estatuto que salga de Catalunya”… que resonaba como una canción de fondo. El estatuto tardaría un par de años más. Yo no pude refrendarlo porque todavía no era ciudadana. Era ya el 2006, el mismo año que nació mi hija Zoe, una catalana que sabe explicar que su corazón está partido entre varios países.

El mundial de fútbol del 2010 fue una buena oportunidad para entender que los estados-nación no son naturales. Con sus seis años, Tomàs no entendía por qué el Barça no estaba en el mundial. Le expliqué que en un mundial jugaban “países” – ¿Qué son los países? – y que podía hinchar por España, por Argentina, o por el país que le guste. Me contestó que hincharía por España “porque juegan los jugadores del Barça”. Eran momentos en los cuales el conflictivo marco divisorio del llamado “procés” aún no había entrado en nuestras vidas. Piqué y Shakira, tampoco.

Fue justo después del mundial, en julio de 2010, que el «procés» hizo su primera entrada, aunque de modo tranquilo. El Tribunal constitucional emite la sentencia del estatuto y se convoca una manifestación bajo el lema: “Som una nació. Nosaltres decidim”. Allí estábamos. La pregunta de Tomàs resultó muy divertida:

–  Mamá, mamá… ¿Por qué dicen “enciam”?

– No, no dicen enciam… Dicen in-de-pen-den-ciaaá… Parece que suena a enciam, pero dicen independencia, no lechuga.

Le expliqué que la gente estaba enfadada porque el Tribunal Constitucional había rechazado el estatuto y entonces pedían la independencia de Catalunya. Se quedó pensando. Era la primera vez que escuchaba aquella palabra.

Tras esos gritos de in-de-pen-den-ciá sonaban otros, un poco más aislados, que por suerte mis hijos no los escucharon: “charnego traidor”. Le gritaron al presidente Montilla. Y aquel gobierno idealizado se difuminaba. En noviembre, mi estrenado voto al parlament de Catalunya para ratificar un gobierno de izquierdas, no alcanzó. El por entonces “delfín de Pujol”, antiguo “conseller en cap”, se convirtió en presidente de mi querida Catalunya.

Así, Tomàs comenzó la primaria con CIU. Poco le duró la 6ta hora y las becas de libros. En la primavera llegó, casi sin esperarla, lo que creímos que era la revolución, el 15M. Mis hijos miraban maravillados, a la vez que agobiados, la cantidad de gente que se juntaba en Plaza Catalunya. “¿Consiguieron algo los indignados?” Me preguntaba Tomàs de tanto en tanto. Y yo, la verdad, no sabía bien qué contestarle. En la escuela, las maestras le habían enseñado la palabra “retallades”, que un señor llamado Maragall hacía.

Y tras el 15M vinieron las huelgas generales del 2012. El 29M, los tres tuvimos mucho miedo. Corrimos hasta casa. Las sirenas, el ruido del helicóptero y las revueltas duraron hasta tarde. Les conté cuentos para tranquilizarnos. Al día siguiente supieron quién era el sr. Puig, “el malo”, el mismo que había echado a los indignados de Plaza Catalunya. En las otras manifestaciones, nos hicimos un lugar en la columna del “partido que defiende a los inmigrantes”. “Mamá, ¿estos son los buenos?”, me preguntaban. Y yo contestaba que sí con profunda convicción.

El 2012 avanzaba lento. La imagen de Puig y el recuerdo de las corridas de la huelga se nos habían quedado en el cuerpo. Pero algo estaba cambiando… casi sin darnos cuenta…

Llegó el 11 de septiembre de 2012. Artur Mas era el protagonista. Mi cabeza estaba revuelta: “¿Qué les explico a mis hijos sobre esta manifestación a la cual les había dicho que íbamos a ir?” Días antes les había enseñado algo sobre la guerra de sucesión y el 11 de septiembre. “¿Pero si siempre fui a los 11 de septiembre, por qué no voy a ir a este?!” Salimos a la calle y enseguida una especie de dejà vu se apoderó de mí. Jamás había visto tantas banderas desde que Argentina ganó el mundial del 86. Demasiadas banderas. Mala impresión. La ciudad se había transformado, no se veían turistas y los pakistaníes vendían más esteladas que camisetas del barça. Entre el involucramiento y el distanciamiento, como diría Bauman, nos dimos un paseo por el Gótico (el colapso nos impidió llegar a la gran columna que bajaba por la Vía Laietana). Esta vez, la que me hizo saltar la alarma fue Zoe que, tras el recuerdo de la huelga general, me preguntaba temerosa una y otra vez por el helicóptero. Y yo, con el tono tranquilo de madre que todo consuela, pero con el sarcasmo sudamericano por dentro, le expliqué que en esta mani la misma policía de aquel señor malo, ahora era buena y que el helicóptero nos cuidaba.

Como casi no podíamos avanzar más, dimos media vuelta en dirección Raval. Al llegar a las Ramblas, nos encontramos con Yousef, un amigo de Ghana, en aquel momento presidente de la asociación de ghaneses, y nos pusimos a charlar. De inmediato, se acercó una chica joven con una estelada de capa y me preguntó a mí en un perfecto catalán on era l’Arc de Triomf. Le indiqué alguna cosa en mi catalán adquirido, pero como la orientación en la calle no es mi fuerte, mi amigo Yousef intervino muy amablemente y le explicó en perfecto castellano el camino preciso para llegar al Arco de Triunfo. La chica me miró a mí y sólo a mí, y me dijo muchas gracias, pero noté que no le agradeció ni le dirigió la mirada a mi amigo que se había esmerado en la explicación.

Caí. Desperté. Ella no era racista, pero no reconocía a mi amigo como miembro de su tribu, que para ella al parecer era la tribu de su capa. Entonces entendí que aquel “derecho” a la autodeterminación que tanto anhelábamos en Catalunya, no era otra cosa que “el retorno a las tribus”, a las tribus de las capas. Volvimos a casa atravesando el Raval y esquivando niños que jugaban a la pelota. No importaba el idioma, importaba el juego con la pelota. Esa tampoco era nuestra tribu, pero sí era nuestro mundo. Y mis hijos así lo vivían. Después de aquel 11S, un amigo me atormentó, un poco enserio, un poco en broma, diciéndome: “Fuiste a una mani con Duran i Lleida”. Tenía razón. Ese no era ni de mi tribu, ni mucho menos, de nuestro mundo.

Dos semanas después, Tomàs descubrió por dónde iba la cosa. Eran las fiestas de la Mercè. Por el carrer Pelai pasaba un desfile de gigantes. Uno de ellos llevaba una estelada como capa, igual que la chica de las Ramblas que preguntaba por el Arc de Triomf. Tomàs gritó: “¡mamá, mamá, mira, tiene una bandera de CIU!”. Me horroricé. “No hijo, es una estelada, la bandera independentista”. En aquel preciso momento, el llamado “procés” había entrado en nuestras vidas para quedarse largo tiempo.

El verano del 2017 será largo. Más largo que el del 2012, pero no tan largo como el del 2015, con «las plebiscitarias» del 27S. Escapar del marco procesista parece imposible. El “procés” se ha convertido en un movimiento milenarista que siempre inventa fechas nuevas para continuar en el bucle. Y como no tiene fin, para terminar este artículo decidí consultarle a él, ya que últimamente, aburrido de tanto humanismo de su madre, lee libros de física.

– Tomàs, estoy harta del procés. ¿Qué podemos hacer para acabar con el nacionalismo?

– Fabricar una máquina del tiempo e ir al futuro, dentro de 100 años… O no… quizás 40. No creo que dure más que las guerras de los 100 años…

Tarajal, justicia y reparación

Larios, Daouda, Yves, Aboubakar, Bikai, Souop, Nana y otras ocho personas murieron el 6 de febrero de 2014 en la playa del Tarajal, cuando intentaban cruzar la frontera a nado para entrar en Ceuta. La Guardia Civil española les disparó balas de goma y gases lacrimógenos como “medidas disuasorias”. A pesar de que había imágenes que mostraron parte de lo ocurrido, el Gobierno negó los hechos. La sociedad civil se movilizó y entidades que trabajan en la zona presentaron una querella, por la que fueron imputados 16 guardias civiles. Pero en octubre de 2015, la jueza de instrucción archivó el caso alegando que “los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español a nado y en avalancha”, y que “no eran personas en peligro en el mar que precisasen ayuda”. Palabras humillantes que calaron en familiares de las víctimas, quienes decidieron organizarse como asociación desde Camerún para pedir justicia y reparación. Tras presentar un recurso, recientemente se conoció el auto de la Audiencia de Cádiz, que dictamina la reapertura de la investigación. Un buen paso contra la impunidad y una gran noticia para las familias.

Ceuta es, junto con Melilla, la única frontera terrestre entre Europa y África, y por la cual se puede acceder al Espacio Schengen. Aquel 6 de febrero no fue la primera vez que ocurría una tragedia así. Hace tiempo que en la frontera sur española gobiernan la ambigüedad jurídica y la impunidad. Las ONG lo han denunciado durante años, e incluso la Asociación Unificada de la Guardia Civil reclama un protocolo de actuación. El entorno de las vallas de la frontera sur siempre fue escenario de represiones, desangramientos, ahogamientos y muertes. En 2005, también en Ceuta, murieron cinco personas, y más de cien resultaron heridas. El gobierno español y el marroquí se culparon mutuamente, y el caso quedó totalmente impune. En aquel entonces, había siete guerras declaradas en África, no se gestionaba el asilo en frontera y nadie hablaba de refugiados. Lejos de intervenir en el problema desde una perspectiva humanitaria, el gobierno socialista decidió instalar en las vallas las famosas “concertinas” –cuchillas de alambre de espino, que provocan desangramientos mortales–, y que en Ceuta nunca se quitaron. Las llamadas “devoluciones en caliente” a Marruecos se continuaron realizando también con total impunidad.

Pero el entramado de la frontera sur no se acaba en las vallas. Las devoluciones en caliente son solo la punta del iceberg. En la complejidad del sistema de control de fronteras, entran en juego las relaciones entre España y Marruecos, que llevaron a hacer de la frontera sur un modelo pionero de externalización de fronteras. La gendarmería marroquí se ocupa de tanto en tanto de desmantelar los campamentos donde sobreviven los migrantes, y tras sangrientas represiones, los “devuelven” al desierto en autobuses, cerca de la frontera con Argelia, o aún más al sur, con el riesgo de morir de deshidratación. El norte de África se vuelve un verdadero infierno para las personas que quieren migrar a Europa. Ante la falta de políticas de asilo y la represión de los Estados, deben elegir entre jugarse la vida trepando la valla, morir en el desierto o echarse al mar. El estrecho de Gibraltar, uno de los puntos marítimos más peligrosos del mundo por sus corrientes y fuertes vientos, continúa siendo una ruta “elegida”, especialmente por mujeres con niños. Muchas no tienen suerte.

En la Europa del siglo XXI no hay la más mínima excusa ni justificación para que sigan sucediendo estas cosas, ni para que las muertes en la frontera continúen en la absoluta impunidad. Las familias del Tarajal no pierden la esperanza en que un día el Estado español y la UE les pidan perdón. Ese día entenderemos que la humanidad es una sola y que todas las muertes valen lo mismo.

Lo que molesta es que sean ciudadanas

Qué sorpresa. Pensamos que sería un verano más hablando de refugiados, naufragios y vallas; y el tema mediático ha sido una prenda de vestir femenina.

El cuerpo de las mujeres siempre fue objeto de la tiranía de las modas y del control social. De alguna u otra manera, todas hemos vivido opresión y control de nuestros cuerpos en público, más especialmente en verano. Solo por poner un ejemplo personal, aún recuerdo muy bien aquellas playas de Pinamar o Punta del Este donde no podías entrar si no tenías un culo redondo trabajado en el gimnasio o donde mis amigas gorditas no se quitaban el short.

Pero esta vez se trata de Ellas, las Otras mujeres. Las mujeres musulmanas que viven en Europa y que se cubren la cabeza con un pañuelo y van a la playa con “burkini”, traje de baño que cubre casi todo el cuerpo. Algunos son comprados y otros son fabricados por ellas mismas, y generalmente consisten en un pantalón y una túnica. Ellas, las que usan burkini, este verano se han convertido en la amenaza a la hegemonía cultural en Europa y en las enemigas de la sociedad.

En Francia, país republicano que lleva los lemas de libertad, igualdad y fraternidad, y en donde vive la mayor comunidad musulmana de Europa, el burkini molesta al poder. En Cannes, municipio de la costa Azul, el alcalde del partido conservador prohibió el uso de la “ropa de baño que muestre de forma ostentosa una adscripción religiosa”, “en nombre del laicismo y por riesgo de atentados”, alegando también “problemas de higiene”.

El colmo de la polémica se sitúa en la ciudad de Niza, justamente donde el pasado 14 de julio un psicópata mató a 84 personas con un camión. Niza es otro de los diez municipios costeros que se sumaron a la prohibición del burkini. De allí nos llega la imagen de cuatro policías armados que obligaron a una mujer a desvestirse en la playa. Una imagen que nos retrotrajo al control social que se ejercía sobre las mujeres a principios del SXX cuando descubrían su cuerpo en las playas. En aquel entonces los policías medían con regla los 15 cm que no debían pasar desde las rodillas. Esta vez era en el sentido inverso. La señora estaba demasiado tapada, pero al igual que en 1910, era un “riesgo para el orden público”.

El “enemigo” de la sociedad siempre fue aquella persona tildada de peligrosa que podía alterar el orden público y el orden social. En otros tiempos lo fueron el colonizado, el loco, el judío, el comunista… También lo fueron las mujeres intelectuales y atrevidas que se salían de las normas sexuales. Hoy son las mujeres musulmanas que usan hiyab. En lenguaje foucaultiano, se trata de la misma guerra pensada en términos histórico-biológicos en la cual “se defiende la sociedad” a través de la disciplina de los cuerpos de los posibles enemigos.

El Islam se ha construido – a través de los poderes fácticos y mediáticos – como el nuevo enemigo de Occidente. Y las personas de religión musulmana, especialmente las 21 millones de personas musulmanas que viven en la Unión Europea, se han convertido en el chivo expiatorio de la crisis política europea. Una crisis política, económica y de valores que toma forma de replegamiento nacional y se exhibe a través de discursos identitarios y de enaltecimientos patrióticos. Discursos que a su vez abren el camino a manifestaciones y legislaciones abiertamente racistas, aplaudidas, claro está, por la ultraderecha.

El conservadurismo francés alega que el burkini encarna una ideología política contraria a la “Europa laica e igualitaria” que ellos predican. Con ese criterio se podría perseguir, por ejemplo, a los hombres con barba o directamente a los imanes. Pero no. ¿Por qué se persigue estrictamente al burkini? ¿Por qué a ellas? ¿Y por qué en la playa?

“Ocultar el cuerpo en la playa no se corresponde con nuestro ideal de relación social”, dijo Christian Etrosi, primer teniente de alcalde de Niza y miembro destacado del partido de Sarkosy.  Una relación social que, evidentemente, depende del comportamiento de las mujeres y de la disciplina de sus cuerpos, en tanto ellas son las reproductoras de la cultura hegemónica y por lo tanto, también garantes del orden social establecido. Las mujeres somos quienes llevamos los óvulos, quienes parimos y quienes educamos. Sin mujeres no hay reproducción. Las mujeres musulmanas que no responden a los patrones culturales occidentales son puestas en el foco central de ese disciplinamiento justamente porque no garantizan, sino que por el contrario alteran, el orden público y el orden social establecido. Cuando se quiere atacar, menospreciar, subordinar o directamente aniquilar a otro grupo social, se ataca o se segrega a sus mujeres. Se cuestiona la libertad de sus cuerpos y en ocasiones, su sexualidad. A Ellas, a las Otras mujeres, a las que no forman parte del grupo (en este caso un “grupo nacional”) se las relega a putas o sirvientas, o bien a simples reproductoras de mano de obra barata,  siempre que se mantengan calladas y sumisas, es decir, con el cuerpo disciplinado. El peligro está en que si se relacionan, si se integran en nuestro tejido social, traerán su cultura, con sus velos y sus burkinis, su ideología y sus lenguas, y criarán así a nuestros ciudadanos.

¿Entonces qué es exactamente lo que molesta al poder? No les molesta su ropa. No les molesta que vayan tapadas en Arabia Saudí, Egipto o Argelia. Tampoco les molesta que vayan a comprar tapadas a las Galerías Lafayette de Paris. O que se sienten a comer en un restaurante de lujo en La Milla de Oro de Marbella. Les molesta que vayan tapadas en Niza o Cannes, playas mediterráneas íconos de festivales y glamour. Allí no son parte del paisaje, allí contaminan. Son un «problema de higiene», dijo el alcalde de Cannes. Allí representan lo impuro, o bien  la «materia fuera de lugar», como se refería la antropóloga Mary Douglas. Lo que altera el orden público (y social) es que ellas, las Otras mujeres, estén en nuestras playas mezcladas entre “nosotros, los europeos”. Cuando se quedaban en sus casas o se iban de vacaciones a Argelia o Marruecos, no molestaban ni contaminaban. Lo que molesta ahora es que se paseen, descansen, tomen sol y se metan al mar como una mujer más. En definitiva, lo que les molesta es que sean ciudadanas. Y que como tales, disfruten libremente en una playa. Porque el concepto de libertad solo es asociado a Occidente y no a nuestros enemigos. Un cuerpo social no occidental no es “libre”, y por lo tanto no tiene descanso, ni placer.

Y como siempre, ese disciplinamiento de los cuerpos, que no es otra cosa que el llamado racismo institucional, legitima el racismo social y pone a cada cual en el estrato social que le toca. En Cannes, la señora de 34 años que fue multada en presencia de sus dos hijos menores, se vio rodeada de pronto por un grupo de personas, entre las cuales algunas la abucheaban diciendo: “vete a tu casa, aquí no te queremos”. Es el mismísimo control de fronteras que define quién es ciudadano y quién no, quién debe estar encerrado y quién tiene libre circulación. Es decir, es la valla que le impide y le cuestiona su ciudadanía, pero en la playa, un espacio público y a la vez un espacio privilegiado. Si en los aeropuertos son sometidas a los “controles aleatorios” del espacio Schengen por llevar velo, en la playa son sometidas al control de la frontera simbólica, por los policías y también por los mismos conciudadanos que les recuerdan que “no son de aquí” y que no pertenecen a esta tribu. La islamofobia es legitimada en este marco de replegamiento nacional para ayudar a controlar las fronteras materiales y simbólicas, a través de las mujeres.

Pero ellas son fuertes, no se dan por vencidas y esta vez no se dejan disciplinar. Porque sus cuerpos, como el de todas las mujeres, ya conocen distintos contextos de opresión y disciplinamiento, y ya llevan décadas criando y educando ciudadanos europeos. El mensaje de ellas es muy claro: “déjennos en paz, somos ciudadanas.” Son ellas  – las que van tapadas y las que no – las que realmente nos están enseñando los verdaderos valores de la libertad, igualdad y fraternidad. Estoy segura de que juntas ganaremos esta batalla: la batalla del burkini, que es la misma batalla por la plena ciudadanía.

PD: Por cierto, las mujeres de 1910 tampoco eran ciudadanas.